ARIS DIKTAIOS



Creta-Grecia, 1917, Atenas, 1983

I

Los demás, que cuenten sílabas y versos, que miren imágenes,
adjetivos y comparaciones, que se alegren o se disgusten
con la armonía o desarmonía de su lenguaje; finalmente, que hagan,
atados a la letra de su lenguaje, juicios y decisiones
para verlo, para que puedan tenerlo frente a ellos
desnudo, completo, a distancia: y salvarse.

Él, ocultándose en las cuevas profundas de la palabra
se les escapará, o acostándose detrás de las sombras
de la palabra, o sumergiéndose en las aguas sin fondo de la palabra
–sobre las aguas sin fondo de la palabra no dejará
más que la sombra o el brillo de su cuerpo fugaz
solamente...

Que está despedazado sobre sensaciones
demoníacas, sobre sonidos y versos e imágenes,
no lo conciben, y tampoco bajo sus adjetivos ven el mundo
el mundo de su cuerpo. ¿Y cómo concebirán
que todas esas metáforas y comparaciones no son más
que su parentesco y sus vínculos con todo el mundo?

Lo persiguen en las palabras, y él, en las palabras inalterable,
en ellas gotea, así como gotea
en una celda de prisión la humedad. Y de pronto, íntegro
se yergue en ellas y de inmediato empieza, como prisionero
de mucho tiempo, por los tragaluces enrejados
de sus ojos, a mirar él su propio mundo.

Este poema está tomado de La poesía griega. Antología
y gramatología, de Aléxandros Argyríou, t. v . Ediciones Sokolis.
Versión de Francisco Torres Córdova

EL POETA

Tú que das terribles oráculos
Píndaro
Aquí hay uno que cantaba
igual al mes de julio sediento,
tuvo sed de cercanía consigo mismo,
se buscó en el viento,
se persiguió en el mar.

Aquí hay un hombre inconsolable,
porque alguna vez en su interior hizo tempestad el mar,
porque alguna vez en su interior jugó el viento;
ahora se ha perdido a sí mismo en el bosque de los simios,
se ha perdido a sí mismo en el bosque de los manantiales,
a sí mismo en el bosque de los ladridos.

Vio salir el sol por el poniente,
el cielo bajo sus pies,
a los vivos bajar a las tumbas,
a los muertos gobernar el mundo.
Pagó la sabiduría de su visión consigo mismo,
disolviéndose sobre fantasmas e imágenes.

Aquí hay un hombre inconsolable que recuerda:
una isla lo encerró con un círculo de agua,
la ruina de una ciudad antigua le enseñó:
aprendió que si tienes memoria ganas la paz,
si cantas ganas el tiempo,
pero no tuvo tiempo de ganarse a sí mismo.

Aquí hay un hombre que canta y recuerda;
sabe, no sabe, vive, no vive, ha muerto, no ha muerto...
El espacio, desde el pasado hasta el futuro, lo hizo pedazos
y vio una escalera unir la tierra con el cielo,
y ahí, en el cuarto escalón, se sentó inconsolable.

Aquí hay un hombre desesperado que cantaba:
vio, no vio, vive, no vive, ha muerto, no ha muerto...

Versión de Francisco Torres Córdova 


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