OSCAR CASTRO


Rancagua- Chile, 1910 - Santiago, 1947



COLOQUIO DE FLAUTA Y VIENTO

Luna de cantos mojados, 

pulida de viento y alba.

Calles de esquinas desnudas. 
Casas de ciegas ventanas.

En una esquina sin nadie, 
el viento encontró a la flauta; 
sobre el agua de la música 
se le murieron las alas 
y se vistió de colores 
como un país en un mapa.
Por las aceras desiertas 
iban el viento y la flauta. 
Como el viento estaba herido, 
la música lo llevaba.
Iban buscando los ojos 
de los niños qué soñaban 
para lamerlos de azul 
con su caricia delgada.
Con la frescura del canto 
los hombres se despertaban 
y se dormían de nuevo, 
entre el sonido y el alba.
Quebró su junco la música; 
el viento giró buscándola. 
Quedó la calle ceñuda 
como una mala palabra.
Gallos batieron las alas 
para que el canto volara.
En la cubierta del día 
se deshojaron campanas
.
ROMANCE DE BARCO Y JUNCO

El junco de la rivera 
y el doble junco del agua, 
en el país de un estanque 
donde el día se mojaba, 
donde volaban, inversas, 
palomas de inversas alas.

El junco batido al viento 
-estrella de seda y plata- 
le daba la espalda al cielo 
y hacia el cielo se curvaba, 
como un dibujo salido 
de un biombo de puertas claras.

El estanque era un océano 
para mi barco pirata: 
mi barco que por las tardes 
en un lucero se anclaba, 
mi barco de niño pobre 
que me trajeron por pascua 
y que hoy surca este romance 
con velas anaranjadas.

Estrella de marineros, 
en junco al barco guiaba. 
El viento azul que venía 
dolorido de fragancias, 
besaba de lejanías 
mis manos y mis pestañas 
y era caricia redonda 
sobre las velas combadas.
Al río del pueblo, un día, 
llevé mi barco pirata. 
lo dejé anclado en la orilla 
para hacerle una ensenada; 
mas lo llamó la corriente 
con su telégrafo de aguas 
y huyó pintando la tarde 
de letras anaranjadas.
Dos lágrimas me trizaron 
las pupilas desoladas. 
en la cubierta del barco 
se fue, llorando, mi infancia.

ROMANCE DEL HOMBRE NOCTURNO

Mi yegua subía, lenta 
con firmes pasos de bronce. 
La noche de crucifijos 
fulgía sobre los montes. 

Andaba el agua desnuda 
En claras conversaciones 
Con los grillos y las piedras 
Y las huidas canciones 

" Es mala la noche amigo, 
y en el monte andan ladrones" 

¡Buen viejo!, me lo decía 
allá en el campo de trojes 
y un sobresalto rondaba 
por sus pupilas de azogue. 

Pero era buena la sombra 
Madura de oros y olores 
¿Miedo?, mi yegua era firme 
y yo llevaba un revolver en el cinto 
y en el pecho, un ancho 
corazón de hombre. 

Sin embargo, sin embargo, 
mi mano sobresaltose. 
Cuatro jinetes venían, 
Pausados bajando el monte. 
Los vi recortarse, negros 
Contra las constelaciones. 

Mi bestia irguió las orejas 
en agudos aguijones 
Y la estría de un lucero 
Rieló sobre mi revolver. 

¡Quién va! 

Los vi detenerse, 
y mi voz multiplicose 
rebotando en los picachos 
como en cojín de resortes. 

Cruzaba en ese momento 
un paso de angostos bordes: 
A la derecha, el abismo, 
tinta o residuo de noche; 
adelante, los jinetes; 
a la izquierda - muro- el monte. 

Seguí avanzando en la sombra, 
hacia las sombras inmóviles. 
traspuesto el paso difícil, 
me tropecé con sus voces: 

- ¿Adónde marcha el amigo? 
- Al pueblo de más al norte. 

Me esperan mi vieja madre 
Y mis hermanos menores. 
Los dejé un día de marzo; 
Cinco años van desde entonces. 

Ancha mi voz y serena; 
La suya opaca y de cobre 
Miré brillar las pupilas 
en un fulgor de emociones. 

- Acompañaré al amigo 
hasta que trasponga el monte. 

Cinco jinetes tomaron 
Rumbo a las constelaciones 
Bajaron cinco jinetes 
Con firmes pasos de bronce. 

Cuatro pararon de pronto 
Y el otro siguió hacia el norte, 
Después de estrechar las manos 
Tendidas de los cuatro hombres. 

Clareó mas tarde en el cielo. 
Amanecer de limones. 
Palabras de agua liviana. 
Pájaros madrugadores 

Cerca, maitenes y boldos; 
lejos, Rancagua y sus torres; 
y entre sus casas, mi casa, 
con ciruelos y parrones 
¡y mi madre con sus ojos 
de mares y horizontes! 

Detrás el recuerdo grande 
de un bandido que era un hombre. 


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