ALFRED KREYMBORG


New York City-Estados Unidos, 1883-1966


EL ÁRBOL

Soy cuatro monos.
Uno cuelga de una pata,
como cola,
charlándole a la tierra;
otro está repletando su panza de coco;
el tercero está arriba en las ramas cimeras,
interrogando al cielo.
Y el cuarto,
persiguiendo a otro mono.
¿Cuántos monos eres tú?

IDEALISTAS

Hermano árbol:
¿Por qué subes y subes?
¿Sueñas con que algún día tocarás el cielo?

Hermano arroyo:
¿Por qué corres y corres?
¿ Sueñas con que algún día llenarás el mar?
Hermano pájaro:
¿Por qué cantas y cantas?
Sueñas.

Joven:
¿Por qué hablas y hablas y hablas?

IMPROVISACIÓN

Viento:
¿Por qué tocas
ese largo, bello adagio,
ese aire arcaico,
esta noche?
¿No tendrá fin?
¿O es el principio,
un preludio el que quieres?

¿Es un cuento el que truenas?
Ayer, ayer.
¿No nos das nada más?

Viento:
sigue tocando.
No hay esperanza
ni rebelión
en ti.

MENOS SOLITARIO

Cuatro criaturas,
apenas mayores que gnomos,
pero alegres como gnomos—
aunque sus caras eran pálidas,
sus ojos azul pálido,
su pelo de oro pálido—
y sus semblantes serios,
sus ropas
retazos improvisados
de lo que fueron trajes—
chanclas de palo por zapatos,
pana surcida por medias,
cáñamo amarillo por ligas—
y bajo los brazos de saltamontes,
un cerro
y un cerro
y un cerro
y un cerro de libros—
dos adelante y dos detrás
o los cuatro en fondo,
cuatro gnomos chiquitos
camino de la escuela
o de vuelta de la escuela—
los árboles arriba cabeceando,
los caminos debajo trotando,
e Italia por todas partes ondulando,
cabezas perezosas,
venas adormecidas,
voces soñadoras
cantando al unísono—
dieci per uno dieci
dieci per due venti
dieci per tre trenta—
llevaban un eco,
un eco confuso,
una vocecita,
una voz tímida,
desde lejos
en los montes,
sobre el mar,
tras el horizonte,
detrás de los años—
diez por uno diez,
diez por dos veinte,
diez por tres—
solo yo
nunca pude ir
tan despreocupado,
ni tan musical—
y cada uno
tenía un halo
o un collar,
o un brazalete
de violetas
barba azules—
mientras yo
tenía una gorra,
una gorra aturdida de New York,
y la ciudad sobre mí,
las casas en mi cabeza,
las calles en mi espalda,
y bajo mis brazos y mis piernas—
caminando sólo solo,
con un barullo dentro,
pensando, cavilando
en lo que iba a venir,
y si mañana,
o pasado mañana,
o el día después de pasado mañana
o seguramente el día después
sería más claro
y más azul
y más fácil—
y menos solitario.

CAMPESINO

Es la mezcolanza del campesinaje
lo que lo hace tan lento.
Menea la cabeza
para hablar
como una vaca
para pacer.
Plégase al hábito
de rascar con los pies
por debajo,
como un gusano medidor:
antepasados suyos
doblados sobre libros
trazaron cortas rectas
bajo dobles hileras de números
para guardar sus escasos ahorros
de filtrarse al suelo.
Si le lanzáis a quemarropa
una pregunta
parpadeará dos a tres veces
y revolverá la cabeza
como un búho
a los alfilerazos
del alba que no ve.
Hay poquísima carne
sobre sus huesos.
No hay entusiasmo
en sus zancadas:
parece que esperara
el golpe sobre el anca
para avanzar
otro paso adelante;
paso adelante, ¿a qué?
Nunca una tierra,
ni casa,
ni pajar,
ha poseído;
siéntase incómodo
en sillas
en que lo invitáis a hacerlo:
si lo hicierais,
conservaría el sombrero en la mano
en acecho del momento
en que una pausa de silencio
que atento atisba
con la oreja ladeada
lo convide a seguir su camino;
su camino ¿adónde?
No importa nada.
Ha aprendido
a encogerse de hombros
y así se encogerá de hombros ahora:
los gusanos lo hacen
cuando alguien los detiene con un palo
¿Que hay un cielo encima?
¿Una esperanza que pide vuelo?
Tal vez los pájaros lo sepan,
pero los pájaros
de pájaros descienden.

VISTA

La nieve;
ah, sí; ah, sí; de veras,
es blanca y bella, blanca y bella,
realmente bella,
desde mi ventana.
El mar;
ah, sí; ah, sí; de veras,
es verde y fascinante, verde y fascinante,
realmente fascinante,
desde la costa.
¿El amor?
Ah, sí; ah, sí; ah, sí; de veras,
realmente sí; ah, sí; de veras.



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