EDUARDO CASTILLO


"Para el estadista y para el conductor de pueblos, hay instantes en que la dureza es un deber"
Eduardo Castillo
Zipaquirá-Colombia, 1889 - Bogotá, 1938






SENSACIÓN CREPUSCULAR

El alma de la tarde se anuncia en la furtiva
esquila del rebaño que retorna: la laguna
- tal un gran ojo herido por una luz muy viva -
espera el milagroso vendaje de la luna piadosa. 
Bajo el Angelus el valle se apacigua;
la hora, que vestida de seda azul se aleja,
le da al paisaje, donde la lumbre se amortigua,
una dulzura ingenua, como una estampa antigua.
Deja que nos penetre toda esa calama, 
deja que el alma se disperse como un dolor de rosas
en este ambiente tibio de seda extenuada...
Es dulce cuando se ajan las tardes silenciosas
pensar las mismas cosas y no decirse nada.

INTERROGANTE

Hamlet, mi príncipe enlutado
que en tu Elsinor viste una vez 
la airada sombra de tu padre 
sobre una almena aparecer; 
que viste sobre el lago pérfido 
flotar en fúnebre vaivén
el cuerpo inánime de Ofelia, 
y que exploraste lo que fue, 
el grave enigma de la tumba, 
el cómo, el cuándo y el porqué
en la amarilla calavera 
de Yorick, el bufón del rey; 
dime qué existe para el hombre 
después del último después...
Y oigo tu voz que me responde:
-Morir, dormir..., soñar tal vez. 
Yo estoy aún entre las rosas
más fragantes, pero a mis pies 
se alarga ya, como un presagio,
la fosca sombra de un ciprés... 
Oigo a lo lejos las campanas
tristes del Angelus tañer, 
y me invade, trágicamente 
el frío del anochecer... 
Por eso, mi príncipe rubio, 
te interrogo con avidez: 
dime qué existe para el hombre 
después del último después...
y oigo tu voz que me responde: 
-Morir, dormir..., soñar tal vez

ARIETA

Bajo esta noche azul, todas las cosas
Que ven mis ojos: la dormida fuente,
Los árboles amigos, y las rosas,
Y el hechizo lunar, -todas las cosas
Que ven mis ojos, me hablan de la ausente.

¿En dónde están su gracia taciturna
Y sus manos traslúcidas? ¿En dónde
Su cabellera fértil y nocturna
Y su voz musical?

Nadie responde
Con mimo fraternal a mis acentos,
Y hay en mi corazón aletargado
La tristeza de aquellos aposentos
Donde se nos ha muerto un ser amado. 

EL HERMAFRODITA
A Samaín

Cabe el sinfónico archipiélago
En donde albean como cisnes
Las islas, sueña el bello andrógino
Enguirnaldado de jazmines.

Vago sopor flota en sus ojos
-crisoberilos increíbles-
Y en su armonioso cuerpo, dúctil
Como el cuerpo de los reptiles.

Sus finos flancos y sus senos
Duros y eréctiles de virgen
Hacen pensar en besos raros
Y en himeneos imposibles.

Monstruo exquisito y sobrehumano
De sangre azul y gracia insigne,
Nació en los cielos superiores
De los arquetipos sutiles.

Perverso hechizo decadente
Hay en sus labios que sonríen
Ambiguos, con sonrisa hermana
De la fatal noche sin límites.

Y en sus cabellos, semejantes
A los racimos de las vides,
Y en su cuerpo de gracia equívoca,
Sus oros trémulos deslíe,

El resplandor del sol pagano,
Que lo engendró, radioso y triste,
De tu espuma de oro, belleza,
Superaguda e inasible.

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