P. MUSTAPÄÄ

Temmes-Finlandia, 1899-1973

LA CHOVA AMARILLA


Había una chova en la iglesia,
era una chova amarilla,
es decir una chova rara,
el bufón de las chovas.

Se quedaba en el tejado a solas
probablemente para pensar,
y muy de vez en cuando
batía sus pálidas alas.

Pero la negra bandada de chovas
no cesaba de dar voces y gritos.
Y mira, cuando amaneció
la santa mañana del domingo,

cuando solemnes en el campanario
las campanas sonaban
y el cura con su sacristán
hacia el templo de Dios andaban
la negra bandada de chovas
como era de esperar
voló como una granizada
por encima del campanario.

Y mientras, la chova amarilla
era la única silenciosa,
lo que molestaba sobremanera
a la congregación de chovas.

No aullaba con los lobos
-o en lenguaje de las chovas
ella no gritaba como las chovas-
lo que la hizo muy impopular,

así que un día las chovas negras
cegaron sus ojos:
en el país de las chovas 
rigen normas muy severas.

Había una chova en la iglesia-
era una chova amarilla-
es decir, una chova rara,
es decir, el bufón de las chovas.

Y escribió unos aforismos
el primero era así:
Sigo teniendo mi carácter,
aunque me han dejado sin ojos.

Y el segundo, igual de bueno:
Me han dado un papel ideal-
digno es morir proclamando tu color

RECUERDO

Lo que conseguimos apenas lo conseguimos 
y lo que perdemos apenas lo perdemos.
El día acarició tus sienes
y todavía las acaricia.
Y sin embargo, por lo que veo, la noche ha llegado,
y la humedad de la niebla envuelve la península
y el pájaro acuático de ayer
se calla o ya ha volado a la lejanía.

EL CAZADOR DE AVES


Y ahí arriba, sobre tu cabello,
donde los pájaros no sienten miedo,
el de abigarradas alas cantaba al viento transparente.
Aire, espacio –lo que dejaste- una presencia contigo
y la luz. Entonces llegó el cazador de aves,
cruzando el campo camino de sus trampas,
y se paró, y todos se pararon
y con dedos delicados
sintieron el trino en el pulmón.

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