HORACIO QUIROGA


Salto- Uruguay, 1878 – Buenos Aires- Argentina, 1937

LA BARCA
(Combate por la vida)


La aurora lucia tranquila en Oriente, 
la luz inundaba los montes y valles, 
las flores abrían los pétalos leves 
y a Dios saludaban trinando las aves.

Solté mi barquilla, y al centro del río 
de un golpe de remo lancéla contento; 
¡marino errabundo, pensaba aquel día 
hallar el ansiado magnifico puerto!

Un blanco fantasma se sienta en la caña 
y el rumbo dirige, mirándome fijo, 
y yo, desde el banco, le vía temblando 
de horror y de angustia, de miedo y de frío.

Al fin me resuelvo. ¿Quién eres?, pregunto. 
Con voz cavernosa responde el espectro: 
"Yo soy el eterno patrón de las barcas 
que al río se lanzan en busca de puerto".

Seguimos bajando la rauda corriente, 
yo a entrambas orillas mirando con ansia, 
que en una y en otra, del sol a los rayos, 
castillos, jardines y bosques se alzaban.

Ya frente al primero, la barca se vía, 
bizarros galanes y lindas doncellas, 
asidos del brazo, diciéndose amores, 
cruzaban el bosque, jardín y pradera.

Algunos en gruta de mirto y jazmines 
buscaban la sombra y el grato misterio, 
trayendo a la barca del aire las ondas, 
ahogados suspiros, rumores de besos.

Volvíme al fantasma, que frío, inmutable, 
miraba impasible tan dulces escenas, 
y al fin le pregunto con voz anhelosa: 
"¿Arrojo aquí el ancla?" Respóndeme: "Rema".

Bajé la cabeza, y un triste suspiro 
salió de mi pecho, pensando en que alegre 
pasara mi vida por grutas y valles 
con una de aquellas hermosas mujeres.

Y sigo remando y el sol ascendía, 
el agua imploraba mi labio sediento 
y espléndida plaza veíase cerca 
que alegre llenaba frenético un pueblo.

El remo abandono, y en medio la turba 
a algunos contemplo ceñidos del laura, 
tañendo sin pena la citara blanda 
y dando a los aires su férvido canto.

Mis ojos despiden torrentes de lumbre, 
la sangre a mi rostro de pronto se agolpa 
y digo al fantasma con voz en que vibra 
la fuerza de un alma que el triunfo ambiciona:

"También, coma ellos, yo tengo mi canto; 
también, coma ellos, yo tengo una lira; 
un mundo, cual ellos, yo siento en mi alma; 
tal vez, coma a ellos, coronas me ciñan.

¡Qué hermoso es el triunfo! ¡Qué bella es la gloria! 
¡Cuán luce en las sienes la noble diadema 
que el Bardo conquista luchando constante! 
¿Arrojo aquí el ancla?" Respóndeme: "Rema".

Al pecho, agitada, mi alma inclinóse 
y amargas y ardientes corrieron mis lágrimas 
cual plomo fundido quemando mi pecho, 
dejándome inmenso dolor en el alma.

El sol a Occidente, con marcha tranquila 
llevaba el tesoro de luz y colores; 
la tarde llegaba; mi brazo rendido, 
las ondas apenas hería del golpe.

Un último y grande castillo se alza, 
aún brilla en el cielo la luz del ocaso 
y el rayo postrero bordaba las nubes 
con franjas de plata, de fuego y topacio.

Al pie del castillo, soberbios magnates 
cobraban tributos de pueblos y villas, 
y el oro rodaba, cual corre en las playas 
al soplo del viento la arena amarilla.

"Ni amores ni gloria"-, pensé con tristeza-; 
pues oro tengamos, poder y fortuna, 
que el mundo se humilla delante del oro 
y el oro es el amo de estúpidas turbas".

"Por fin- a la blanca fantasma le digo-, 
un último puerto, ¿lo ves?, ya nos queda: 
entrambas orillas desiertas contemplo. 
¿Arrojo aquí el ancla?" Respóndeme:"(Rema"

Y sigo remando, y el golpe inseguro 
movía con lento vaivén la barquilla; 
la noche avanzaba, la tierra y el cielo 
crepúsculo vago, medroso, envolvía.

Allá, tras la cumbre lejana del monte, 
la luna cual globo brillante se alza, 
y finge su rayo, jugando en la espuma, 
encajes y blondas de azul y de plata.

Se extingue del río la rauda corriente, 
perdiéndose en ancho, tranquilo remanso, 
y ya a la barquilla faltábale fondo, 
a veces la arena la quilla rozando.

De pronto la luna, rasgando las nubes, 
alumbra una extraña ciudad en la orilla, 
y cruces y verjas, cipreses y sauces 
formaban las calles de tumbas sombrías.

Hirsuto el cabello, la faz descompuesta, 
le digo al fantasma con voz temerosa: 
"Aquí no es posible que el puerto busquemos 
al centro del río volvamos la proa.

Mi brazo conserva su fuerza y empuje, 
el último aliento gastemos remando, 
¡y míreme lejos del cuadro sombrío 
que forman las tumbas, cipreses y osarios!"

Con triste sonrisa que aterra y fascina, 
me toma una mano la horrible fantasma, 
y "Aqueste es el puerto -me dijo----; 
llegamos; el remo abandona y arroja tu ancla".
LA CRIPTA DE MIS AMORES

hoja 1


Tengo en el fondo de mi cerebro



bajo la cripta de mis amores


una capilla donde celebro

la corta misa de mis dolores

¡pobre capilla de mis amores!


Lloro en silencio; con ese llanto

en que tus lágrimas están conmigo

como mis penas en ese encanto 

vuelvo al pasado en ese llanto



Toda esa dicha que fue contigo!











Y todo muerto, todo pasado

como aquel cielo de amor clemente

como ese cielo que se ha velado

y sólo vive de ese pasado

la luz de dicha que hubo en tu frente! 

hoja 2

En las más dulces tardes de otoño

surgen las rosas de tu sonrisa 

y las violetas de tu alto moño

como esa dulce tarde de otoño 

mi alma contigo se diviniza.

Graves, morían en tus pupilas nuestras fatigas. 

En la callada sombra morían las tardes lilas 

y a la caricia de tus pupilas 

mi amor de nuevo se desvelaba.

Y cuando en torno de ese miraje 
que de ti tiene su último encanto 

emprendo el diario y oscuro viaje 

y mi alma vuelve de ese miraje, pura de haberte querido tanto.

hoja 3


Dejo en la cripta de mis amores triste santuario 

que será tu olvido todo el recuerdo 

de lo que ha sido la corta historia de mis dolores ¡pobre capilla de mis amores!


http://www.territoriodigital.com/nota2.aspx?c=7338303546276647


Un poema de Horacio Quiroga entre los manuscritos hallados en Buenos Aires. Entre otras dos mil piezas que vieron la luz el año pasado en un sótano, se descubrió un poema de su autoría, en tres carillas. Es un poema que no tiene título (pero que bien podría titularse La cripta de mis amores) y cuya ordenación proviene de la numeración de las páginas. La caligrafía se corresponde con la otras cartas comparadas, escritas por el cuentista uruguayo a lo largo de su vida y que pueden hallarse en distintas ediciones biográficas.
Los escasos y olvidados poemas de Horacio Quiroga pertenecen al período de fines del siglo XIX, poco antes de que el joven uruguayo viajara a París, es decir unos cuantos antes incluso de que se instalara en el San Ignacio misionero. Su transcripción permitirá adicionar una nueva pieza a su obra poética no exenta de bellísimas métricas y rimas.







Para establecer pautas fraternales entre el poema descubierto con otros versos suyos de aquella época y de la misma mano, se acompañan Lemerre, Vanier y Ca; El juglar triste y Mi palacio de invierno. 






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