DANTE GABRIEL ROSSETTI

Londres- Inglaterra,1828 – Birchington-on-Sea, Kent, 1882


LA DONCELLA BIENAVENTURADA


La Doncella bendita, de los cielos
por el dorado barandal se asoma;
más que las quietas aguas vespertinas
es la mirada de sus ojos honda ;
tres azucenas en la mano tiene
siete claras estrellas por corona.


Suelto de broche á fimbria sin ornato

de recamadas flores, su vestido

blanca rosa, presente de María,

luce no más, de servidumbre signo;
los cabellos tendidos por la espalda,
como lozana mies son amarillos.

Ni un día entero transcurrió, pensaba,
desde que unióse á los divinos coros ;
no estaba por entero disipada
la maravilla en sus serenos ojos ;
pero aquel día suyo, por diez años
cuentan los que dejara en abandono.

(Por diez años de años, alguien dice.
... Pero aquí, de seguro, en este instante
se inclina sobre mi — su cabellera
sobre mi rostro desatada cae...
No : caer otoñal de muertas hojas.
El año todo, aprisa, se deshace).

Era en el baluarte que limita
la casa del Señor, donde ella estaba.
Dios mismo en el comienzo del Espacio
lo edificó sobre la hondura clara;
tan alto, que á sus pies, si abajo mira
casi el disco del sol á ver no alcanza.

Está en el cielo, como un puente, en medio
del ondular de la extensión etérea.
Las mareas del día y de la noche
surcan de resplandores y tinieblas
el vacío, llegando á donde gira
como aturdido moscardón la tierra

De la Doncella en torno, confundidos
otra vez, los amantes, con clamores
de un amor inmortal, embelesados
se deleitaban en sus nuevos nombres ;
y hacia Dios, por su lado, los espíritus,
subían como flámulas veloces.

Y seguía inclinándose, encorvada,
fuera del suave círculo de encanto ;
hasta que el barandal en que su pecho
se apoyaba gentil, volvióse cálido,
y las tres azucenas parecían
dormidas en el pliegue de su brazo.

Latir veía, como el pulso, al Tiempo
á través de los mundos, desde aquella
parte del Cielo fija ; su mirada
por abrir en los limbos una senda
luchaba : luego habló, tal como cantan
en sus órbitas altas las estrellas.

Se había puesto el sol : pluma liviana
semejaba la luna, en un anillo,
flotante allá en el fondo; y ella entonces
habló en el aire plácido, tranquilo.
Su voz era la voz de las estrellas
que á coro cantan en sus altos círculos.
¡ Oh dulzura ! ¿Y entonces, aquel canto
de avecilla no quiso sus acentos

hacer llegar á mi ? Cuando las viejas
campanas adueñábanse del quieto
mediodía ¿ sus pasos no llegaban
á mí de la escalera entre los ecos ?

Quisiera verle junto á mí, decía,
y ha de venir, ha de venir sin duda.
¿No he rogado en el Cielo? — y en la tierra
Señor, Señor, ¿ él no ha rogado ? ; Y juntas
dos plegarias no son perfecta fuerza?
¿Y así, puedo tener flaqueza alguna?

« Cuando circunde su cabeza el nimbo,
y esté ceñido con la veste blanca,
de la mano cogido he de llevarle
al hondo manantial de la luz santa ;
y entraremos en él como en un río
bañándonos de Dios en la mirada.

« Estaremos los dos á un lado y otro
del oculto, invisible tabernáculo
cuyas lámparas arden de continuo
con alimento de oraciones ; ambos
las nuestras miraremos acogidas,
mezclarse como nubes del espacio.

« Los dos descansaremos á la sombra
de aquel vivo árbol místico que crece
por tan oculta gracia, que en su vida
de la Paloma el alentar se siente,
mientras en cada hoja que Sus plumas
tocan, Su Nombre santo oirse puede.

« Y yo misma, yo misma, en esta calma
quiero enseñarle las cantigas tiernas
que canto aquí; su voz, cuanto las cante,
se detendrá tal vez, rítmica y lenta,
y encontrará saber en cada pausa,
y una revelación de cosas nuevas. »

(l Ay de mí, que los dos, los dos, has dicho !
Y eras conmigo entonces una misma,
entonces, hace tiempo. Mas j acaso
querrá Dios elevar á la infinita
unidad á aquella alma que á la tuya
sólo en su amor, no más, se parecía?)

"Los dos, decía, buscaremos juntos
las enramadas donde está María
la Señora, con ella están sus cinco
sirvientas : cinco suaves sinfonías
sus nombres son : Cecilia, Magdalena,
Gertrudis, Margarita, Rosalía.

« En círculo se sientan : los cabellos
trenzados llevan : ciñense la frente
con guirnaldas; en albas telas finas
hilos dorados como llamas tejen
para formar las túnicas de aquellos
que acaban de nacer, tras de la muerte.

« Él no hablará tal vez, de temor lleno :
yo mi mejilla apoyaré en la suya
y hablaré del amor que nos enlaza
sin que el temor me turbe ó me confunda :
mi orgullo aprobará la muy querida
Madre y hablar me dejará sin duda.

« Y ella nos llevará, mano con mano,
ante el Señor áquien se humillan todas
las almas, inclinando, innumerables
las cabezas ceñidas de aureolas;
los ángeles saldrán á nuestro encuentro
cantando con sus citaras y tiorbas.

« Y por él y por mi rogarle quiero,
rogarle quiero á mi Señor, á Cristo,
que vivamos no más como en la tierra
con nuestro Amor — estar como estuvimos
entonces, nada más; pero ya juntos,
ya para siempre juntos, él conmigo. »

Miró, luego escuchó, y habló : dulzura
más que tristeza su expresión tenía :
« Cuando él venga, será. » — Calló de nuevo.
La luz en torno de ella estremecida
dejó un vuelo de ángeles, pausados.
Rezaba con los ojos ; sonreía.

(Yo su sonrisa vi) Mas pronto en lueñes
esferas fué perdiéndose su paso.
Y entonces, con los brazos extendidos
en el celeste barandal dorado,
con la faz en las manos escondida,
lloró la virgen. (Yo escuché su llanto).

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