JOSÉ LUIS APPLEYARD

Asunción- Paraguay, 1927



LA MANERA DE SER































Desde el lugar maduro que el tiempo me depara

hasta la línea ocre de cada atardecer

hay un juego que el viento

no deshace ni el tiempo

puede lograr romperlo con despojos de ayer.


Puedo estar con cualquiera que conozca mis ojos,
puedo ver en los suyos la violenta alegría
recamada de luces,
pero sólo en mí mismo atisbo la respuesta,
encuentro la pregunta que formulé hace tiempo
y hoy es sólo motivo de una sonrisa mía,
que sin ser prepotente,
ni sabia, ni soberbia
refleja ante mí mismo
la manera de ser
que me ha dado la vida
durante tantos años de buscar la palabra,
de saberla en mis labios, de no poder decirla
con el sonido claro de tantos otros días
que sumados conscientes,
convergen hacia el vértice que me hace enmudecer.

La vida es un perjurio que ve parir la muerte,
la noche, una distancia que no puede volver.
Ya nuevamente solo, yo soy mi compañía,
mi sombra permanente -la seguidora fiel-.
Después... será mi siempre,
la vesperal sonrisa
y un milagro en mis manos,
la torcida memoria que me lleve hasta donde
pueda volver a ser.

(De: El labio y la palabra, 1982)

SOLO CON LA VERDAD

Es difícil vivir con la mentira.
Sentarse a la mesa con ella.
Mirarse en ojos ambiguos y falsos.
Caminar por las calles
sabiendo que su sombra nos sigue
y nos muestra palacios de cera, de estopa y de paja.

Vivir con la mentira es la costumbre.
Comienza pequeñita y cariñosa
y hasta puede decirnos que no es mala.
Algún favor nos hace,
pero nos lo recuerda y nos lo echa simplemente en cara.
Viene de lejos, cuando la soberbia su voz alimentaba
con falsedades dulcemente amargas.
Viene de lejos, cuando ella reptaba en el Edén perdido
rezumando babas.
La larga trayectoria de su paso
ha marcado milenios de perfidias.

Sus afeites ensucian la memoria
de rostros y de nombres, de personas y vidas.
Asoma ya en los toscos perfiles de los ídolos
que exigen sacrificios
y está presente como fiel impuro
que inclina la balanza de justicia.

Corre, se arrastra, vuela, se detiene.
Horada hasta el acero y abreva en claras fuentes
depositando en ellas su veneno.
Gravita en decisiones y niega lo real.
Se oculta en el misterio
o aparece con ropajes prestados o robados
bajo el ingente sol del mediodía.

Su voz es conocida.
¿Quién no ha escuchado la voz de la mentira?
Habla durante el día y aun lo hace dormida.
Porque hasta el sueño de la mentira es falso.
Nos habla de grandezas, de sueños imposibles.
Y tanto lo repite que acabamos creyendo en sus palabras.
Se repite y nos miente.
Se repite y nos miente con incansable tono.
Campana repitiente, su imparable tañido
adquiere fementidos retazos de verdad.

Su torpe compañía que pretende vencernos debe ser anulada.
Su voz, que guarda el eco de sirenas malignas,
debe ser acallada.
No nos tienta su oferta,
nos cansa su cadencia dulzona y denigrante.
De no hacerlo, seremos una parte de ella.
Seremos su comparsa, seremos sus bufones
con duros cascabeles anunciando su paso.
Seremos sus esbirros.

Existe sólo un arma para evitar su ofensa.
Un arma única y dura, filosa y refulgente:
difícil y accesible, mortal para quién miente
un arma simple y pura que se llama verdad.

VII. 88

EL LABIO Y LA PALABRA

Para Jerónimo Irala Burgos

Para que el labio acepte la palabra y el beso,
para que sepa, trémulo, la voz y su misterio;
para que pueda dar de sí mismo la fuerza
de ser el testimonio de ese pacto secreto;
para que los silencios congelen en la boca
la maldición naciente y el temido desprecio
y para que ese labio se nutra en la agonía
constante de la vida
para decir el Verbo,
para llegar a El,
pisando nuestra tierra, nuestro barro,
el camino de alimañas, infecto,
para ser, para siempre, el Otro redivivo,
es preciso vivir, pero vivir muriendo.

Porque ha llegado el tiempo que no ceja,
el tiempo que traspasa los sentidos,
el tiempo que era nuestro y sin embargo
se nos ha vuelto absurdamente extraño.
El tiempo, mi Señor, que nos transita,
incansable y fugaz, el tiempo nuevo
que al tocarnos la frente se convierte
en el recuerdo gris del tiempo viejo.

Yo necesito el labio y la palabra
para hablarte de Dios, mi compañero,
para hablarte de Ti, que me persigues
paciente y seguidor, de enero a enero.
Yo necesito el labio y la palabra,
necesito tu amor, la maravilla
de encontrarme a mí mismo en Tu sonrisa
que abona mi madero y me lo astilla.

He gastado los años de mi vida
buscando la verdad que Tú me diste.
La perdí no sé cuándo, como pierdo
las cosas que me son, que son mi origen.

Déjame la palabra, consérvame este labio,
aguárdame, no esperes que yo caiga
otra vez y otra vez,
porque mis llagas están hediendo ya.

El labio y la palabra...

¡Mátame, que de amor
se está tiñendo el alba!


COLOFÓN

Todo puede volver,
pero este amargo corazón de patios,
esta víscera ardiente que revuelca
su agónica vivencia entre la sangre,
que late, sueña, duele y se desvela,
este pedazo viejo de mi carne
adherida a un pasado,
apretujada a él como en un beso,
hacinante de ayeres,
adustamente mía,
esta víscera trágica y absurda
que se está yendo siempre
y que se aferra,
este pedazo de mi vida en siempre
necesita y no puede
regresar.

Huyen las tardes,
laten los veranos,
los perros muerden el osario cárdeno
de la desesperación de los crepúsculos.
Las viejas cuentas de gastados brillos
amparan la mudez de los rosarios,
la tarde, el tiempo, el sol, la lluvia, el viento,
las palabras amargas,
los ojos que miraban y se han ido
y dentro de mí mismo,
crepitante,
este reloj de carne que se muere,
que sigue yendo siempre,
que sigue trajinando,
este pedazo de mi vida en siempre
necesita y no puede
regresar.

HAS VUELTO, VAGABUNDA

Yo no sé por qué has vuelto.
No lo sé, Vagabunda.
Quise haberte olvidado,
quise haberte dejado más allá de los cerros.
Has roto las distancias
y como esos juguetes
que uno cree haberlos perdido ya en la infancia,
apareces de nuevo
en un cajón dormido de un desván olvidado.

Otra vez, Vagabunda.
Con tu rostro hecho tiempo,
con tus manos de niebla que acarician y aman.
Vagabunda de siempre, tu cabellera loca
me cubre y me descubre solo, entre tanta gente
que no existe, que se ha ido, que se ha muerto.
Y en una duermevela que no es sueño ni vida,
te pienso, Vagabunda, tal cual eres, cual fuiste
antes de todo tiempo.
Cuando una tarde sola, hecha de loma y cielo,
llegaste hasta mis manos, corriendo con tus besos
y haciendo que ese día se convirtiese en viento
y ese viento en nostalgia. ¿Te acuerdas, Vagabunda?

Fuimos hasta el arroyo y floreció de berros,
fuimos hasta la casa y se llenó de mangos,
fuimos hasta la tarde y se llenó de estrellas
y en tus ojos la noche combinó los luceros
con los cantos de mayo,
y todo hubiese quedado como siempre si no fuera,
diablesa Vagabunda,
por tu regreso insólito.
Volviste hasta mi casa, volviste hasta mi cielo,
te tendiste de sombra en esa misma cama de mis sueños
y desde allí sonríes
hecha una sola cosa con la tenue caricia de las sábanas.
Siéntate, Vagabunda.
Tomaré un cigarrillo como aquellos de entonces,
y no lo fumaré.
Sencillamente lo tendré entre mis dedos
mientras me cuentas tú
tantas cosas de siempre que nunca las supiera.

Tu infancia, Vagabunda. Siempre eludes el tema
cuando yo lo planteo.
¿Dónde estuvo tu infancia?
¿En qué cerros lejanos dejaste tus juguetes?
¿Quién llevó tus muñecas en la Noche de Reyes
y quién puso tus sueños en tus ojos de niña
y quién rompió tu risa para hacer cascabeles?
Tantas cosas tú tienes que contar, Vagabunda,
que no habrá un solo tiempo para tu voz de niña
ni yo tendré distancia para saber que puedes
regresar cuando quiero.

Cuéntame cómo eras cuando cruzabas, loca,
las veredas del viento,
con las trenzas al aire, los pies descalzos, limpios
dejándole a la arena la huella de sus ecos.
Tus pies, mi Vagabunda,
que superando sombras te llevaban tan lejos:
tus pies alados casi, tus pies de niña siempre,
tus pies de adolescente,
de doncella en descanso,
de querubín dormido,
de arcángeles en celo.

Te callas, Vagabunda, y me miras y dices
con tus ojos las cosas que callas con tus labios.
Tus labios son el roce de beso apenas dado,
de una caricia tenue, de una gasa rosada,
de un delirio de días,
de una noche que sueña ser siempre madrugada.
Bésame, Vagabunda, ábreme las heridas,
destroza cicatrices, vente a mí, vente pronto
y deshace mis sueños,
borra con esos labios toda la sal ajena
de mis lágrimas truncas,
haz un camino eterno transitado tan sólo
por tus besos de nieve,
de nieve blanca y tibia,
de algodonosa bruma, de amanecer sin albas
de dolidos ponientes.
Así yo entre tus labios,
buscando una salida
para morir de sueños,
como una rosa mustia,
en esa comisura más pura de tu boca.
Bésame, Vagabunda, bésame como siempre,
llenándome de rosas los ojos y la frente,
poniendo una corolla de jazmines, de pámpanos
en mis sienes desiertas.
Bésame, no te muevas, hazme nuevo, de nuevo,
recupera mis años, junta los meses muertos,
rompe la cárcel pútrida con que me cerca el tiempo.
Y quédate conmigo, así, quieta, sin sombras,
como una orquídea nueva en este viejo tronco,
arrugado y rugoso, cuya savia transita
lenta y triste y sin fuerza.
Quédate, Vagabunda, tállame tú de nuevo,
pon en mis ojos verde,
pon en mis ojos sueño.
Sé viento entre mis ramas,
sé el ave de mis nidos,
sé la paloma nívea
que surque la tranquila claridad de mis cielos.

Ahora sé por qué has vuelto.
Me bastan tu mirada, tus ojos que me horadan
el pensamiento muerto.
Ya sin decirme nada, sin que tu boca rompa
el silencio que marca hoy todos mis momentos.
Así te estás quedando regresante y perenne,
como dueña de casa que me habitas y moras,
como anfitriona buena,
como esposa sin tacha,
como madre de un hijo
que se le ha vuelto grande
sin haber sido niño,
como el hada madrina de un hogar sin infantes,
como aquella hada buena con varita y encajes
cuyos velos filtraban la luz, el sol, el aire.

Te quedas, Vagabunda.
Ya lo sé, porque es tarde.
El corredor se ha vuelto de sombras y en la calle
los sonidos se vuelven más transidos de miedo
y los pasos de siempre
se detienen y vuelven a pasar por la misma
vereda de setiembre.

Con tus dedos de niebla enciendes los faroles.
Tu voz busca la música que de la tarde sale.
Te vas y entre mis libros
abres un viejo tomo
y te acomodas, dulce, te vuelves un recuerdo,
un viejo trébol mustio y amarillo y dormido.
Sin que yo me dé cuenta, te quedas en el libro,
te conviertes en trébol,
te vas, quedándote, en un libro de versos.

¡Mátame, Vagabunda,
sé un veneno en mis dedos
para que cada página del libro que no leo
se me torne un beleño!
¡Mátame, Vagabunda,
ya que sé por qué has vuelto!
Llévame hasta tus tierras,
a tu infancia, a tu reino
y allí de nuevo todo podrá ser lo que quiero:
un niño que en tus manos aprenda el alfabeto
en donde un verbo solo se construya y conjugue,
un verbo, Vagabunda,
que te diga: te quiero.

MUJERES QUE HACEN CÁNTAROS

Si se pensara en la redonda curva de los cántaros,
en ese rojo beso que da el fuego al barro y a la arcilla
para ser continente del espasmo benéfico del agua.
Si se pensara en las manos redondas y precisas
que dieron forma al ánfora,
en el arroyo que ofreció su calma
a la avidez de belfo de la arena
y laminó la materia genérica del cántaro.
Si se pensara.

Mujeres de mirada indígena y lejana,
con trenzas como hamacas,
como columpios negros de entereza,
con pómulos salientes
rompiendo casi el frágil pergamino del rostro,
con labios apretados desde siempre,
desde entonces,
desde la negativa del pezón materno
a prolongar el ósculo de leche.

Mujeres que hacen cántaros.
Pies rudos, bastos, tensos,
acero enarenado en una geografía de venas y tendones,
pies deformes, llenando con hartura
la vocación de ser para la tierra,
la vocación de ser sostén y báculo,
la recia y simple vocación de pies.

Carne seca y morena, lustrosa y barnizada de sol y mediodía
y unas ruanos oscuras, agrietadas, marrones,
en constante vigilia de un ensueño de cántaros.
Agua, mujer y tierra.
Si se pensara.

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