JON MIRANDE

París-Francia, 1925- 1972


BALADA DE LOS VASCOS HONRADOS

(Que al mismo tiempo es una plegaria
dirigida al dios vasco Ortzi,
hecha por uno que no es honrado).

Son anchos de cuerpo, ágiles,
se cubren con boina,
hablan vasco y creen en Dios,
voz nasal —por lo grande—,
son muy, muy honrados,
y se creen hidalgos ...
...Aunque sus maneras sean de villano.
(Que el dios Ortzi me libre
de parecerme a ellos).

En un principio vivían en las tinieblas.
Pero de lo alto llegó la luz a Euskadi:
Dios y Ley Ancestral.
Ahora viven iluminados
iluminados y honradamente
como buenos demócratas.
(Que el dios Ortzi me libre
de iluminarme como ellos).

Tienen una gran cultura,
de cuentos, refranes y nanas,
entienden de política,
pelota, baile, villancicos
y púdicos cantos.
Incluso saben leer el misal.
(Que el dios Ortzi me libre
de leer como ellos).

Saben multiplicar
y se enriquecen en América;
pero también allí son honrados,
se reunen en las sociedades patrióticas,
aunque más a menudo
se reúnen en la iglesia.
(Que el dios Ortzi me libre
De enriquecerme como ellos).

Se casan formalmente
con la bendición
del cura o del alcalde
—porque su gusto es
de lo bueno lo mejor—
con muchachas virtuosas.
(Que el Dios Ortzi me libre
de casarme como ellos).

Se me olvidaba
alabar en estos versos
su nacional vestimenta,
la camisa blanca
que lucen los domingos,
acaso tan limpia como su corazón.
(Que el dios Ortzi me libre
de ser tan limpio como ellos)

POSTDATA:

Del mismo modo que tú, Javhe,
eres el Señor de los vascos
como lo fuiste de los judíos,
que Ortzi impida,
suceda lo que me suceda,
que me haga tan honrado como ellos.

Traducción Felipe Juaristi / Koldo Izagirre

PARIS-BEURET

En las sucias casas
de una calle de París
hay una aún más sucia,
se me cae el alma
de sólo nombrarla,
allí trabajo yo
escribiendo papeles.
En una sucia oficina
me aburro trabajando,
no salgo hasta las seis.

Los compañeros de trabajo
somos grandes amigos;
cada mañana me saludan
sin decir palabra, pues me quieren
como a Dios el diablo.
Hablan al modo de los cuervos
—coa, coa, coa, coa—
siempre mal del otro:
ligeras son las lenguas
de mis compañeros de trabajo.

Me levanto a la mañana temprano
y voy al trabajo... a rastras...
cada vez que entro allí
se me cae el corazón
al oír a todas esas
malvadas viejas,
trabajando la fama ajena,
echando pus por la boca;
no paran de hablar
desde la mañana.

Las mujeres de la oficina,
lo mismo las gordas que las flacas,
todas son feas.
Uno huiría de ellas
espantado, si pudiera...
Yo tengo que aguantarlas
—y eso es lo que me aflije
durante todas esas largas horas—
(¡yo, un hidalgo vasco!)
¡Oh, mujeres del demonio!

Procuro mirar al cielo
aunque ello me aflije aún más,
al darme cuenta
de que debo continuar allí.
Pero, para ahuyentar mis penas
me pongo a escribir versos,
muchos hermosos versos vascos,
—que es lo que me gusta—
me aplico en ello hasta las seis.

Así, en una oficina
rodeado de parlanchinas
paso los horas,
paso los días,
se me cae el alma
sólo el nombrarlas.
Cada día más loco
emborronando papeles con la pluma 
en la querida oficina de Beuret,
en una calle de París...

Traducción Felipe Juaristi / Koldo Izagirre

UN DÍA, EN ZUBEROA

En verano,
en los calores,
estuve contigo un día en Zuberoa...

De tus labios
volaban palabras vascas como abejas al sol
eran agradables al oído —y al mismo tiempo dolorosas.

En Zuberoa,
un día terrenal,
estuve contigo oyéndote y escuchándote.

De eso hace
un año... dos años... y otros más...
muchos años más: no creí que fuesen tantos...

Tantos soles desde entonces:
tantas cálidas palabras
y frías mentiras, desde que te perdí... en Zuberoa...

¿Dónde estás, pequeña mía, y con quién?
—O estás sola, mirando a la noche con tus claros ojos,
en tu cuarto,
en Zuberoa—?

Traducción: Koldo Izagirre

RECORDANDO

Encabritados relinchaban los negros corceles.
Acometía el fuego la campiña cercana.
Sacudíamos la fatiga, el lamento de las viudas
era a nuestros oídos canción alegre.
Arrogantes miraban los buitres,
ahítos de carroña humana, a punto de reventar.
Entre los helechos sangraban copiosamente las muchachas
de las heridas infligidas a sus vientres desgarrados.
En las noches frías y plenas
la felicidad renuevan nuestros doloridos corazones
recordada por los siglos de los siglos.
Los que como nosotros caminan, ¡Amigo!
bajo el claro de luna en los jardines de la muerte
¿volveremos acaso a ver el sol de mediodía?


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