CHARLES DOBZYNSKI

De Francia

Varsovia, Polonia, 1929

Remolinos, mundos, años,
flora del solsticio y de la memoria,
siglos de los silos, bosques muertos
donde los magmas de las estrellas se dispersan,
muelas azules de haces galácticos
donde el tiempo brota y la noche se hace más pesada.
Una nave se perdió en el espacio:
dicen que fue a Marte el primer día
y que murió para restituirle la vida.
A veces, rondando por rutas estelares
en las que nunca se aventuró nave alguna,
lejos de nuestros puertos marcianos acechamos 
tanto el fabuloso destello ardiente
como el fuego de San Telmo* en la arboladura
durante las noches de eclipse. Incandescencia negra
de un meteoro que aprisiona a los hombres,
pulso que mantiene su secreto
y que nos llega más allá de tanta oscuridad,
rescoldo de un sueño aún bajo la ceniza,
signo de vida, salamandra de las épocas
que huye y nace de sol en sol.

de L’Opera de l’espace (Gallimard, 1963)
* Este fenómeno toma su nombre de San Erasmo de Formia (Sanct’ Elmo), patrón de los marineros, y son ellos quienes documentan el fenómeno desde la antigüedad, tomándolo como signo de mal agüero. Físicamente, es un resplandor brillante azulado, que en ocasiones alcanza aspecto de fuego. Se observa con frecuencia en los mástiles de las embarcaciones las tormentas eléctricas en el mar. En tales circunstancias, solía también ser alterada la brújula, para mayor desasosiego de la tripulación.


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