JULES LAFORGUE


Montevideo-Uruguay, 1860-París-Francia, 1887



LAMENTO DE LA LUNA EN PROVINCIA

¡Ah, la hermosa plena Luna,

Grande como una fortuna!


La retreta suena lejos,
Va pasando un señor viejo.

Un clavecín, a distancia,
Un gato cruza la plaza.

La provincia que se duerme
Como un acorde solemne.

Cierra el piano su ventana
¿qué hora puede ser, hermana?

¡Tranquila Luna, en destierro!
(Así sea, en el silencio)

Luna, oh diletante Luna
A todo clima oportuna.

¿Viste ayer el Missourí
Y los fuertes de París;

Y en Noruega los fiords
Y los mares que se yo?

¡Luna dichosa! Así ves
Ahora pasar el tren

De su viaje de novia
Que ha emprendido para Escocia

¡Quered, sí, que eneste invierno
Ella aprenda ya mis versos!

Luna, oh, vagabunda Luna,
Nuestras costumbres se aúnan.

¡Oh, esta noches; muero yo,
Provincia en mi corazón!

¡Y la Luna tiene, vieja
Algodón en las orejas!

RESIGNACIÓN

Como necio parásito de un planeta oscuro,
en la infinidad sonora de clamores eternos,
aquí, lugar cualquiera, he nacido y vivo,
y sólo es mi deseo que se sepa y se detenga todo.
Que por un grito perdido en la tormenta
los océanos callen de pronto el aullido de sus olas,
que por traer flores a mi tumbra
los soles en masa dejen su Verbena.
¡Pobre corazón ingenuo! Rómpete, no eres nada.
Muchos otros murieron con ansias iguales
y la tierra siguió en su silencio.
Todo es duro, descorazonado, superior a ti.
Sufre, ama, espera siempre y baila
sin nunca exigir ese Porqué universal. 

CISTERNA SECA

Cobarde vi cómo el Arte partía, mi último dios;
ya no me estrecha lo Bello con su inmortal delirio,
siento que he perdido, pues con Él echó a volar
el éxtasis que aplaca a veces los viejos deseos.
Treinta siglos de hastío pesan en mi espalda
y concentran sobre mí su llanto y su culpa.
Nuestras manos olvidaron el trabajo que consuela.
No hay día en que no piense, miedoso, en la muerte.
Sordo a la ilusión de las multitudes,
me arrastro abatido hacia parajes lejanos,
todo acabó para mí, nada más espero.
¡Pero lates aún, deshecho corazón pobre!
¡Ah, si como antaño al menos lograra
el llorar que tanto bien hace a los niños!

INFIERNO

Cuando miro al cielo, la rabia solitaria
De no poder tocar el azul indiferente
Por estar para siempre perdido en el inmenso misterio
De decirme impotente y me obliga a callarme,
La rabia del exilio me apresa la garganta.

Cuando pienso en el pasado, cuando pienso en la historia,
En el inmenso osario de los siglos desaparecidos,
Oh, me siento invadido de una oscura tristeza
Y odio la dicha, pues ya no puedo creer
En el día reparador de los futuros paraísos.

Cuando miro el Porvenir, el hombre de las viejas razas
Chupando los senos secos de este globo cansado
Que bajo el sol muerto erizándose de hielos
Va a perderse para siempre sin dejar ningún rastro,
Yo me estremezco de horror, de angustia y de piedad.

Cuando veo ir el rebaño de mis hermanos,
Hormiguero conducido a través del cielo sordo
Ante esa mezcolanza de destinos efímeros,
Ante esos dioses, esas artes, esos cienos, esas miserias,
La náusea se posesiona de mí y sangro de amor.

Pero si, saciado de todo, desciendo sobre mí
Como ante el Ideal, amargamente burlón,
Yo arrastro al Ser impuro que me repugna y amo,
Sofocante bajo el abro, y solloza, y blasfema,
Un oleaje de viejas repugnancias me hace elevar el corazón.

Pero, como todavía sin embargo la música me vierte
Su opio enervante, voy a los conciertos.
Allí, cierro os ojos, escucho, me adormezco.
En mil sonidos lejanos mi ser se dispersa
Y todo no es más que un sueño, el hombre y el universo.


De “Los mejores poetas franceses”
Selección y traducción de Luis Guarner

Editorial Bruguera. Barcelona-España, 1974

No hay comentarios:

Publicar un comentario