ROMÁN MAYORGA RIVAS


León, Nicaragua, 1862 - San Salvador, El Salvador, 1925



ODOR DI FÉMINA

A Anthero de Figueiredo 

Era austero y sesudo: no existía 
Fraile más ejemplar en el convento; 
En su escuálido rostro macilento 
De lágrimas un poema se leía. 

Una vez que en la extensa librería 
Hojeaba triste un libro amarillento, 
Cayó, convulso y torvo, de su asiento, 
Sin vida en la marmórea losa fría. 

¿De qué el fray moriría? –No hay historia 
En el claustro que de ello haga memoria, 
Y velan la verdad misterios hondos; 

Mas cuentan que un bibliófilo comprara 
El libro extraño, y que, al abrilo, hallara 
Unos cabellos de mujer muy blondos… 

(El fígaro, Domingo 18 de agosto de 1895, Tomo II, No. 17, p. 130)

VENUS PÚDICA

El agua en el estanque está dormida 
Y la coronan pétalos de rosa, 
A la indecisa claridad hermosa 
De una aurora triunfal que vierte vida 

Se dejó para el baño prevenida, 
Límpida, y enflorada y olorosa, 
Y ya llega la niña pudorosa 
Al borde del estanque, desvestida 

Toca la linfa con el pie; y al frío 
Beso que siente, a echarse no se atreve; 
Mas al mirar en boscaje umbrío 

Que la contempla un cazador aleve, 
Al punto entrega al estancado río 
Su cuerpo virginal de rosa y nieve. 

(La Quincena, Año 1, Tomo. 1. No. 5, 1 de junio de 1903, p. 161-162)

PECADORA

Antes no eras así. Tú eras humilde, 
y hoy eres orgullosa; 
el pudor te encendía las mejillas, 
y hoy te las pone la lascivia rojas. 

Di, qué tienes? Profunda es tu mirada; 
¿por qué estás ojerosa? 
Están rojos tus labios y están húmedos, 
incitando a los besos… ¡tú eres otra! 

Yo todo lo adivino. Con el alma 
hago luz en la sombra; 
tus noches me revelan sus misterios, 
y ya sé que te has vuelto pecadora… 

(La Quincena, Año III, Tomo VI, 1 octubre de 1905, N. 61, p. 28)

CISNE NEGRO

En las dormidas aguas del estanque,
góndola de azabache, un cisne negro,
a la luz moribunda de la tarde
bogando va con sus callados remos.

Cuentan que un día, como flor del aire,
cayó una garza en el estanque terso,
que repelióla el cisne, y que, al instante,
de un picotazo lo dejó ella ciego.

Voló, huyendo veloz, la nívea garza
y, aunque sin ver, el cisne victorioso,
sintióse único rey de sus dominios;

y así, desde que nace la mañana
hasta que muere el sol, lo cruza solo,
negro como el dolor y pensativo.



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