AI QING


Jinhua-China, 1910-Pekín, 1996

AUTOPISTA

Como americanos
rodando por una carretera californiana,
yo voy en una recién inaugurada autopista
por las carreteras del Oeste de China.

Vengo desde una humilde aldea serrana
anidada en un valle,
vengo de una lóbrega y tiznada casita de campo
con la pasión congénita del sufrimiento
y una austeridad que salta a la vista.

Escalo fácilmente la montaña
para que el aire y la aurora
se esparzan y desperecen ante mí
en la altura como un océano.
Así cepillo tanto mis diarios disgustos
como los pequeños incordios cotidianos:
con la ilimitada expansión
de un cielo brillante y definitivo,
y en la infinita virginal perspectiva
mis admiradas exclamaciones
sofocan el corazón por mucho tiempo...

La larga cinta del camino
ceñida al contorno de la montaña
serpentea cómodamente la ladera.
Subiendo la gente va despacio coronándola
distanciándose gradualmente del mundo de abajo.
Andar por estas alturas
es como flotar en una atmósfera mágica.

Estamos cansados
al pie de un árbol centenario
nos sentamos
v escuchamos la corriente de la montaña
venir chocando desde quebradizos riscos
a la par que
águilas y halcones chirrían
remontándose cerca de donde nos encontramos.

Un tiro de mulos
acarreando en sus lomos sacos de carbón
conducidos por muleros
cubiertos con escasos harapos
que sienten la rutina de hacer sonar
el amorfo chasquido de sus látigos,
pasa escabrosamente por el lado.
... Y volvemos hacia
un ignorado barranco
siguiéndolo imaginamos que esta garganta,
que vecina alberga un templo desmoronado,
desembocará en una fila de casas
donde simplemente se dedicarán
a labrar artículos rústicos.
Estos camiones, tan pesados
y colmados, ruedan con entusiasmado estruendo
con su carga
empujados por esos jóvenes
que viéndome peregrino a pie
en este especial día
me saludan agitando sus brazos.
Aun cuando sus impulsos y los míos
no sean originados en la misma fuente
el corazón se llena de irreprimible satisfacción.

Allí llega, la flota de automóviles
proyectando sus focos fuera del cromo,
enviando sus alas de alba luz
regocijando su velocidad, vuelan sin miedo
por la cima
incitando mis sentimientos y pensamientos
a cernirse con ellos dentro del cielo.

Y entonces
mis pies cojeando de alegría traspasan la cara de la tierra
mis ojos se amplían hasta el último horizonte
mis pulmones estrenan un nuevo aire.
Mi alma de pronto se libera.

Fuertes brazos y gruesos martillos
hienden la poderosa dinamita
que explotando dividirá los riscos
al lado de las cimas a millares de pies de altura,
Con rocas, lodo y cemento
queda el sudor del peón
por miles y miles de millares
coagulado en un camino de
miles de millares de largo.
Arriba la bóveda celeste
—sorprendente extensión azul que levanta el alma—.
Abajo el gran río.
Su caudal fluyendo sin fin.
Innumerables botes con sus ásperas velas
flotan — casi automóviles son — en la superficie.
Desde este rincón se minimizan
en insignificantes puntos grises.
El montañero encumbramiento
despeja atrás todo ajetreo y calamidad casera.
¡Oh, el lastimero corazón, el ingenuo corazón!
Al fin inocentemente
queda más revivido
en su orgullosa dignidad de entrega.
Aunque yo fuera una hormiga
o un saltamontes de rígidos élitros
el deslizarme o descender volando
por esta especie de camino
sería de suma felicidad.

Hoy, calzo sandalias de esparto
y un frío sombrero de ala
lleva bien calado mi cabeza
mientras camino por esta nueva autopista
de la que mi corazón sigue su ruta
sintiendo un ilimitado bienestar.
La gran estrada tendida ante mí
es tan ancha, tan bien asfaltada
como plácida; tan independiente
como carente de obstrucción.
Extendida en la distancia
podemos claramente comprobarlo
en su serpenteante movimiento
batiendo heroicamente el paisaje
al filo del paraíso.
Desde mi paraje
atisbo en todas las direcciones
contemplando ríos, oteros, caminos, casas...
y constantes enjambres de árboles,
todo fundido en incomparable
enternecimiento con la atmósfera.
En fin, me invade de raíz
un manifiesto sentimiento
de que estoy en la cima del mundo
y de la vida.

(Otoño de 1940)
(Traducción de Alfredo Gomez Gil)

EN ESTE LADO DEL MUNDO

En este lado del mundo
la gente nos abraza tan estrechamente
que casi no podemos respirar.
También besan con fervor nuestros rostros.

No es porque aún seamos jóvenes
ni bellos o atractivos
lino porque llegamos de la misma tierra,
tierra nacida en sangre.

Ni es siquiera por el encuentro del viejo amigo
en un nuevo lugar nunca antes visitado
sino en una especie de suprema devoción
somos como fieles amantes separados largamente.

¡Los chinos somos bienvenidos en doquier!
Nuestra perseverancia y coraje son de sobra conocidos.
Seiscientos millones marchan bajo una bandera
que porta altivamente inscrita y visible
la palabra: ¡Paz!

(Traducción de Alfredo Gomez Gil)

MURALLA

Una muralla es como un cuchillo
corta por la mitad la ciudad
media en el este
y media en el oeste.

¿De qué altura es?
¿Qué grosor tiene?
¿Qué longitud?. . .
Incluso si fuera más alta, más gruesa y más larga
no sería ni mucho menos
tan alta, tan gruesa ni tan larga
como la Gran Muralla de China.
Cualquier muralla no es más
que un vestigio de la historia
que a nadie le interesa recordar.

Tres metros de altura no es nada
cincuenta centímetros de ancho tampoco
cuarenta y cinco kilómetros de largo, una minucia;
incluso si fuera mil veces
más alta, más ancha y más larga,
¿podría bloquear
las nubes, el viento, la lluvia o el crepúsculo?
o
¿cómo podría obstruir
las corrientes del agua y el aire?
y
¿Cómo cubrir
millones de paisanos?
¿Quién es más libre que el viento?
¿Quién está más cubierto que el firmamento?
¿Quién espera ser más infinito que el tiempo?

Bonn, 22 de mayo de 1979
(Traducción de Alfredo Gomez Gil)

Ai Qing era hijo de terratenientes

y como tal fue amamantado por
una sierva de su familia,
la campesina Dayanhe, quien cuando
ya no tuvo más
leche fue apartada del niño y regresada
a las labores del campo.

Aquel bebé amamantado por Dayanhe,
ya crecido,convertido en militante
revolucionario y encarcelado,
en 1937, le escribió un poema de amor
a su nodriza,
enterado de que había muerto en soledad
y sin saber la suerte de sus hijos.

DAYANHE, MI NODRIZA

Dayanhe, en la cárcel escribiendo para ti un poema
está tu hijo de leche; lo dirige
a tu alma violácea inmensa en la tierra amarilla,
a tus brazos aquéllos que me acunaron,
a tus labios que arrulladores me besaron...
...
Dayanhe,
crecí desde tu pecho
y llego hasta tu alma...


Dayanhe, hoy el lentisco evoca de repente
los marchitos gramales del alero de tu casa abandonada
...
aquel pequeño huerto hipotecado
y tu profunda tumba silenciada por la nieve.
Oh Dayanhe, esta nieve, ¡cómo te trae a mí!
Tus callosas manos se agrandan
para elevarme a tu pecho.

http://fernando-sabido-sanchez.blogspot.com/search/label/CHINA?updated-max=2010-09-04T21%3A28%3A00%2B02%3A00&max-results=20&start=36&by-date=false

No hay comentarios:

Publicar un comentario