MARIO VARGAS LLOSA


Arequipa-Perú, 1936


LAS MUJERES

Todas las mujeres bellas son las que yo he visto,

las que andan por la calle con abrigos largos y minifaldas,
las que huelen a limpio y sonríen cuando las miran.

Sin medidas perfectas, sin tacones de vértigo.
Las mujeres más bellas esperan el autobús de mi barrio,
o se compran bolsos en tiendas de saldo.
Se pintan los ojos como les gusta
y los labios de carmín de chino.

Las flores del desierto son las mujeres
que tienen sonrisas en los ojos,
que te acarician las manos cuando estas triste,
que pierden las llaves al fondo del abrigo,
las que cenan pizza en grupos de amigos
y lloran solo con unos pocos,
las que se lavan el pelo y lo secan al viento.

Las bellezas reales son las que toman cerveza
y no miden cuantas patatas han comido,
las que se sientan en bancos del parque con bolsas de pipas,
las que acarician con ternura a los perros que se acercan a olerlas.
Las preciosas damas de chándal de domingo.
Las que huelen a mora y a caramelos de regaliz.

Las mujeres hermosas no salen en revistas, las ojean en el medico,
y esperan al novio ilusionadas con vestidos de fresas.
Y se ríen libres de los chistes de la tele,
y se tragan el fútbol a cambio de un beso.

Las mujeres normales derrochan belleza, no glamour,
desgastan las sonrisas mirando a los ojos,
y cruzan las piernas y arquean la espalda.
Salen en las fotos rodeadas de gente sin retoques,
riéndose a carcajadas, abrazando a los suyos
con la felicidad embotellada de los grandes grupos.

Las mujeres normales son las auténticas bellezas,
sin gomas ni lápices. Las flores del desierto son las que están a tu lado.
Las que te aman y las que amamos.
Solo hay que saber mirar mas allá del tipazo, de los ojazos ,
de las piernas torneadas, de los pechos de vértigo.

Efímeros adornos, vestigios del tiempo, enemigo de la forma y
enemigo del alma. Vértigo de divas, y llanto de princesas.
La verdadera belleza está en las arrugas de la felicidad.


PADRE HOMERO

No sabemos si era uno o muchos.
Ni siquiera sabemos si existió
o lo inventamos
para dar un dueño y una leyenda
a los poemas que fundaron
el mundo en que vivimos.

Las cuencas vacías de sus ojos
iluminan como dos soles
las aguas, las islas y las playas
del Mediterráneo.
Tampoco sabemos si las historias
que cantó tuvieron raíces
en la historia real
o fueron fantaseadas
por su imaginación incandescente.

Yo lo adivino como un
viejecito bondadoso
y excéntrico
divirtiendo a niños y ancianos
con fabulosas aventuras
de guerreros y monstruos
en una época inusitada
en que hombres y dioses
andaban entreverados
y las batallas se ganaban
con caballos de madera,
elíxires y magias.

Lo diviso entre sombras y
chisporroteo de fogatas, en
aldeas con olor
a vino y aceite,
pulsando su lira
acompañado por el murmullo del mar
y la resaca,
rodeado de caras expectantes.

Su fantasía y su verba
embellecían las anécdotas
que traían los marineros de sus viajes:
las canciones voluptuosas
de las sirenas,
los mordiscos de Escila
y los soplidos de Caribdis
que hundían a los veleros
y los náufragos que se tragaba
Polifemo.

En el corazón de sus mitos
palpitaban
las chismografías de los ancianos,
las endechas de las viudas y
las letanías de las madres
cuyos hijos raptaron
los piratas
para convertirlos en remeros.

Imagino su cabeza como
un volcán que crepita no lava
ni fuego
sino historias,
una sinfonía de heroísmos,
apariciones, pesadillas,
bravatas, amores, hechicerías
y fastuosas celebraciones
de dioses y diosas
con hombres y demonios.

Nadie sabía de dónde venía
ni adónde iba.
Sus barbas eran blancas y
sus ojos, antes de vaciarse,
habían sido azules.
Su túnica tenía mil
remiendos
y sus sandalias
tan gastadas
habían dado la vuelta al mundo
y al trasmundo.
El encanto de su voz
la suavidad de sus palabras
el color y la fosforescencia
con que narraba
daban a sus historias
la fuerza contagiosa
de la danza y la música,
esa estela que perseguía
a sus oyentes
en el sueño
y los incitaba a aprender sus versos
de memoria
a repetirlos
de padres a hijos
de pueblo en pueblo
y de siglo en siglo,
hasta nosotros.

Gracias, abuelo,
inventor del Occidente.
Qué pobre sería nuestra historia
sin tus historias,
qué mediocres
nuestros sueños
sin tus sueños. ~

(Poema publicado en la revista ‘Letras Libres’) 

1 comentario:

  1. Por supuesto que puedes publica los poemas que te apecezcan. Muchas gracias por la visita y el comentario.

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