GUILLERMO VALENCIA CASTILLO


Popayán, departamento del Cauca-Colombia,1873-1943

LA PALABRA DE DIOS

(Síntesis)

Cuando vio mi poema Jonatás el Rabino
(el espíritu y carne de la bíblica ciencia),
con la risa en los labios me explicó la sentencia
que soltó la Paloma sobre el Texto divino.

Nunca pruebes, me dijo, del licor femenino,
que es licor de mandrágoras y destila demencia;
si lo bebes, al punto morirá tu conciencia,
volarán tus canciones, errarás el camino.

Y agregó: Lo que ahora vas a oír no te asombre:
la mujer es el viejo enemigo del hombre;
sus cabellos de llama son cometas de espanto.

Ella libra la tierra del amante vicioso,
y Ella calma la angustia de su sed de reposo
con el jugo que vierten las heridas del santo.

CIGÜEÑAS BLANCAS
(fragmento)

De cigüeñas la tímida bandada,
recogiendo las alas blandamente,
pasó sobre la torre abandonada,
a la luz del crepúsculo muriente;

hora en que el Mago de feliz paleta
vierte bajo la cúpula radiante
pálidos tintes de fugaz violeta
que riza con su soplo el aura errante.

Esas aves me inquietan; en el alma
reconstruyen mis rotas alegrías;
evocan en mi espíritu la calma,
la augusta calma de mejores días.

Afrenta la negrura de sus ojos
al abenuz de tonos encendidos,
y van los picos de matices rojos
a sus gargantas de alabastro unidos.

Vago signo de mística tristeza
es el perfil de su sedoso flanco
que evoca, cuando al sol se despereza,
las lentas agonías de lo Blanco.

Con la veste de mágica blancura,
con el talle de lánguido diseño,
semeja en el espacio su figura
el pálido estandarte del Ensueño.

Y si, huyendo la garra que la asecha,
el ala encoge, la cabeza extiende,
parece un arco de rojiza flecha
que oculta mano en el espacio tiende.

A los fulgores de sidérea lumbre,
en el vaivén de su cansado vuelo,
fingen, bajo la cóncava techumbre,
bacantes del azul ebrias de cielo...

LOS CAMELLOS

Lo triste es así
Peter Atenberg

Dos lánguidos camellos, de elásticas cervices, 
de verdes ojos claros y piel sedosa y rubia, 
los cuellos recogidos, hinchadas las narices, 
a grandes pasos miden un arenal de Nubia. 
Alzaron la cabeza para orientarse, y luego 
el soñoliento avance de sus vellosas piernas 
-bajo el rojizo dombo de aquel cenit de fuego- 
pararon silenciosos, al pie de las cisternas... 
Un lustro apenas cargan bajo el azul magnífico,
y ya sus ojos quema la fiebre del tormento: 
tal vez leyeron, sabios, borroso jeroglífico
perdido entre las ruinas de infausto monumento. 
Vagando taciturnos por la dormida alfombra, 
cuando cierra los ojos el moribundo día,
bajo la virgen negra que los llevó en la sombra
copiaron el desfile de la Melancolía... 
Son hijos del Desierto: prestóles la palmera
un largo cuello móvil que sus vaivenes finge, 
y en sus marchitos rostros que esculpe la Quimera
¡sopló cansancio eterno la boca del Esfinge! 
Dijeron las Pirámides que el viejo sol rescalda: 
"amamos la fatiga con inquietud secreta..." 
y vieron desde entonces correr sobre una espalda 
tallada en carne, viva, su triangular silueta. 
Los átomos de oro que el torbellino esparce
quisieron en sus giros ser grácil vestidura,
y unidos en collares por invisible engarce
vistieron del giboso la escuálida figura. 
Todo el fastidio, toda la fiebre, toda el hambre,
la sed sin agua, el yermo sin hembras, los despojos
de caravanas... huesos en blanquecino enjambre...
todo en el cerco bulle de sus dolientes ojos.
Ni las sutiles mirras, ni las leonadas pieles,
ni las volubles palmas que riegan sombra amiga,
ni el ruido sonoroso de claros cascabeles 
alegran las miradas al rey de la fatiga:
¡Bebed dolor en ellas, flautistas de Bizancio 
que amáis pulir el dáctilo al son de las cadenas, 
sólo esos ojos pueden deciros el cansancio
de un mundo que agoniza sin sangre entre las venas!
¡Oh artistas! ¡Oh camellos de la Llanura vasta
que vais llevando a cuestas el sacro Monolito!
¡Tristes de Esfinge! ¡novios de la Palmera casta!
¡Sólo calmáis vosotros la sed de lo infinito!
¿Qué pueden los ceñudos? ¿Qué logran las melenas 
de las zarpadas tribus cuando la sed oprime?
Sólo el poeta es lago sobre este mar de arenas,
sólo su arteria rota la humanidad redime.
Se pierde ya a lo lejos la errante caravana
dejándome -camello que cabalgó el Excidio...- 
¡Cómo buscar sus huellas al sol de la mañana,
entre las ondas grises de lóbrego fastidio!
¡No! buscaré dos ojos que he visto, fuente pura 
hoy a mi labio exhausta, y aguardaré paciente
hasta que suelta en hilos de mística dulzura 
refresque las entrañas del lírico doliente; 
Y si a mi lado cruza la sorda muchedumbre 
mientras el vago fondo de esas pupilas miro, 
dirá que vio un camello con honda pesadumbre,
mirando silencioso dos fuentes de zafiro..







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