CARLOS MASTRONARDI



Gualeguay-Entre Ríos (Argentina), 1900-1976

PARA SEPULTAR UN OLVIDO...

Yo y este paso alegre haciendo muerte...
Camino con el Tiempo que es mi sombra
superando jornadas y memorias,
oscuro pordiosero de mis horas.

¿Quién era la que ayer entró en mi día?
Digo que la efusión fue puerto vano.
Solo viajó con mi olvidar postrero.
Crece como un afecto el mucho espacio...
La ausencia me buscaba como el sueño.
Un haz de anocheceres ciudadanos
traigo de los instantes que vaciara,
y un viento envejecido y desgajado.
  
Fue anudando minutos a su espíritu
y enjoyada se fue con mi pasado.
Confesión de pobreza es el recuerdo.
Mas vive otras presencias mi entusiasmo.

 Tal vez no soy aquel que contemplaba
el apasionamiento de un ocaso
mientras el tiempo que madura adioses
nos iba despidiendo, despojando.

 Y en este silenciar que con Dios linda
me desnudo de noches y de días.

AQUILES NIÑO

El tiempo breve te acaricia apenas,
por tu pequeña mano detenido, 
pero a un hombre ignorado ya encadenas, 
y antes de ser recuerdo eres olvido. 

Un anónimo reino se vislumbra
desde tu alegre eternidad vacía, 
y el pasado te espera en la penumbra.
Ningún dios te desteje todavía. 

Frente a la infinitud, querido abismo, 
se abre el duro pimpollo de ti mismo, 
y en tierras que no pisas te construyes.

Prueba tu lengua la hoja nueva; el cielo,
recién mirado, te infundió su anhelo:
perdiendo a tu nombre te desligas y huyes.

ULTIMAS TARDES

La alta mujer dolorosa
venía del sur y estaba muerta,
El cansancio era dueño de su voz
cuando presenciaba la esperanza
creciendo hacia las tardes
en cuya luz indescifrable
el solitario anhelo perduraba
como un reino sin púrpura ni cetro.

Alguien la empobrecía desde lejos.
Ignorando las llaves
que franquean las ricas esperas
y los mecidos cielos,
tal vez era la sombra de una antigua delicia.

Las manos, las manos olvidadas,
las unidas y suaves perdiciones
y los queridos ojos sin codicia,
que ganaban y perdían el mundo,
serenos, y sabiendo.

Recuerdo aquella voz apenada y amiga,
y la ciudad, de pronto, incierta y decaída
bajo un cielo gastado y entre adioses.
Entonces parecía que cesaba una música.

La alta mujer, la rosa desganada,
tal vez aquella tarde
miraba desde un tiempo recóndito y futuro,
y un lúcido silencio se volvía,
un desierto esplendor, un descuidado mundo.

Para que la tristeza tuviera un hombre
yo me ofrecí a esa luz cordial, a esa callada.

ENTRADA EN EL DESIERTO

Dicen que en este lugar he vivido,
pero no reconozco ni personas ni casas,
que si alguna vez miré, se disiparon.
Paso junto a unas puertas y unos patios sin voces,
indescifrables, mudos,
como si los hubiesen dejado en un desierto.
Nada de lo que tuve me espera en este pueblo.

A quién preguntar por aquel árbol
y por aquel jilguero que cantaba
en la serena siesta, si no quedan recuerdos,
y las cosas existen y se afirman
en el pasado mutuo, cuando alguien las comparte
y no se derrumbaron con las almas.

Soy el desconocido, el forastero,
como siempre le ocurre a alguien que retorna
cuando ya se borró lo que fue suyo.
Sólo advierto -quimera y simulacro-
unas sombras ruidosas, unos rostros anónimos.


Quiero saber de aquella madreselva
que era agasajo y sueño de unas tapias
rojizas, vacilantes por el lado del río.
Nadie responde. Llegan los meses agradables
y es otra, sin embargo, esta delicia,
esta luz que en noviembre inspira al pájaro.

Regreso después de años, y me digo
que en los acuerdos íntimos se asienta
la realidad incógnita. No hay señales ni me ampara
esa querida gente que acaso huyó con ella.
Ya no queda ninguna,
ni siquiera enemigos para exaltar el ánimo.

No encuentro el sauce pródigo que me obsequiaba sombra,
ni esa piedra pulida por el tiempo,
ni aquel grillo selvático que esperé muchas tardes.
Yo estaba y era en ellos. Me ayudaron
a cavar el abismo del futuro.

En las cosas me apago,
ya que, agónica y siempre, la versátil sustancia
vacila entre su fin y su principio
en vaivén que consume nuestros días.
Todos han muerto. Espejo sin imagen,
enfrento una penumbra despoblada.

El pasado se adueña de la noche
y anda en el lastimado viento solo,
que al desvelar distancias
sufre un idioma de ladridos pobres.
No hay un alma. Lo extinto reaparece
cuando la vida calla, y se apacigua
para sentir más cerca los ausentes.
Busco una calle, piso unas baldosas,
donde mis lentos pasos no resuenan
y doy con unas casas ignoradas
sin poder recobrarme. Soy ahora el extraño
que ha perdido las huellas del tiempo aquí dejado.
Esperaba un jardín, y miro un páramo.
El mundo real se oculta. Aquí no hay nada.

(Inédito, publicado en El Diario de Paraná, el 23-06-1976)

EL FORASTERO

Renuncia este hombre opaco y extraviado
al juego de los otros, a la unánime empresa
de probar el sabor del mundo cierto,
como si el tiempo que iracundo arroja
el hueso del presente codicioso
a la despierta voluntad de todos,
nunca lo hubiera visto,
como si la hermandad innumerable
que rueda hacia el dolor y la delicia
no pudiese rendirlo a sus verdades claras.

Renuncia este hombre al don de la hora vívida,
al esplendor del día donde caben
las venturas concretas, los adioses,
la parcial efusión que arde y resurge,
los trofeos del odio y la batalla,
las zozobras que el alma quiere en secreto, y todo
cuanto pide, no signos, sino real llamarada.

Quién sabe cuántas noches lo asociaron al quieto
reino de las personas ilusorias,
donde el castigo es tenue y es vaga la delicia,
y así en mansa demora miró correr los años,
pues quiso confundirse con mentidas criaturas
para que fuera leve también, y no de hierro,
el plazo de los actos cardinales
que son nuestros sepulcros sucesivos.

Como quien se libera en el exilio,
vive oculto en comarca de signos y de fábulas,
donde las almas pueden desandar sus jornadas 
y rehacerse a despecho de los hados,
pues lo domina el insensato empeño
de volverse un tramposo del destino.

Desoye -¿los vivientes podrán creerlo?-
el férvido llamado de las horas
que no le traen el hijo ni los viajes,
ni la curiosidad por otros seres,
porque el desierto es su jardín luciente
y, como ajeno al orden natural de las cosas,
-ya tranquilo en su mundo menor y vaporoso-
todo lo sacrifica a unas imágenes.
Ni siquiera el sonido del mar sobre la playa
donde juegan los cuerpos; tampoco el rostro nuevo
que se anima en la fiesta,
porque indirectos cielos lo aprisionan,
y su alma distraída sólo goza
los bienes negativos de la calma y la ausencia.

Y semejante al párvulo, que en su candor se pierde,
deslumbrado en los reinos
que fundan con engaño las palabras,
vive prestada vida y aventura refleja.
Y las criaturas que en sí mismo engendra,
hijas de su delirio cuidadoso,
en vano salen a probar fortuna,
al azar ofrecidas, a lo incierto,
al capricho y la música de algún hombre recóndito.
Así, en ese desvelo para nadie,
en un país de símbolos humosos,
pierde su vida el lento forastero
que oscuro persevera,
esclavo de unas sombras.

(De: “No recogidos en volumen”)

PETICION DE PENUMBRA

Disimula tu vida
Epicuro 

Quiso el alma escondida alzar murallas
para ser una patria imperceptible;
oculto anduvo entre secretas vallas
el pobre corazón inaccesible.

Con vergüenza de ser uno y distinto,
mis ignorados bienes defendía,
pero en vano he construido un laberinto,
pues vive en todos lo que yo escondía.

Tejí el dédalo absurdo y vano donde
camino con el goce del secreto,
pero un eco lejano me responde.

Ya oculto en el espacio y en memorias
fugaces, como ayer hoy me prometo
sortear espectros, gentes ilusorias.


TRISTE SOBERANIA

El vivo azar que fluye te condena
y viene tu niñez sobre sus olas.
Mientras el breve tiempo al mismo tiempo inmolas,
la esperanza te oprime y encadena.


Gozas el laberinto que te pierde,
atas a lo imprevisto la hora vana,
y tus años, esclavos del mañana,
anhelan que un abismo los recuerde.

Cuando vuelves la cara verdadera
a la edad que salió de tus empeños,
la esperanza te deja y te libera.

Sólo recuerdo y paz, nada te asombra:
gastaste un hombre para verlo en sueños
y has creado libertad para una sombra.




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada