RENÉ CREVEL


París-Francia, 1900 – 1935

NOCHE
Nuit


Suavemente para dormir a la sombra del olvido
esta noche
mataré a los merodeadores
silenciosos bailarines
nocturnos
y cuyos pies de terciopelo negro
son un suplicio para mi carne desnuda
un suplicio suave como el ala de los murciélagos
tan sutil que lleva el espanto
a los puntos en que la piel se vuelve temerosa, se conmueve
para amar mejor, para tener miedo
de otro cuerpo y del frío.
Pero, ¿en qué río huir de esta noche oh razón mía?
Es la hora de los muchachos malos
la hora de los malos bandidos.
Dos grandes ojos de sombra en la noche
serían tan dulces para mí, tan dulces.
Prisionero de las tristes estaciones
estoy solo, un bello crimen ha resplandecido
allá, allá en el horizonte
alguna serpiente acaso, helada de no amar.
Pero, ¿dónde fluye, dónde fluye a lo lejos
el río que necesita
mi razón para huir de esta noche?
Por las orillas van las jóvenes
sus ojos están cansados, sus cabellos brillan.
Nada sé decirles a esas jóvenes
de las que los muchachos malos
son
de las que ellos
son
los orgullosos revendedores.
Estoy solo, un bello crimen ha resplandecido.
Dos grandes ojos de sombra en la noche
serían tan dulces para mí, tan dulces.
Es la hora de los malos bandidos.

1924

METRO
Métro


Los negros de mi infancia, por cierto,
manchaban el cielo de Francia
pero su flauta de caoba sabía
una dulce y graciosa canción.
Ahora bien, los negros han perdido
hasta el orgullo del color.
Y, vestidos de azul marino,
creen todavía en la dicha.
Esos hijos de tierras cálidas
se han transformado hoy en día
en jefes de estación del metro.

NO BASTA LA ELOCUENCIAElle ne suffit l’éloquence
No basta la elocuencia.
Esta noche mi oscila corazón
Y se desliza por el borde de un párpado
Farol de miseria
Que no alumbra mi noche.
Hombre negro pero no de ónix
Hombre color de despecho
Que titubeas en el pantano de los odios pequeños
Tú querrías
Como una alondra quiere su espejo [1]
Un sol donde morir con tu pena.
Buscas pero demasiado inquieto
Para encontrar tu Reposo.
Nada brilla
Ni los ojos, ni el hierro, ni el imán anónimo
Que liberan de miles de clavos
Tus dolores
En que el enjambre de moscas de vuelo cojeante
Moscas de sólo un ala
Encienden míseras estrellas de sangre.
Malabarista
Malabarista de palabras
Tus palabras se hacen trizas contra los muros.
Tu angustia —otra cinta frívola—
Corona
Un cerebro que demasiado tiempo jugó al “Antón Pirulero”
Las cartas de la desesperación
Esta noche
Son iguales a las cartas de las dichas pasadas.
¿Qué diré entonces?
Qué te diré a ti,
Hermano nacido de mis pies.
En un suelo en el que sólo vives para espiarme.
Aceras en que anduve
Por su mentira de granito.
Olvidé que allá estaba el mar
Y huí del agua espejo de estrellas
Para cantar una mano
En otra mano.
Río verde
Suave infancia
Piedad para el hombre que pasa
El hombre que se muerde el labio
En sus labios
Porque teme olvidar el gusto a boca.
Timonel moreno, bajo la ropa azul
La piel del color de los cabellos
Detente, hermoso viajero
Ibas hacia el mar
Ahora caminas por el cielo, un agujero un ojo de buey.
Soy el ahogado de las tierras.
Dime que no es demasiado tarde
Oh orgullo mío, para jugar al faro.
Y en el colchón del pasto blando
Déjate caer en triángulos de metal.
Será en vano que mi corazón grite su dolor
Con mi corazón haré vendas
Vendas que sabré teñir
O retorcerlas en forma de cifras
Más definitivas
Que los huevos en sus cáscaras
Y las momias en su atuendo de oro.
Y tú, cuerpo mío, maldice los sentidos como un enfermo sus muletas.

1924
[1] Corresponde a la expresión «miroir aux alouettes», trampa para cazar este tipo de pájaros. Se emplea también en sentido figurado para significar «promesa engañosa».
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