SOLVEIG VON SCHULTZ


Borga-Finlandia, 1907-1996


CORAZÓN

Le dábamos centeno, no mucho,
lo suficiente para que no se cansase,
le dábamos agua, un dedal,
para que tuviese que recordar el manantial
abríamos la puerta, ligeramente
para que el cielo le golpease el ojo
y fijamos un trozo de espejo en su jaula
para que viese directamente la nube.
Inmóvil permanecía con alas palpitantes.

Así cantaba.

CONVERSACIÓN

Cuarenta años habían vivido juntos
y el lenguaje se había ido haciendo más difícil de entender
al principio habían sabido algunas palabras
luego se fueron contentando con movimientos de cabeza:
cama y comida.
Durante cuarenta años se las arreglaron así en su vida diaria.
Sus rostros fueron adquiriendo calma, la de las piedras.

Pero alguna vez aparecía un intérprete ocasional:
un gato, una puesta de sol extraordinaria.

Escuchaban con un destello de inquietud
trataban de contestar
eran ya dos mudos.

LA ALEGRÍA

Por fin ella dejó de tratar de agradar
a quien no fuese dios o la muerte, ambos muy lejanos,
se permitió ser lo que era
(y como él decía)
una maldita vieja.
Se puso casi guapa del alivio
mandó a paseo el cuidado del pelo y de la ropa
decía lo que le apetecía.
Los hombres no eran más que niñitos
que alguien había parido alguna vez,
preocupaciones sobre todo, y el chupete de consuelo.

ZONA PRIVADA

Perdonar porque uno olvida
sucede como en la naturaleza
donde hasta la rama más espinosa muere,
olvidar porque uno perdona
sucede en el territorio de Dios
al que pocos tienen acceso.



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