ANNA HEMPSTEAD BRANCH


Hempstead House-New London-Connecticut 1875 (Estados Unidos)-1937


EL MONJE EN LA COCINA

I

Es una cosa bella el orden;
sobre el desarreglo se posa
y enseña el canto a lo sencillo.
Tiene la gracia humilde y mansa
del rostro quieto de una monja.
¡Cómo quisiera aquí tenerte!
Tranquilo pozo de delicia,
en ti las cosas brillan dulces
cual piedras claras bajo el agua.
Tú, claridad,
que con angélica bondad
revelas todo en su belleza,
como una poza limpia extiéndete
y en ti serán todas las cosas,
más bellas, más espirituales,
reflejos de aires más serenos,
sumergidas formas de estrellas
del alto cielo, tan lejano.

II

¡Oh, cosas,
opacas, visibles, caseras,
os cubren las alas gloriosas
de vuestras esencias de arriba,
lentas lunas de un cielo oculto!
Tan sólo sois sus semejanzas
gastadas sobre otro elemento,
los turbios rebrillos lejanos
de otras brillantes solideces.

Suaves como sueño
imagen sólo, en la corriente.

III

¿Qué sois?

No sé.
Paila de bronce, olla de hierro,
basa gris, ladrillo amarillo,
hollados siempre por mis pies.
Me parecéis
barcos de fúlgido misterio
que una forma lleváis, y así,
aun hechos por el hombre, sois
obra también del hondo Espíritu,
a cuyo soplo obedecéis.

IV

Forma, el fuerte y tremendo Espíritu,
en ti posó su mano antigua.

Él, dueño del caos vacío,
puede alterarlo y someterlo.

Él, en verdad, levanta
la materia cual vaso santo.

Tocó la honda sustancia y ¡ved!
ya donde no erais, sois; y así,
salidas de la inútil nada,
gemisteis, reísteis y fuisteis.

Yo os uso, como puedo,
uso admirable, para el hombre,
paila de bronce, olla de hierro.

V

¿Qué sois?

No sé.
Ni lo que hago, en verdad,
cuando os manejo y cuando os muevo.
No hay, ante Dios, labor mezquina.
A todos nos pide grandeza;
a su menor creatura,
naturaleza angélica,
estatura soberbia,
brillante plenitud.

Ningún deber humilde pone.
Cualquier acción que nos exija
luce un raro halo de belleza.
Gran hazaña, tarea cósmica
al más modesto ser le pide.

Si bruño esta paila de bronce
oigo la risa de alguien, lejos,
en los jardines de una estrella,
y huir de su ardiente presencia
llameantes ruedas de mis soles.

Quien da más brillo a alguna cosa
es como un ángel, todo luz.
Si limpio este piso de barro,
mi espíritu salta de ver
trajes de luces recorrerlo,
una limpieza hecha por mí.

Oh, Purificador del hombre,
con mi trabajo yo te alabo,
pues mi trabajo es para ti.
Quien da más brillo a alguna cosa
es como un ángel, todo luz.
Dejadme, pues, manifestar
la gran limpieza de mi Dios.

VI

Una vez, al frío del alba,
bajaron ángeles
a trabajar conmigo.

El aire estaba suave de alas.
Reían en mi soledad
y daban luz con sus miradas.
Me demandaron dulcemente
hacer mis comunes tareas.
¡Qué bellos todos! Pero aquel
con vestes blancas como el sol,
¡qué faz tenía!
De una honda gracia recordada.

Cuando lo vi grité: “Tú eres
el hermano mayor de mi alma.
¿Dónde te he visto?” Y él me dijo:
“Cuando bailamos ante Dios,
¡con qué frecuencia estás tú allí!
Vuelan bellezas de tus manos
cual blancas palomas al cielo.
¿Es que ya tu alma no recuerda?
Sigue en tu trabajo
y limpia tu porra de hierro.”

VII

¿Qué sois? No sé.


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