FERNANDO FERREIRA DE LOANDA


Luanda-Angola, 1924-Río de Janeiro-Brasil, 2002



POEMA DE LOS 30 AÑOS

Decoloradas por el tiempo
y desfiguradas por la distancia
que me separa de ellas y de tales días,
fruto y motivo de mis meditaciones,

palabras que siento
sin la intensidad de entonces,
remotas y latentes
resonando como ecos
de sueños idos y por vivir,
creciendo unas, otras diluyéndose.

Vladivostok, Valladolid, Volga,
Guadiana, Guadalquivir, Málaga y Mallorca,
paisajes y emociones no concluidos
y que no serán.

Puentes, valles, ríos, litorales,
nada más me aumentan.
Me enraizan en este suelo,
y envejezco, de bruces en una página,
saboreándola, condenado a la vida.

EL ESPANTAPÁJAROS

Azada al hombro,
en el centro del mundo,
Juan mira la planicie
y soñando se sueña.

Tiene hambre —revuelta—,
gusanos y un deseo,
que lo íntimo que no sabe
traducir, sabrá.

El sol cae y refresca;
las sombras del maizal
corren veloces como galgos
encharcados.
Anochece.

POEMAS PARA LOS ESTUDIOSOS Y BIÓGRAFOS

No me expliquen:
prisma de mil caras,
soy insondable, abisal.

La poesía no es un espejo,
es un estado momentáneo.
Si me retrato, luego me desdigo,
me transfiguro, horizontalizando
mis emociones e incertidumbres.

Amo lo imprevisto,
me duele lo que adivino;
no me ofrezcan banquetes masticados.

La claridad no la llevo en la superficie:
es necesario un cuchillo para hacerla brotar;
id a la médula, soy cuarto creciente en la luna llena.

No me expliquen por las palabras,
por el bigote o por la pipa.

CAMPO MINADO

Mi certeza es la más genuina,
más pétrea mi solidez,
pero si me pienso,
mi duda es la más dolorosa.

Me duele la evidencia, me oxida.
Murmuren apenas mi nombre
sin la complicidad del eco
que lo deforma.

Mi defensa es el silencio
y la soledad.
Soy como el vidrio y el agua,
translúcido, íntegro, potable.

POEMA DE LOS 40 AÑOS

Veinte años perdí
para que en el desierto
recogiese rosas.

Hoy las tengo en la mano
mas ya no me arrebata
lo encarnado y el perfume.

POEMA DEL NUDO GORDIANO

Las grandes ciudades industrializan la soledad.
Frustrada está la búsqueda de amores fragmentados
para justificarse, justificar,
un desajuste o una insuficiencia.

Las grandes fábricas de cigarros continúan facturando
sobre la soledad,
y no se declaran en quiebra las fábricas de bebidas.
Los hombres y los autobuses se roznan y se desgastan;
los árboles sin paisaje, se desfiguran, y sus raíces
como ataduras,
bajo el asfalto, agonizan sin un lamento.

Se licúa la burguesía y se diluye
en la límpida linfa: la enturbia,
y el áspero paladar estimula mi grito.
Golpea con fuerza el viento los verdes frutos;
maduros, caen.

Hay quien procure la vida en las plazas, en la orla
marítima, en los hospitales
—algunos, ya condenados, se pudren, otros vegetan. La muerte —¿quién la dice inverosímil como un
premio de la lotería?—
llega puntual,
por telex o teléfono.

Mueren todos los pasajeros de un avión que cae;
un edificio se derrumba y vuelve antorcha humana a la
mujer del corneta.

Mil niños, cifra redonda, mueren diariamente de
hambre:
jugamos fútbol, queremos dormir con la aeromoza,
vamos al cine,
restregamos los pies en la playa.
—¿Me dejo el bigote o no?

Nuestra tragedia sólo a nosotros llega:
para los demás, es encabezado de periódico.

SOBRE LOS ANDES

La precariedad de la vida me ahoga y halaga.
Precario es el amor, el desamor, medida de la noche y
de la madrugada,
sedosa trama de plena expectativa
ante la aurora.

Y la aurora es sólo una palabra: amatista y fría.
Precaria es la muerte, sementera: la cultivo hace
cuarenta años,
y ella crece, sin abono ni poda.
Precaria es la palabra, tangible flor intangible: en mi
solapa no me explica,
roja o diáfana, amuleto sortílego blasón.
Nada me explica.
Soy el resultado de innúmeras contradicciones:
encadenado por el sol y encubierto por la sombra.

La noche me sujeta y estorba como un océano para el
cual no dispongo de ganzúas;
el día florece rosáceo, más allá del horizonte desencarnado,
desnudando las tierras sepias y estériles:
busco la sustantivación, conjugaré lo insólito
—mi ventana es la capital del mundo.

Fluyen los ríos en declives abruptos, cabalgan hacia el
mar potros indomables,
y los poetas reverencian al Sol y la suerte,
cómplices de las tinieblas y del azar.
Oh mágicas manos —cada araña teje su tela—
que situáis las coordenadas de mi camino, ¿hacia
dónde voy?
Quítense el sombrero poetas de mi tierra frente a la
palabra opalina, asoleda, de alegre brillo:
ella os viste y es vuestro pan: griten.
América, agreste y calcinada, bajo mis pies se explaya
sin esperanza:
crece el hambre y escasea la libertad.

AH, SOÑAR CON LAS MUDAS PALABRAS

Ah, soñar con las mudas
palabras, por silentes
caminos, en la mansedumbre
de las penas olvidadas;
despojado de contenido,
aún existe el náufrago,
exvigía de la bruma,
en la quilla de sepia cargada.

Ahora el esqueleto toma rumbo
por la amura de babor,
ahogado en el gran sueño,
en el caos de su propia alma,
—asombrada sombra blancuzca,
sin brújula,
bajo y sobre las olas
en una cara del prisma.

Del marinero fluye
el silencio
—rosa que escande
los pétalos.

PARA JORGE GUILLÉN

¿En qué calendario está la fecha de mi muerte,
qué carta de amigo la detalló, imprevista
bajo el impacto del miedo o consciente del fin?

Inventamos palabras para justificar emociones
suscitadas y las sentimos y vivimos a través
de las que incorporamos a nuestro vocabulario.

El sol no nace ni se pone.

ODA PARA JACK LONDON

Soy siempre de aquellos
que va dejando a alguien,
nunca ese alguien
seguro en la partida:
en la melancolía de la ausencia
la mañana nostálgica es insumisa.

Los viajes fueron hechos para mí.
Nací con los mapas.
Los itinerarios están en la palma de mi mano.

Soy siempre un extraño,
forastero en playas nunca repetidas,
minutos en la existencia de mujeres olvidadas
en puertos nunca visitados por segunda vez.

Tampoco me dijeron nada las manos ni los pañuelos
que permanecen cálidos en los puertos:
desconozco la tibieza del hálito.

También mis manos,
una a sotavento,
otra a barlovento,
nunca se manifestaron.
Nunca las sacudió una saudade futura.
Nunca fui ese alguien que se queda, soy siempre el
que se va,
—el que se va y nunca regresa, como si fuese a existir
el olvido con la muerte.

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