LARS HULDÉN


Jakobstad-Finlandia, 1926


ABRUPTAMENTE ENTRO

Abruptamente entro
en el solemne salón de la lírica.

Allí están los poetas
escuchando música
en torno al muerto.

¡Qué manera de comportarme!
Algunos señalan mi gorra
otros las botas.
Lo único que me queda es disparar
una perdigonada a la araña de cristal.

HOY RECIBÍ

Hoy recibí
una nueva advertencia
al ver mi abrigo
caído en suelo sin vida
con la percha rota,
una nueva advertencia
de no meter tanta
basura en los bolsillos.

AUNQUE LA CORNEJA

Aunque la corneja lleva ya horas
atropellada en la carretera
completamente aplastada

porque el automovilista no se molestó en desviarse
sino que más bien apuntó hacia ella

el viento sin embargo no
ha abandonado completamente la esperanza,

acaricia delicadamente el cuello de la corneja
o lo que había sido su cuello
(las plumitas ondean levemente)
y dice con voz suave y sugerente:

¡Anda, levántate!

ME PREGUNTAN, NO INESPERADAMENTE

Me preguntan, no inesperadamente
por qué escribo.
Sé lo que debería contestar:
Escribo porque amo
a la humanidad y quiero
que mejore la situación de los hombres y que puedan vivir juntos
en paz, libertad e igualdad.
Con mis poemas quiero en la medida
de mi escaso talento, contribuir a alcanzar
esa noble meta.

Pero contestar de esa manera
sería pura palabrería.

Escribir es hundir la mano
en tinta, en alquitrán o en tinta de imprenta
y estamparla en una pared
por amor a la impresión,

por el sólo motivo de la impresión
de su mano.

Lo más negro que hay
donde hundir la mano
es la miseria del mundo.




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