MIJAIL YÚRIEVICH LERMONTOV

Moscú- Rusia, 1814-1841

LA DESPEDIDA
 ¡Adiós! Nunca más nos encontraremos 
ni nos daremos la mano nunca más. 
¡Adiós! Tu corazón es libre desde ahora 
aunque no volverás a ser feliz jamás. 
 
       Sé que palpitará de nuevo 
con ímpetu doloroso tu corazón 
cuando oigas el nombre de aquel amigo 
que ya hace tiempo desapareció. 
 
       Hay sonidos que no le dicen nada 
a la turba arrogante que los desdeña, 
pero a nosotros nos es difícil olvidarlos 
porque viven fundidos en el alma nuestra. 
 
       Se entierra el pasado como en una tumba 
en el fondo de aquellos sonidos sagrados, 
y sobre la tierra tan sólo hay dos seres 
que comprenden y se estremecen al escucharlos. 
 
       Estuvimos juntos sólo por un instante, 
pero estuvo contenida la eternidad en él; 
consumimos todos nuestros sentidos 
y todo lo quemamos en el beso aquél. 
 
       ¡Adiós! No te aflijas. Sé sensata. 
No lamentes la brevedad de nuestro amor. 
Hoy parece difícil el separarnos, 
pero sería aún más penosa la unión.


EL PUÑAL

Yo te aprecio, mi puñal de noble acero.
Te forjó para la venganza el soñador georgiano;
te afiló para el combate el libre circasiano,
mas yo te aprecio, claro y frío compañero.

       Una mano de lirio te puso en mi mano
a la despedida, en prueba de amor,
y no fue sangre lo que por ti se deslizó:
fue una gota de llanto, clara perla de dolor.

       Y llenos de una tristeza misteriosa,
en mí se detuvieron sus ojos negros.
En la luz temblorosa, al igual que tu acero
se empañó su mirada y lució más hermosa.

       Eres mi compañero, prenda de mudo amor.
De ejemplo servirás a mi vida peregrina:
como tú, no he de cambiar, y mi alma altiva,
como tú, amigo fiel, será fuerte en el dolor.

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