WITTER BYNNER


Brooklyn-Nueva York-Estados Unidos, 1881-México, 1968


UN FINQUERO RECUERDA A LINCOLN

“¿Lincoln?”—
Bueno, yo estuve en el antiguo Segundo Regimiento de
Maine,
el primer regimiento del Estado del Pino que llegó a
Washington?
Claro que no llegué a sentir el olor de la pólvora;

solo estuvimos allá para guardar la capital—
todos nosotros éramos novatos.
Nunca he estado en el teatro en mi vida—
No supe, pues, de qué manera conducirme.
Aún puedo ver tan claro como si fuera mi sombrero el
palco en que él estaba
cuando lo tiraron—
¡Créame, amigo, hubo un gran pánico
cuando encontramos que el presidente estaba como
estaba!
Nunca vi un soldado en el mundo que no lo quisiera.

Sí, amigo. No se olvidaba su figura así no más.
Era un hombre enjuto,
era un finquero.
Todo estaba muy bien, ya lo creo,
aunque no era bien parecido que se diga,
nada de eso.
Cara flaca, pescuezudo,
y el labio grueso como salido.
Y era un tipo divertido— siempre bromista;
y no estaba tan encumbrado que los muchachos no
pudieran hablarle en su manera de ellos.
Cuando yo estaba de servicio en el Hospital,
él solía venir y me decía: “Estás muy bien aquí.”
Animarnos, ve usted.

Y se agachaba y les hablaba a los muchachos—
Y les hablaba con tanta intimidad —tan cariñoso—
Por eso es que le digo que era un hombre del campo.
No le quiero decir que no haya estado bien todo lo de él,
me entiende,
nada más que —bueno, yo era un finquero—
Y él era mi vecino, el vecino de todos,
apuesto que hasta a ustedes los jóvenes de ahora les
hubiera gustado.

COMPAÑEROS DE TREN

Fuera de Shasta, las nevadas cumbres
son una gloria, pero las desdeñas
porque ya has visto picos de montañas,
pero no mi periódico. Así hablamos.
Cigarrillos, sonrisas; buen comienzo
de un cómodo intercambio de distancias.

Tú, joven ingeniero, de estatura
de cinco pies siete pulgadas, pecho
cuarenta y cinco y fútbol en tu cielo.
Que amas la carretera limpia y nueva,
y que arrancas las flores que le prestan
una belleza ajena a lo geométrico,
y yo, un poeta, adicto a mis maestros,
leyendo aquí las animosas cartas
de Jorge Meredith, y al mismo tiempo
participando en la mezclada charla
de un tamborista, un cura y un cirquero,
todos absortos en sí mismos —Como
tú en ti y yo en mí—, feliz identidad.

Después de un rato en que salieron otros,
nosotros nos quedamos, atraídos
por cierta afinidad que hasta hoy comprendo,
porque tú hablabas de fútbol entonces,
y yo de versos, hasta que supimos
que éramos ambos universitarios,
y fumamos más cómodos, sonriendo;
yo, de Cambridge, te dije, poeta siempre,
“conozco vuestro lindo teatro griego
de Berkeley”. Alzando tu cabeza griega,
“nunca jamás lo vi”, me respondiste—
“Al salir de las clases me iba siempre
a los campos de juego.”

Así pagabas,
oh, joven ingeniero, tu tributo
a la parte mejor, como yo mismo.
Sin duda la belleza está en los templos,
pero viviente alienta en los atletas,
cuando sacuden rápidos sus rizos,
que son, más adorables porque mueren.
Eres tú tan poeta como yo
aunque haya diferencia en lo que hacemos,
y yo soy tan atleta como tú
porque tú sabes mi cuarto de milla
y tu cuarteta yo; nos entendimos.

¿Quién sabe si otra vez nos encontramos
con que cirquero y tamborista marchen,
no atrás, sino adelante en el Estado—
como hoy el lanzadiscos y el poeta?




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