NAPOLEÓN LAPATHIOTIS


Atenas-Grecia, 1888- 1944

SÁBADOS EN LA NOCHE
 


Algo oprime mi pecho
que desea con vehemencia liberarse.
Cuando llega la noche
le dejo salir y va a encontrarse en las tinieblas,
y en las tabernas y garitos, con bonachones dulces mozos,
y con hombres….

Y a opacos jóvenes se entrega,
a los jóvenes lentos que desde el anochecer
hasta avanzada el alba andan solitarios,
y cantan y se divierten, borrachos en las calles,
con el corazón lleno de deseos….
con desesperadas canciones
de otro mundo llenas de pasión,
hasta apagarse extraño y manso el fondo….

Y cuando dan vuelta y se pierden
uno diría que su corazón se rompe,
mientras lloran y lloran sus anhelos
— y se van…
y escuchándolos divertirse en plena noche, lánguidos,
mis propios deseos corren en lo indecible,

y mi alma se llena de almas viejas,
antiguas, pálidas, muy tristes,
conocidas, que salen de las tumbas,
del más allá…

LANGUER D'AMOUR

¡Oh, besar tus labios,
tus purpúreos labios,
con tanta pasión y deseo,
hasta hacerlos sangrar!

¡Hacer sangrar tus labios!
Tejer mis manos alrededor de tu cuerpo
y en la profundidad oscurísima,
atraerte hacia mí en esas tinieblas…
Y tú, quejándote:
«¡Oh, mis labios no,
oh, no los hagas sangrar y sufrir,
qué te han hecho
basta, basta mi amor, ya no más!»

Y que pasen las noches,
los amaneceres, los años
y yo diciéndote:
«Todavía, mi amor,
no te gocé lo suficiente… todavía!»

DE PROFUNDIS

Ten piedad de todo lo que se pierde
porque dicen que así fue escrito
y en la tumba se hace tierra
sin preguntar ¡porqué!

Ten de ellos piedad, tenla de mí,
de mí que busco respuestas
-con cariñoso corazón, oh Dios mío-
en aquellas cosas que no tienen sentido…

Apenas vislumbro algo que me guíe
de la oscuridad hacia la luz,
mi destino me arroja otra vez
a mi noche profunda y fría…

Ten piedad, Dios mío, de mi desesperanza,
ten piedad de la llama que en vano derramo,
-ten piedad de mí, el exasperado,
de vivir sin una meta, de vivir sin razón

UNA CANCIÓN LEJANA

Apenas se abrían los pétalos del alba,
una canción lejana, al fondo de la calle,
pasó lenta, como si no tocara la tierra,
a través de mi ventana.

Y apenas desperté de mi profundo sueño,
como encantado volví mi cabeza a los sonidos
y creí que era la voz de un niño perdido
que se acordaba otra vez de mí…

La oí apasionada caminar en la calle,
y cuando se perdió a lo lejos, mis párpados se cerraron
y mis ojos se llenaron de lágrimas
-acaso de alegría…

COMO UNA LIGERA BRISA

Tesoro mío, si supieras qué miel eres para mí...
Los delicados botones de las flores, hermosos, fragantes,
y los soplos que exhalan como desmayados,
no poseen el bálsamo que eres tú para mí.
Las leves flores del lago y la serenidad de la orilla del mar,
la mirra, el agua de rosas que cae en lentas gotas y se disipa,
los rosales y la marea de flores del jardín, cuajada de fresco rocío,
no destilan los perfumados ungüentos de tus dulces labios...
Me encamino a la desierta playa (¿qué hacer, si estoy solo?)
Trazo ligeros círculos sobre la arena mojada...
Desparecen como una ligera brisa sobre las olas.
Me he quedado en soledad. Solo... ¡Qué hacer!
Ahora el viento moribundo, embalsamado, sabe suspirar dulces canciones tristes.
¡Es cierto! Sabe cantar con más dulzura que yo.
Yo no sé cantar con más dulzura, pero sé hacerlo con mayor pena.

Poemas traducidos por el poeta cefalonio
Rigas Kappatos.


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