EMILIO LASCANO TEGUI ((VIZCONDE DE LASCANO TEGUI)



Concepción del Uruguay-Entre Ríos (Argentina), 1887 - Buenos Aires, 1966


AL AQUELARRE

Viejas caducas, sumisas,
polvo de congregaciones,
que numeran los sermones
y las peregrinaciones;
y que han perdido sus risas
a la sombra de las misas:
hostia!
Viejas sátrapas, espionas;
aroma de los santuarios,
riqueza de los osarios,
viejas corvas, dromedarios,
viejas feas, solteronas,
viejas viudas y lloronas;
esencia de mezquindad,
doctas en cosas prohibidas,
que van de negro vestidas
pues deben luto a las vidas
de los pobres de orfandad
que mató su caridad:
hostia!
Carne de las disciplinas,
coguelmo de los errores;
que en los solos corredores
dejan a sus confesores
la carne de sus sobrinas,
viejas sacras celestinas,
que hablan bajo de Jesús
en las frías catedrales
y sienten rabias sexuales:
comprendiendo los misales
y admirando a media luz
al Cristo que está en la cruz:
rezad, cuando hoy todo muere,
y es escoria lo que fuere
premisa del mundo antiguo.
Por vosotras, en exiguo,
el diablo reza un ambiguo
miserere.

Robinson-Seaux. 1909.
(De La sombra de la Empusa, París (Buenos Aires), 1910)

TRAGEDIA ANTIGUA

In memoriam para Alfonsina Storni

Salió de noche para ver la Luna.
Dejó la casa, el mueble y el recuerdo,
y entró en la sombra como en una urna.

Miró hacia el mar, ese enemigo nuestro
—que somos barro y vanidad solubles—
y opuso al fiero mar, su frágil cuerpo.

Su cabeza plateada por la gloria
pensó —ya tarde— en sonreír al cielo
yendo en los anchos brazos de la ola.

El mar que lleva el cuerpo de la Atlántida
y sabe de amarguras infinitas,
sorbió la más salobre de sus lágrimas.

Por desafiar la mar, grano de arena,
las aguas la llevaron a la playa
vacía de alma, la pupila ciega.

Y fue una noche de temible angustia
en que olvidó la casa y el recuerdo
y las alas, quebradas, de su musa.

(Nosotros, segunda época, año 4,
vol. 9, n° 37, abril de 1939)

MUCHACHO DE SAN TELMO 

Pongo menudos recuerdos
en el pecho de este libro,
de un barrio que fue el juguete
que la ciudad diera al niño;
de una infancia que se aleja
las manos en los bolsillos,
escribiendo en las paredes
con las tizas del silbido.
Su escenario, fue algo chato,
—sus horizontes, baldíos—
pero a las cuestas del viento
trepó con patas de chivo
y sus barriletes fueron
a abrirle a Dios un postigo.
No supo de amor, que nunca
en mujer gastó suspiros,
que no conoció amarguras,
sino dulce de membrillo. 
Libro que escribe un muchacho
por vagabundo y perdido .
siguiendo, de cerca, el humo
de su primer cigarrillo.
**
Cuando estoy hilando versos
y mirando hacia mi barrio,
color, distancia, perfume,
le dan relieves al cuadro
y oigo una pobre guitarra,
como en la casa de al Iado...
Es música misteriosa
y me penetra su encanto.
Tiene el sello de la infancia.
Yo la oí siendo muchacho.
Hoy, me llega desde lejos.
¿Es el arrorró del árbol?
De las palabras humildes,
viene tomada del brazo,
musiquita de percal
que cosió la hebra del llanto.
Yo la entendí siendo niño.
Alguien sufría en el barrio.
No le conocí la cara
y nunca le di la mano.
Era un músico. Organillo,
guitarra; ocarina, piano,
tocó con igual empeño,
pero sin salir del cuarto

Su destino fue hacer música
para llenar el espacio,
acompañando la pena
que flota en los barrios bajos
cuando sufren las mujeres
y lloran sus desencantos;
cuando se llevan las manos
hacia Dios que está en lo alto;
cuando se cierran las puertas
y cuando parten los barcos
y cuando los hombres ponen
dudas en sus relicarios...

Yo no hago versos. Escribo
con tinta color del tiempo,
el cronicón de la infancia
de mi barrio con recuerdos
algo salidos de foco.
Soy fotógrafo inexperto,
con las placas desveladas
y el bromuro, amarillento.
Son las pruebas de un pasado
muy pobrecito, por cierto.
Álbum de fotografías
borrosas, ojos de ciego,
que no ven ya para afuera
y que espían hacia dentro.

iImágenes de la infancia!
—aplastadas en los álbumes—
cómo estáis descoloridas,
escenas y personajes!...
El paisaje de esa época,
era bien pobre en detalles:
un banco, una silla, piedras,
una avenida de palmas
y una columna raquítica
que no sostenía a nadie.
E! cielo, no tuvo nubes.
Sólo el aire es importante.
y son tan duros los héroes
que usan ropas impermeables.
Siempre están en primer plano.
El resto, de nada vale.
No diafragmaban los lentes
de la Casa de Lepage
(hoy Max Glusman). Eran rígidos
con amor propio de alambre.
No había profundidad,
ni retratando en la calle
y, corrigiendo defectos,
el fotógrafo alabable
colocó en fondos postizos,
columnas y ojivas árabes,
perdidas entre palmeras
y hora única, la tarde.
Yo me retraté en San Telmo,
y se creería que en Nápoles
porque se ve, a mis espaldas,
al Vesuvio detonante
con una mecha de humo.
¿Detrás mío?... ¡Qué desaire!

Fotógrafos errabundos
por el puerto, la Avenida,
la Recoleta, el Zoológico
y, en el camino de misa,
andaban pescando clientes,
niños, sirvientes y misias,
con un armatoste a cuestas
y sus modelos en ristra.
Con unas manos muy sucias
—siempre de luto vestidas¬—
después de muchos esfuerzos,
contratiempos y fatigas,
tomando actitudes sabias
—y otras no menos fingidas—
era el parto de los montes:
sólo una prueba obtenían.
Y, para hacerla brillante,
sólo un barniz: la saliva.
El cáncer profesional
llevó la lengua al artista.
i Lengua con hiposulfito,
y amarga como la quina!
***
Fue tan ruda la paliza
que recibí de mi madre
—con el lomo de un cepillo¬—
que decidí suicidarme.
Con lágrimas en los ojos
que no eran de cobarde,
me eché escaleras abajo
y seguí calle adelante.
En pocos minutos hice
toda la calle Balcarce.
A medida que corría,
el espíritu calmábase
y, del suicida, saqué
un niño con ojos grandes
que descubría comarcas
y almacenaba paisajes.

Se paraba en las esquinas,
y era el dueño de la calle.
Así nació un vagabundo
cuando pensé suicidarme,
rehuyendo el hogar injusto
y el cepillo de mi madre.
Así nació un argonauta,
y así yo monté las naves,
que el crepúsculo prepara
nubes con formas amables
y me llevan, desde entonces,
sobre la tierra y los mares.
¡Alabado sea el cepillo;
y alabada sea mi madre!

(1895)
De Muchacho de San Telmo (1895), Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft Ltda., 1944

Emilio Lascano Tegui, o Vizconde de Lascano Tegui,  fue un escritor, pintor y diplomático argentino.  Fue hijo de padre argentino y madre uruguaya. El político radical Juan José Frugoni lo inició en la poesía al enseñarle métrica. Al poco tiempo, entre 1905 y 1907, compuso sus primeros discursos públicos en octosílabos rimados provocando la risa de quienes lo oían. En 1908 viajó a Europa como traductor de la Oficina Internacional de Correos y se dedicó a recorrer a pie Francia, Italia y el norte de África. Durante esa etapa, en compañía de Fernán Félix de Amador, se dedicó a la poesía mientras se aficionaba a los viajes. Fue entonces cuando decidió modificar su apellido de origen vasco y transformarlo en uno compuesto y, en el año 1909 aproximadamente, le antepuso el título de vizconde con el que firmaría su primer libro: La sombra de la Empusa, publicado en mayo de 1910.
Fue en 1914 cuando decidió establecerse en París, donde se hizo amigo de Picasso y Apollinaire, y ejerció de mecánico dental durante la Primera Guerra Mundial. A lo largo de su vida tuvo diversos trabajos. Fue pintor muralista, cocinero y conservador de museo. En 1923 fue designado cónsul en Caracas y en 1940 en Los Ángeles donde permaneció hasta 1944. Vivió sus últimos años en Buenos Aires, donde falleció el 23 de abril de 1966


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada