SANTIAGO PEREZ MANOSALVA



Zipaquirá-Colombia, 1830- París, 1900


LA NOCHE EN EL MAR 
Jk. MI AMIGO fo. JVI. ¡S. 

¡ Adiós, mi amigo, adiós ! El corvo diente
Soltó del ancla el fondo ribereño,
Y henchida el alta lona, flota el leño
Como el nido de un pájaro en el mar.
Mi horizonte se ensancha : es el espacio ;
Mi paso, un vuelo; el aquilón, mi aliento;
Sólo es pequeño aquí mi pensamiento;
Sólo yo traigo aquí duda y pesar.

Vueltos los ojos á la comba playa,
Que en linea azul el horizonte muestra,
Tiendo hacia ti mi abandonada diestra,
Vuelvo á la tuya mi espantada faz.
Pero es en vano ya. Surco de espumas
Rompe en las aguas la tremenda quilla:
Tú te quedas pacífico en la orilla;
Yo vuelo con el céfiro fugaz .

Cual un punto á mi vista desparece
El alto monte, rey de la ribera;
Del mar, en tanto, tras la azul testera,
Grande, redondo, el sol se vaá apagar.
La noche viene. Su cordón de estrellas
Cruza en mil cintas el azul del cielo,
Cual lentejuelas del inmenso velo
Que está plegado ante el inmenso altar.

El silencio es tu voz, la paz tu aliento,
Noche, que duermes sobre el mar callado,
Abismo sobre abismo reclinado
En la escala de abismos hasta Dios.
Mas si guardas también en tu hondo seno
La voz del duelo y el raudal del llanto,
Desata ese raudal entre mi canto,
Desprende de mis labios esa voz.

Con su perfil de luz se alza la ola
Como la crin del mar que riza el viento,

Y fecunda cual grande pensamiento,
Cien nuevas olas hace borbotar.

El mar, así en sus aguas y sus playas,
Todo horizonte, toda zona encierra,
Y ciñe entre sus brazos á la tierra
En su tálamo hirviente de coral.

Él ve volar el tiempo hora tras hora;
Retrata el cielo estrella por estrella;
Mas ni el cielo ni el tiempo dejan huella
En su hondo seno, ni en su móvil faz.
Si onda de sangre hasta sus ondas corre,
Purifica su linfa en la ribera;
Hoy es terso y azul como antes era ,
El mar de Navarino y Trafalgar.

¡ No ! Ya no quiero el arpa de amargura
Que á el alma sólo su pasión recuerda;
Yo la despedacé cuerda por cuerda,
Y á la distante playa la arrojé.
Brota el mar olas, como el alma ideas;
Con el espacio crece el pensamiento;
Quiero medir el mar, beber el viento;
Aquí ya no suspiro: can-taré.

1 Oh I ¿ Quién aquí su bien ó mal no olvida?
¿ Quién del mundo se acuerda ó de sí mismo
De un abismo delante y de otro abismo,
Entre el cielo y el mar, no hay sino Dios.
Doquier que el alma en la mirada vuela,
El infinito encuentra, de Dios huellas:
Son las mil ondas y las mil estrellas
Que cada cielo y cada mar da en pos.

El lanza su rumor y su marea,
Que sonante á la playa se desboca;
Mas, ora dé en la arena, ora en la roca,
Quiébrase en ella y vuelve con clamor.
Las aguas llegan y en el linde mugen;
Cada corriente arrastra su cadena;
Y en movedizo círculo de arena
Mueren del mar oleajes y rumor.

Del alto monte y de las agrias rocas
Ruedan hasta él hinchados los torrentes,
Y arrastran mujidoras sus corrientes
Los arroyos, los rios hasta él.

Es su manto la aurora; el sol, su estrella;
Los iris, sus rayadas aureolas;
El céfiro, el suspiro de sus olas;
El cielo ilimitado, su dosel ....

Por un palmo de tierra divididas,
Las naciones a guerra se llamaron;
Mas los mares entre ellas se lanzaron,
Y dieron por confín la inmensidad;
La inmensidad, que Fulton algún dia
Recogió como un polvo entre su mano,
E hizo un pueblo, anudando el Océano,
De toda la dispersa humanidad.

Bello eres, mar ! Bajo tu manto de olas
Otro universo inmenso se dilata,
Do en nidos de coral, lechos de plata,
Brilla el delfín y mora el Leviatan.

Y es cada perla de tus hondas fuentes
En tu cáliz de roca desatada,
Globos de vida, límpida morada
Donde mil seres en su mundo están.

¡ Siempre sublime ! Ya cuando la calma
La ola reclina sobre la ola inerme,
Y como infante que en la cuna duerme,
Dueño de las tormentas, duermes tú;
Y ya cuando del fondo de tu abismo,
Arrastrando la muerte entre sus alas,
Brota armada y gigante como Palas,
La tempestad sobre tu frente azul.

Tú eres, mar, el coloso de mis sueños;
Algo hacia ti mi espíritu atraía;
Mi alma, estrecha doquier, en tí cabía;
Yo concebí, al mirarte, el porvenir.
¡ Qué mucho que, por verte, abandonara
La dulce paz de mis nativos montes,
Cuando viene á tus amplios horizontes
El sol á contemplarte y á morir !

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