GUY GOFFETTE


Jamoigne, Bélgica, 1947 


También yo me decía: vivir es algo diferente
que ese olvido del tiempo que pasa y de los daños
del amor, y del desgaste – lo que hacemos
de la mañana hasta la noche: rajar el mar,

rajar el cielo, la tierra, a veces pájaro,
pez, topo, en fin: hacemos como si,
ardimos por, viajamos hacia, cosechamos

¿qué? el gusano en la manzana, el viento en los trigales
ya que todo recae siempre, ya que todo
recomienza y nunca nada es igual
de lo que fue, ni peor ni mejor,

y no deja de repetir: vivir es algo diferente.

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Lo que quise, no lo sé. Un tren
corre en la noche: no estoy ni dentro
ni fuera. Todo sucede como si
yo viviera en una sombra

que la noche rueda como una sábana
y tira al pie del terraplén. Por la mañana
sacar el cuerpo, un brazo y luego otro
con el tiempo en la muñeca

que late. Lo que he querido, un tren
se lo lleva: cada ventanilla alumbra
en mí otro pasajero que el hombre
cuyo rostro de madera, cuyas traviesas,
cuya muerte aparto al despertar.

Yo me decía: hace falta todavía, hace falta –
y las palabras corrían ante mí, husmeaban
la ruta, el cielo, los helechos, el vientre
mal abrochado de las colinas

y luego volvían, trayéndome un trozo de piel
calcinada, un fragmento de hueso: esa pregunta
antigua y siempre lancinante
del por qué aquí, yo, ¿por qué?

– ir y venir esperar como el encargado
de las salidas, que abre y cierra el horizonte,
esperar al último viajero
antes de volver la pizarra, y escribir:
cerrado por pereza.

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