ISABELLA VALANCY CRAWFORD


Dublín-Irlanda, 1850-Toronto-Ontario, Canadá, 1887


EL CAMPO DE LAS ALMAS
The Camp of Souls

En mi canoa blanca, como el plateado aire
Sobre el Río de la Muerte que oscuro pasa,
Cuando las lunas del mundo son circulares,
Yo remaba volviendo del Campo de las Almas.
Y cuando los deseos del bajo pantano se apenan,
Llegan las plumas sombrías de las Hojas que Cantan.

Doscientas veces las lunas de primavera
Rodaron sobre el aliento azur de la bahía,
Adornándome con las alas del águila,
Pintando mi rostro con el Tinte de la Muerte,
Y de las cañas sobre mi cadáver rompieron
Los solemnes anillos del azul, el último humo.

Doscientas veces las lunas invernales
Arroparon la tierra muerta con su manto pálido;
Doscientas veces las aves del viento salvaje
Chillaron sobre el rubor de la luz dorada
En aquella dulce alba, cuando el verano urdía
Su choza sombría de hojas perfectas.

Doscientas lunas de hojas decrecientes han pasado
Desde que colocaron el arco sobre mi mano muerta,
Cantando a mi alrededor la Canción del Dolor,
Mientras tomaba mi camino en la tierra de los espíritus;
Sin embargo, cuando el cielo azul quiebra su aliento
Llegan las plumas sombrías de las Hojas que Cantan.

Blancas son las chozas en aquel campo lejano,
Donde el ciervo de ojos claros corre por los llanos;
¡No hay pantanos amargos ni marjales cerrados
En la tierra donde feliz caza el gran Manitou!
Y la luna de verano rueda eternamente
Sobre los hombres rojos del Campo de las Almas.

Azules son sus lagos, como el pecho de las palomas salvajes,
Murmurando suave mientras oyen sus apacibles notas;
Tan calmos como las estrellas que duermen en el cielo,
Los lirios amarillos flotando sobre ellos;
Y las canoas, como escamas de nieve plateada,
Atraviesan el lecho de juncos que vienen y van.

Verdes son sus bosques; sin aires violentos
Azotando la arboleda en el crepúsculo,
Con el llanto de los árboles que se afligen detrás;
Pero el viento del sur, amigo del gran Manitou,
Cuando el verde es bañado por el rocío,
Dobla alientos floridos de su caña roja.

Sobre ellos nunca caen las blancas heladas,
Ni sus ramas brillan con el Tinte de la Muerte;
Manitou sonríe en su cielo de cristal,
Cerrando sobre ellos su aliento vital;
Y allí su voz no ruge en el trueno feroz,
Allí cerca de sus felices campos de caza.

Pero a veces anhelo, sobre mi canoa blanca,
Volver a los llanos y bosques del mundo:
Allí está la flecha negra que me penetró,
Allí está la mujer que me dio a luz,
Allí, en la luz del alba de un joven,
Gané el corazón del lirio del ocaso.

Y el amor es una cuerda creciendo fuera de la vida,
Y teñida en el rojo de un corazón vivo;
Y el tiempo es el cuchillo herrumbrado del cazador,
Que jamás podrá cortar aquellos hilos carmesí:
Navego desde la orilla de los espíritus a explorar
Donde el tejido de aquella cuerda comenzó.

Pero no regresaré con las manos vacías,
Muchas riquezas acumulo en mi canoa;
Capullos que florecen en la tierra de los espíritus,
Inmortales sonrisas del gran Manitou;
Y cuando remo hacia las costas de la Tierra
Las disperso sobre el corazón del hombre blanco.

Pues el amor es el aliento del alma puesta en libertad;
Entonces cruzo el Río de la Muerte que oscuro pasa,
Para que mi espíritu pueda susurrar suave
A los que aguardan por el Campo de las Almas.
Cuando sonríe la luz del día,
Cuando la noche pálida se vuelve triste,
Llegan las plumas sombrías de las Hojas que Cantan.

EL CIERVO OSCURO
The Dark Stag

Un ciervo asustado, bajo el gris azulado de la noche,
Reposa más allá de los oscuros pinos.
Detrás -a la distancia de una lámpara-
La flecha del cazador brilla:
Sus botas están manchadas de rojo,
Las ve mientras se inclina sobre el terreno,
Y desde los picos escondidos su odio vuela,
La pluma azul alza su cabeza en la niebla,
¡Bien podría huir de la furtiva noche!

La pálida, pálida luna, un delicado copo de nieve,
Corta los flancos de su refugio:
Derribando las estrellas que pasan,
Como el tañido silencioso de una campana de madera.
El viento levanta las hojas del suelo,
Silbando en el temblor de las cañas;
Su ronco palpitar agita el bosque,
Con gran clamor sobre la pista del acechado.
¡Rápido, rápido huye el oscuro ciervo!

¡Lejos! Bajo el copo delicado, muy lejos,
Yace herido sobre la llanura:
Su grito viaja en el viento nocturno,
Sus espesas lágrimas caen con la lluvia;
Como lirios pálidos, las nubes crecen blancas
Sobre el sendero umbrío;
En su desnudo nido en las alturas,
El águila de ojos rojos lo contempla;
Él se tambalea, se debate, tiembla en la noche.
¡El oscuro ciervo se funde con la bahía!

Sus pies caminan en las olas del espacio;
Sus astas suben y bajan en la sombra,
Ya no huye, tuerce su rostro aterciopelado
Hacia el cazador, el Sol;
Él sella los lirios brumosos, y en lo alto
Sus cuernos llenan el oeste.
La cigüeña navega a través del cielo,
Los picos lloran al verlo morir,
El viento se detuvo en su pecho.

El rugido del lago quiebra las olas
Sumergiendo sus guerreros de plata;
Como la bóveda de una cueva de cristal
El duro, fiero Muskallunge,
Deslumbra la costa con rojos destellos,
Los caídos fuegos del concilio se encienden;
El avetoro regaña en el aire,
El pato salvaje se zambulle donde
Las espigas famélicas descansan.

Rayo tras rayo el sol desaparece;
Abandonando la costilla roja del ciervo,
Su pecho, almohada viva del viento, sangra;
Él tropieza sobre la marea,
Siente las hambrientas olas del espacio
Rugiendo en la cima del mundo.
Los blancos copos cubren su rostro,
Más rápidos que el sol en su feroz carrera,
Perforando su corazón cálido.

Sus astas caen, una vez más olfatea
La espuma de los sabuesos del día;
La sangre sobre su crin azul se quema,
Tiñendo de rojo la alfombra de flores;
Las cuernos hieren las olas -llorando,
El viento en su pecho se demora-
Él se hunde en el espacio, rojo resplandece el cielo,
La tierra húmeda se torna púrpura mientras muere:
El fuerte y oscuro ciervo.
EL LECHO DE LIRIOS
The Lily Bed

Su bote de cedro, perfumado, rojizo,
Fluyó hacia abajo en un lecho de lirios;

Envuelto en una pausa de oro yacía,
Entre los brazos de una apacible bahía.

Temblaba solo en su barca de corteza,
Mientras los lirios rompían con certeza

El inmóvil cristal de la marea,
Hiriendo la frágil proa de madera.

O cuando cerca de los delgadas plantas
Levanta sus afiladas escamas de plata;

O cuando en el viento frío y sonoro
Cae la libélula envuelta en oro

Y todas las joyas y las amplias aguas,
En anillos cantan en sus alas;

O cómo el alma ardiente y alada,
Que de la oscuridad desciende en llamas

Sobre la fría ola, como el bálsamo
Que por un gran espíritu es derramado,

El alma vuela en libertad, y el silencio se aferra
A las horas inmóviles, como cuelga la Tierra,

Cortando la oscuridad, en los árboles,
A medias enterrados hasta las rodillas.

Se sentó en su quietud de plácidas hojas,
Aferrado a sus sombras, doradas y rojas,

Y sobre el suelo cóncavo, como una espiga,
Cayó el rostro entre luces ambarinas.

Orgullosa y valiente espuma de madera,
Perla brillante, una doncella frente a la marea.

Y él hubo de cantar de su alma el amor,
Con la voz del águila y el dolor.

En lo alto, fuertes pinos fueron hechos de su lengua,
Sus labios florecieron suaves en la sombra de la tormenta,

Besando los femeninos pétalos, plateados despojos,
Como lirios blancos en un íntimo arroyo.

Hasta hoy él permanece allí, en reposo,
Su imagen pintada en ella, descanso glorioso.

Una isla entre dos azules no se derrite,
Una gota de rocío en la costa

Se alza como un crepúsculo púrpura,
Sobre la vasta arena durmiendo bajo el cielo.

Su bote de cedro, perfumado, rojizo,
Fluyó hacia arriba desde un lecho de lirios;

Todas las flores, todos los lirios,
En la luz de la tarde la corteza agitaron.

Sus labios frescos rodearon la aguda proa,
Sus caricias suaves treparon por los flancos,

Con labios y senos tejieron su bóveda,
Robando a sus ojos la noche estrellada;

Con mano dorada ella tomó el cabello
De una nube roja, hasta su planicie de azur.

Furtivo, el dorado atardecer fluyó,
Un viento frío de su cuerpo huyó.

Aceptaron lo alto, los árboles oscuros,
Y los bajos lirios que cubrían todo.

Su bote de cedro, perfumado, rojizo,
Escapó lejos de su lecho de lirios.

LA ROSA
The Rose

La Rosa fue otorgada al hombre para esto:
Cuando la contemple en sus últimos años
Los besos del recuerdo surgirán del pasado,
Y del amor y la pena su llanto prolongado;
O siendo ciego deberá sentir el anhelo
De los viejos aromas que rondan su corazón,
Hasta que vea en el amplio lienzo de la memoria
Todas las rosas que conoció.

Quizás la tribulación guíe su dedo descuidado
Sobre el cristal frágil de la copa restante,
Entonces sentirá los labios muertos del infante
Sobre sus propios labios desgastados.

Tal vez sordo y enamorado de su estrella
Casi escuchará una fugaz alondra,
O el amor distante del ruiseñor
A través del oscuro rocío brillante.

El dolor perdido en caminos interminables,
Tumbas arcaicas en círculos y reflejos,
Su poderoso y vital aliento canta su suerte
Convocando las raíces del sombrío Tejo,
Atándolo a la vida, jamás a la muerte.


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