EUGENIO MARTÍNEZ ORANTES


San Salvador-El Salvador, 1932

VIAJE SIN REGRESO
 


A veces me parece que no debo
continuar navegando en tu marea,
que con furia la proa me golpea...
Y mi gran osadía desapruebo.

Ante tu oleaje inmenso me conmuevo.
Al sentir de tus aguas la pedrea,
comprendo la locura de mi idea
y a seguir adelante no me atrevo.

Retornar, sin embargo, es peligroso
y continuar la lucha más honroso...
Ya me jugué la vida al empezar

este viaje que no tendrá regreso...
Ahora, felizmente lo confieso,
¡en tus aguas deseo naufragar!

TÚ ESTÁS SEGURA DE QUE YO TE AMO

Tú estás segura de que yo te amo.
Pero también estás segura de otras cosas
que nos amarran, que nos detienen, que nos alejan,
que nos lanzan por caminos extraños?
Unos caminos que son tuyos y otros que son míos,
totalmente distintos entre sí.
Mientras tú subes a la montaña, yo bajo al mar.
Te internas en la selva y yo cruzo el desierto.
Cuando vas hacia el Sur, yo voy al Norte.
Total que siempre vamos por rutas diferentes.
A veces, ocurre que giramos el uno tras el otro,
en forma interminable, persiguiéndonos desesperadamente,
sin alcanzarnos nunca y sin saber
quién es el que persigue o el que huye.

Tú estás segura de que yo te amo.
Mirándome a los ojos has sentido que mis llamas te cubren,
te envuelven por completo y te traspasan,
y llegan hasta el fondo de tu ser donde arden
en forma incontenible, sin que tú lo desees
y sin que quieras que se acabe jamás.

Tú estás segura de que yo te amo.
Lo has oído de mi voz, sin que mi voz lo diga.
Has descubierto que ella te baña las caricias
con sus pequeñas olas silenciosas,
que te cubren el cuerpo de azahares, estés o no presente.

Estás segura de mi amor porque lo vives
sobre la piel, bajo la piel y más adentro.
Has oído los gritos de mi silencio multiplicándose
y alargándose en un eco interminable,
mientras te rodean sus coros de pasión
y sientes el deseo de dejarte arrastrar
por el río de lava que te quema
las nalgas, la cintura, los senos y la risa.

Tú sabes que te amo más allá de los límites del tiempo,
y mi abismo te trae, te subyuga, te enloquece
y te arrastra hacia mí. Por eso corres
alejándote llena de terror y temblando de miedo,
temerosa de perder para siempre
tus alas de cristal y el aire donde vuelas.

Pero estás atrapada y no puedes negarte a la ansiedad.
Y regresas con pasos silenciosos, muy pequeños,
para estar nuevamente a la orilla del abismo y temblar
del deseo frenético de lanzarte frente a él?
Y caer y caer y caer?
Y fundirte a su fondo para siempre.
Tú estás segura?

Por eso estamos amarrados el uno frente al otro.
Guardando silencio y mirándonos, simplemente mirándonos.
Los cuchillos desgarran nuestros pechos por dentro,
mientras pasan los días, los años y los siglos.

SEÑORITA, USTED ES LA PRIMAVERA

Señorita:
Usted es una primavera
total,
definitiva.

Si en la vida todo el mundo se pareciera a usted,
no existiría la miseria
ni el dolor, ni el hambre.
Los arados cantarían una canción de frutos y la tierra
?al sentir los pasos de la aurora
sobre su piel morena?
se despertaría llena de optimismo
y más deseosa de ser madre
de sonoros vegetales.

Si los ríos se parecieran a sus cabellos,
en cada una de sus translúcidas escamas
viajaría complacida
una semilla de ternura.
Las armas no tendrían necesidad de existir
si la brisa que sopla
sobre los dolientes cuerpos de muchos países
fuera igual a su aliento.
Si la vida en todo el mundo
se pareciera a usted,
habría paz, trabajo y progreso.

Señorita:
Háganos un favor a los seres humanos
que vivimos pisoteados,
a los que jamás hemos tenido
un castillo de espumas frente al día
a los que nunca hemos sabido
lo que es sentir un sol
revoloteando dentro del pecho,
a los que masticamos sombras
por masticar violines
a nosotros
que somos cadenas de sufrimiento
aparentando hombres.

Háganos el favor, señorita.
Enséñele a la vida a ser como usted. Usted puede.
yo estoy seguro de ello.

Háganos el favor.
No se niegue.
Oiga: Todo lo que debe hacer es esto:
Sonreír con esa sonrisa
que tiene más luceros
que átomos el mundo.
Sin dejar de sonreír párese frente a la vida.
Dígale que la mire fijamente…
Y si no la comprende, háblele claro.
Insúltela por sucia,
por mugrosa,
por antihigiénica.
Dígale que se bañe.
Que se peine.
Que se cure esas pústulas
que le cubren el cuerpo y que parece
manchas de tinta señalando
poblados en un mapa.

Después,
enséñele a sonreír como usted:
con ciclones de amor.
Porque eso es lo que necesitamos: Amor.

Háganos el favor, señorita.
Enséñele a la vida a ser como usted.
Usted puede.
yo estoy seguro de ello.

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