ÁNGELOS SIKELIANÓS



Léucade, 1884 – Atenas-Grecia, 1951

LA MADRE DE DANTE

Florencia parecía desierta en su sueño
al amanecer.
Lejos de sus amigas, sola,
vagaba por las calles.
Se puso el vestido de novia de seda,
un velo de lirios
y caminó por las encrucijadas. Bajo los pies,
las calles le parecieron nuevas.
En los cerros que bañaba una brisa temprana de primavera, 
como zumbidos lejanos, lenta y profundamente 
doblaban, apagadas, 
las campanas de las ermitas.
De pronto, como si apareciera en un jardín, 
el aire fue más blanco. 
Un jardín con traje de novio, cargado de naranjos y manzanos, 
de un extremo al otro.
Atraída por su fragancia, 
se acercó a a un alto laurel, 
en el que un pavo real, saltando de rama en rama, 
subía hasta la copa.
Y alargando su cuello entre las ramas
cargadas de bayas,
comía una, cogía otra, y la arrojaba desde la rama
a la tierra.
Instintivamente, ella levantó su delantal bordado,
en la sombra, hechizada... 
y al instante se sintió muy pesada,
cargada de rizadas bayas.
Reposó un instante del esfuerzo matinal,
envuelta en una fresca nube.
Sus amigas esperaban junto a la cama
para acoger al niño.

EN ACROCORINTO 

El crepúsculo sobre Acrocorinto 
abrasando la rojiza piedra. Del mar, 
el fragante aroma del alga empezó ahora 
a embriagar a mi delgado semental. 

Espuma sobre el freno, el blanco de su ojo 
totalmente excluído, luchó para romper 
mi fuerte apretón de las riendas 
y así saltar libremente al espacio abierto. 

¿Había llegado la hora? ¿Los ricos olores? 
¿La profunda salinidad del mar? 
¿La lejana respiración del bosque? 

Oh, fuerte soplo del Meltemi 
un poco más allá. Habría agarrado 
las riendas y la brida del mítico Pegaso

SALUDO A NIKO KAZANTSAKIS

Mi amigo y yo en la santa montaña, por las laderas eternas
solos al amanecer
mientras se deshacian por la primera luz los hechizos
que esparcio la lluvia,

respirando profundamente veiamos hasta alla abajo
donde brillaba oculto
palido el ancho mar, y nuestra mente, como del abeto,
la poderosa copa,

se regocijaba en la completa calma, en la bendita
fragancia del monte,
y por el frescor sentiamos hasta adentro resucitado
nuestro corazón joven…

En las frentes, en las manos, sobre todos nuestros miembros,
brillaba serenamente
la sosegada fuerza que conoció la miel de la creación, 
y volviendo de nuevo

a pasar por donde libó o se amamantó en el todo
la alegría mística,
nos hacia elevar los brazos hacia un inefable culto, 
como si fuesen alas…

Magna gracia sobre él iba derramando el fornido
e irrigador manantial
de la soledad, e insomne en sus ojos negros
un alma pensante

se alegraba amplia, y sagradamente, de abrazar de día
los cielos ocultos,
y como una fuente en su hondura de abrazar en secreto
la hermosa madurez de la mente…

Alto silencio nos rodeaba como un ciclópeo muro;
Y de repente, sosegada,
Cual agua fluyente cuando sin cesar llega un susurro,
La voz de mi amigo

Sonó en mis oídos: “Hermano, bendita sea la hora
en que cogí la senda,
la odorífica senda que de la población se aleja,
y te hallé tal asceta

debajo de aquel abeto, gozando en el místico
festín de la mente,
y allí, ya juntos, nos repartimos como un pan la dicha
del cielo lleno de estrellas…”

Afrodita Urania . Prólogo, traducción y notas de Pedro Mateo. 


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