IVAN GOLUB


Croacia, 1930


POR UN PLATO DE LENTEJAS

Me desperté. Con la mano me acerqué el reloj de pulsera a los ojos. Las cinco y unos minutos. Me levanté. Levanté la cortina de la ventana. Rojo. Ahora saldrá el sol. Abro la ventana. Un mirlo canta en el alambre. Se despluma. Y me siento bien.

Gracias por habernos dado el sol
y por haberme regalado la razón.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por un mísero bocado el caminar sin cadenas.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por una palabra lisonjera la tranquilidad.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por un siclo a la Persona.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por una ilusión de fuego los ojos.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por la orilla el mar.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por un carruaje las alas.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por una bandada de cuervos el águila.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por una silla de montar las sandalias.
No venderé la primogenitura por un plato de lentejas
ni por un palacio un poema.

Escrito está: La codicia es la fuente de todos los males. ¿Sigue cantando el mirlo en el alambre?

QUARE FREMUERUNT GENTES

Es de noche, noche cerrada.
La luna llena es de un rojo de sangre.
El silencio amenaza con el ruido.
Las tinieblas cubren los movimientos.

No duermen los ojos de los próceres
ni se cierran los párpados de la madre.
Las manos juntas imploran a Dios
y la sangre de Abel clama venganza.

Los amigos de Job cuentan disparates.
El guerrero conoce su herida.
Orugas de hierro se arrastran por la carretera.

Empezó lo que empezó.
Empezó la guerra. La guerra.
El loco Marte puede frotarse las manos.

Quare fremuerunt gentes
et populi meditati sunt inania?

EL FANTASMA DE LA GUERRA

En el desierto se alza el fantasma de la guerra
y las manos cogen la lanza.
De la arena sacan el hacha de guerra
e invocan al dios Marte.
Los ángeles inquietos por Belén
y los pastores se miran, confusos.
Los Reyes dudan si partir
y sus camellos marcan el paso.
El Príncipe de la paz duerme entre pajas.
¿Lo despertamos?
¿O lo sobresaltará el ruido de las armas?
¡Quién sabe con qué sueña!
¡¿Qué puede soñar de la paz el Príncipe?!

EL LLANTO DEL PROFETA

Lloró el profeta sobre la ciudad.
No hay templo en la montaña.
El rostro de la calle se ha desmoronado.
Humean las casas quemadas por doquier.
Huyen por los rescoldos las asustadas ratas.

Está airado el Señor.
Como a vasija de alfarero golpeó la ciudad.
El bastón de hierro aún le tiembla en la mano.

A lo lejos se escucha el lamento del desterrado,
y un niño pregunta a su madre: "¿Por qué?"
Las lagrimas empapan una seca corteza de pan.

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