ROBERTO BRENES MESÉN


San José, Costa Rica, 1874 - 1947

CÁLMAME, SEÑOR



Cálmame, Señor, ésta mi sed de amor
que pone lágrimas en mi alma,
que funde las palabras de mi lengua
y las hace de miel y de fragancia.
Para así, mientras las siento
perfumar mi pensamiento
en ausencia de los que amo.

¡Cálmame, Señor, ésta mi sed de amor!
Porque en presencia de los que amo, siento
que el ambiente del mundo
congela mi palabra
y no fluye al querer del pensamiento,

Hice del corazón un mandamiento,
como se hacen de sol
los trigos de los campos,
y amé a todas las gentes,
amé a todas las cosas,
pero solo las cosas comprendieron.
Los hombres me buscaron el motivo
y desconfiaron del amor de otro hombre.

Mi corazón destila,
callado, dulce llanto,
sintiendo el llamamiento
urgente del amor.
Mi voluntad le impone
silencio doloroso:
yo vivo el mandamiento
en mi mundo interior.

Cálmame, Señor, ésta mi sed de amor
que funde las palabras en mi lengua
y las hace de miel y de fragancia.

¡Cálmame, Señor!
Como un panal su miel
bajo el fulgor del sol,
mi corazón destila
dulce llanto de amor.

Ungeme con el ungüento
de tu paz y de tu luz,
¡y cálmame, Señor!

EL ÁRBOL POETA

La noche derramó su cabellera
por el cielo como una enredadera
de florecillas de oro. Las dos zarpas
de un viejo viento hieren en las arpas
que cuelgan de los árboles: las notas
de sus sonantes cuerdas, las ignotas
voces del césped que contempla el oro
de las estrellas, el brillante coro
de las risas del agua, todo embriaga
mi corazón y el pensamiento vaga
por los cóncavos senos del ambiente.

Me siento, y un grande árbol, frente a frente
de mí, me tiende sus flexibles manos.
Todos sus movimientos son humanos:
ese árbol siente, me contempla y piensa
no sé qué pensamientos de una intensa
vida de árbol que inventa un mudo idioma
ideal, como un espíritu de aroma,
para cantar la reflexión secreta
de toda existencia: es su poema.

Como él sumerge el corazón al fondo
de las entrañas de la tierra, en lo hondo,
para sentir elaborar la vida,
para mirar el agua convertida
en lágrimas o en savia, sustancias
de minerales en las grandes ansias
de ascender las cumbres del ramaje
o del ideal más alto del linaje
de los hombres: ese árbol es poeta.
Sus rumores traducen con discreta
sabiduría el alma de las cosas.

Cuando llegan las horas silenciosas
ese árbol vierte de sus propias manos
aromas –pensamientos infrahumanos
que por el aire diáfano se extienden,
y los seres de entorno le comprenden.

El alma del poeta es un follaje
que canta en el silencio de un paisaje
los secretos profundos del subsuelo,
la voz del aire en cuyo ondeante velo
prende el perfume del amor, la sombra
de una angustia mortal que no se nombra,
los ideales del hoy y del mañana:
su grande alma es toda el alma humana.

De Hacia nuevos umbrales

LA MUERTE DEL LIRIO

Acuéstame, mamá, sobre las rosas deshojadas;
Acuéstame, mamá, sobre mis sueños,
Como sobre una almohada;
Estoy yerta y triste como una flor enferma;
Se ha muerto para mí toda esperanza.
Acuéstame, mamá, porque me siento
Colgando de la vida sobre el mundo de la nada,
Como en el campo los flotantes lirios
De la efímeras arañas.

Así estoy bien, mamá. Entreabre ahora
El cristal de la ventana;
Quiero sentir ese jardín fragante
Sentada al borde de mi cama,
Como un amigo
De la infancia
Que acerca a mis narices su pañuelo
Empapado de esencias de montaña.

Mamá, dame perfumes
Porque me embriagan;
Yo entiendo lo que dicen
Las tímidas gargantas de las flores olorosas.

Mamá, se rizan los claveles y hablan
Una lengua penetrante,
En cuyas sílabas de aroma muchas cosas olvidadas
Resucitan
Se levantan,
Y ríen lo mismo que los niños en tu alcoba
Si los despierta el sol por la mañana.

Acércame el florero: me gustan los claveles;
Su piel, su color y su alma.
¡Es una alma tan serena
El alma de esa flor que nunca engaña!
Mamá, ¿tú crees que hay alma? ¿la tenemos todos?
Si el alma es mariposa, ¿la del hombre es una larva?
-No, sueño mío, ¡tú no piensas! Oye;
Tu padre
-Sí, perdóname, ¡tú lo amas!
¿Te ha comprendido alguna vez mi padre?
¿Verdad que no?...Tu labio tiembla y calla,
Porque temes decir una mentira;
Jamás te ha comprendido, alma de mi alma,
Tus ojos me lo dicen,
Me lo cuenta el silencio de tus lágrimas,
¡A mí Luis no me comprende!
-¡Cálmate Blanca!
¿Por qué te martirizas? ¿Por qué lloras?
Lirio de amor, ¡ten calma!
-¡No me comprende Luis! Supón, me ha dicho
Que las niñas de mi edad no tienen gracia,
Que no hay en los capullos
Ni un hermano del perfume que se oculta en las entrañas
De las rosas bien abiertas
A la luz de la mañana,
Que las damas de treinta años,
Como copas rebosantes de Champaña,
Están llenas de luz, están llenas de fuego,
Y tienen a sus pies, como a una sierva, la palabra.
Nosotras las de quince,
No sabemos cómo se ama
Nos seducen los semblantes
O el color de la corbata.
Ignora Luis que toda mi existencia
Está suspensa de las alas de su voz, porque me llega
Como de un bosque fresco, con la carga
De tesoros que no he visto nunca,
Sino a través del tragaluz de su mirada.
Por ella he descendido
Al fondo de una gruta de esmeralda
Y sorprendida me venció el encanto
De la lámpara
Misteriosa que Aladino ha sepultado
En un rincón de esa alma,
Sólida y luminosa
Como el agua congelada
Que duerme en las pupilas del diamante.
Mamá, Luis no me comprende, y no ama
Quien no puede comprender
A la persona amada.

Extiéndame la colcha,
La colcha blanca;
Será mi último sueño
Y quiero morir amortajada
Para que nadie aje mi cuerpo
Ni siquiera con la luz de una mirada.

¿Di a Luis, cuando me busque
Que me dormí con la esperanza
De volver a los treinta años!

Deja abierto el cristal de la ventana
Quiero sentir ese jardín fragante
Sentada al borde de mi cama,
Como un amigo
De la infancia
Que acerca a mis narices el pañuelo
Empapado de recuerdos y de esencias de aquella alma.

COCUYO

Es el cocuyo tropical diamante,
gota de luz del sideral derroche
que horada las tinieblas de la noche,
hundiéndose y brotando a cada instante.

Es una lágrima estelar errante,
caìda del azul, como un reproche;
también fulgura cual dorado broche
medio oculto en los pliegues de un volante.

Como un joyel de rayos vespertinos
labrado en forma artìstica y alada
refulge entre los rayos cupresinos.

Pero ay! si al lado surge de mi amada,
semejan sus reflejos diamantinos
fugaz condensación de su mirada.


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