LUIS RODRÍGUEZ FIGUEROA

Puerto de la Cruz, Tenerife, Canarias, España,1875-1936

BOCETO SOCIAL

Fijad la vista en el montón de seres
Que se alza y hunde en el mundano abismo:
Mide bienes y males y placeres
Por el metro fatal de su egoísmo.
Pobres o ricos, con falaz sonrisa,
De la ambición entre el ambiente insano,
Viviendo para sí, viven deprisa
Las cortas horas del reloj humano.
Todo es condicional y está sujeto
Al deseo voraz de la ganancia,
Ante el cual se desnudan sin respeto
Los que explotan del vulgo la ignorancia.
Ya no busca en las fuentes del trabajo,
El hombre que se agita y que se aviva,
La redención porque blasfema abajo
Desesperando de encontrarla arriba.
En servil maridaje entrelazados
Adulación y Orgullo invaden todo;
Mas, como son insectos desalados,
No hacen vida, jamás, fuera del lodo.
Donde brilla un puñado de monedas,
Convergen al momento las miradas;
Donde va una mujer envuelta en sedas,
Van también de los fatuos las pisadas.
El andrajo que deja al descubierto
Un corazón de virgen desvalida.
Es cosa despreciable, objeto muerto
Para el necio sin fe de alma podrida.
La traición y el escarnio donde quiera;
La burla intencionada a toda hora;
En la escena del mundo solo impera
Esta innoble trilogía corruptora.
El débil subyugado por el fuerte.
El fuerte por el débil maldecido;
Y entre ambos deseándose la muerte,
Se mueren sin haberse comprendido.
Va tras la Ostentación con faz enferma
La augusta Caridad, cuya simiente
Se degenera entre la mano yerma
Del publicano de la edad presente.
El negro fanatismo, en las conciencias;
Las leyes de los hombres, corrompidas;
Y al lado de estas mil concupiscencias,
Las santas libertades confundidas.
Tal es el cuadro cínico que ofrece
La actual generación metalizada:
Vendiendo el ideal que la enaltece
Por el oro a que vive esclavizada

"Preludios" – 1898

A LA LIBERTAD

Altiva diosa, libertad sagrada
que mostrando a los hombres su destino,
con la constante fe del peregrino,
rescataste la enseña aprisionada.

Aún lacera tu frente arrebolada
alguna espina del erial camino
que cruzaste entre el raudo torbellino
de despótica turba coronada.

Y a pesar de vencer en la refriega,
aún hay quien vil tu protección reniega
esclavo de una estúpida obediencia.

¡Libertad!, ¡Libertad!, cuando te llamen
los que las plantas del tirano lamen,
responde que has perdido la existencia.

"Preludios" – 1898

LA ESCUELA 

¿Quién no trae á la memoria, 
En su vida de amarguras, 
Nuestra juvenil historia 
De inocencia transitoria 
Y de ingenuas travesuras? 

¿Quién no fija, pensativo. 
Sobre las manos la frente 
Y condensa el sugestivo 
Panorama siempre vivo 
De la niñez inconsciente? 

¿Quién no recuerda los años 
Transcurridos en la escuela, 
Sin penas, sin desengaños. 
Sin arterías ni amaños, 
Sin vicios ni corruptela?

Entre infantil patulea 
Contemplo, grave y erguido, 
Con la ignorancia en pelea, 
Al maestro envejecido 
En su grandiosa tarea.

Abejillas de la ciencia, 
Sus consejos atesoran 
Y recogen su experiencia. 
Los rapaces que elaboran 
La miel de la inteligencia.

¡Pobre del que nunca pudo 
Decir que pisó la escuela! 
¡Será en el combate rudo 
Soldado torpe y desnudo 
De protectora rodela! 

Por eso torno los ojos 
A aquel recinto esplendente, 
Y disipan mis enojos 
Los atractivos despojos 
De su recuerdo latente. 

Donde fermenta la gloria, 
Donde se rasga el misterio, 
Y el único cautiverio 
Que ensalza a gritos la Historia

"Preludios" – 1898

En memoria y homenaje del poeta tinerfeño José Tabares Bartlett

Al noble vate de la faz cenceña,
maneras finas y jovial prestancia;
al que cantó los juegos de la infancia
y las costumbres de la patria isleña.

Al hombre generoso, cuya enseña
fué símbolo de paz y tolerancia;
al que tuvo, por fuente de abundancia;
el corazón excelso del que sueña.

Al que ferviente, sin doblez ni excusas,
encaneció en el culto de las Musas
con la fe de los viejos trovadores;

Al que a todos tendió su afable mano
y expiró, resignado en sus dolores,
caballero, creyente y ciudadano.

DESPEDIDA

Por vez primera de la patria mía
Abandono los valles perfumados,
Las auras que la orean, sus collados.
Sus céspedes de eterna lozanía
Y sus bellas riberas y sus prados.

¡Entre espumas la dejo, solitaria
Desafiando la mar embravecida,
Y de las olas levantando erguida
La cabeza, cual triste procelaria
Que arrojó el huracán de su guarida!

Y al dejarte, Nivaria, dentro el pecho
Me llevo todo un mundo de amarguras:
Dejar tu suelo y sus fragancias puras,
Es dejar el rosado y blando lecho
Que la amante nos brinda con ternuras

Cuando hienda la nave con su prora
Las cristalinas y azuladas ondas,
Y poco a poco tus verdosas frondas
Se esfumen con la niebla encubridora.
Mis cuitas siempre sentiré más hondas.

Y al partir, ¡Oh Nivaria!, tus paisajes
Copiaré en un rincón de mi retina:
Sólo un árbol, un ave, una colina
Y un pedazo de cielo con encajes
De esos que teje el sol cuando declina.

Con estos rasgos, donde quiera vaya
Completa te verá mi fantasía,
Y rindiendo á tu nombre idolatría
Cuando me encuentre en extranjera playa,
Serás mi santa imagen, patria mía!

¡Adiós! joya africana, arriate hermoso
Que engalana el Océano turbulento
Ya vibra acongojado el sentimiento,
Y al partir de tus costas, un sollozo
¡Tan grande como un himno, es mi lamento!

Lamento triste, que desborda ingente
En oleadas nostálgicas de duelo,
Como ese canto de ignorado anhelo
Que lanza e1 ave al emigrar paciente,
¡Dudando acaso volverá a su suelo!

"Preludios" – 1898
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