KO UN


Kunsan-Corea del Sur, 1933

LOMBRIZ
 


Al cumplir los seis años cuentas las estrellas.
Las noches son excepcionales,
no te gusta la claridad del día.
Tu madre ha salido al campo,
el padre ha ido al campo de arroz,
al campo de arroz de otros.
Durante el día,
una vez pasada la tormenta,
juegas con lombrices bajo el tejado.

Un niño de seis años, conocido como Dosup, aburrido, aguarda la noche.

LA MUJER DE LA ISLA KWI

Cumplidos los seis años me fui con el tío menor
a cruzar unos ocho kilómetros de tierra ganada al mar,
sin detenernos, tanto que mis pequeñas piernas se doblaban,
hasta que llegamos al mar que se elevaba hasta el cielo.
Esperamos hasta que la marea baja descubriera un sendero fangoso
y cruzamos hacia la isla Kwi,
donde conocimos a la mujer del barquero,
su maravillosa mujer.
«porque si viviera, mi niño tendría tu edad.
Llévate esto contigo, pruébalo, cómetelo».
Su enorme boca verdosa seguía murmurando
al tiempo que con destreza enganchaba una raya grande.
Esa mujer no sólo era un ser humano, era precisamente el corazón del mar.
Desde entonces subía a la cima de la montaña Halmi y allí me estaba
quién sabe por cuanto tiempo mirando el mar y a la mujer de la isla.
Los observaba con el dolor de mis piernas.

ABUELA MATERNA

Ojos de vaca.
Ojos taciturnos y vacíos.
Ojos de mi abuela materna.
¡Mi abuela materna!
Para mí, la persona más sagrada del mundo.

Una vaca que ha dejado de pastar la fresca hierba
y ya no está más parada allí.

Después de todo no es mi abuela
es la paz de este mundo,
muerta y sin sepulcro.

ABUELO MATERNO

Choi Hong-kwan, nuestro abuelo materno,
era tan alto que su sombrero llegaba hasta el alero
y rozaba al nido de gorriones que allí estaba.
Siempre se mostraba sonriente,
si la abuela daba a alguien algo de comer,
era el primero en alegrarse.
Si la abuela le hablaba con severidad
reía y hacía como si no la oyera.
Una vez, siendo yo pequeño, me dijo:
«Mira, si barres bien el patio,
el patio se reirá.
Si el patio se ríe
la valla también se reirá.
Hasta las maravillas,
florecidas en el patio, se reirán».

AZALEAS

La montaña Halmi ardía toda de azaleas.
Cuando yo tenía cinco años de edad
y durante varios años más,
arrancábamos hasta las raíces de las azaleas
y las quemábamos para calentar los lechos en invierno.
Eran tiempos difíciles.
Las azaleas no florecían en la cercana primavera.
Era mucha la pobreza.
Cómo no sería la pobreza en la montaña Halmi.
Alguna que otra raíz de azalea sobrevivía
y para no perder su huella, florecía de nuevo.
Yang-gum, una niña de la aldea,
subía a la montaña con una larga cinta roja
para ver aquellas azaleas.
Ponía piedras a su alrededor y levantaba una valla.
Olvidaba su casa y sus quehaceres
y permanecía largo tiempo allí sentada.
¡Oh Dios! ¿Qué estoy haciendo aquí todavía?
¡Válgame el cielo!

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