CLAUDIO BARRERA


Honduras, 1912- Madrid, 1971

LA DANZA CARIBE DEL YANCUNÚ

Zumba la cumba del Yancunú
caribe danza,
danza africana,
ritmo del viejo ritmo vudú.
Camasque cría sus negros zambos.
Zambas que danzan al son del tun.
Suda que brinca,
brinca que suda,
mientras trepidan por las rodillas
los caracoles del Yancunú.
Tun y tun y tun
van repitiendo.
Y el zambo zumba su bombo ronco
como eco recio del africano
rito pagano,
rito vudú.
África grita,
tiembla y trepita:
Tun y tun y tun…
Los negros zumban junto a sus bombos.
Danzan y sudan
zambas y zambos
entre el escándalo del Yancunú.
Oh, dios rabioso.
que tumba y zumba
tienes el alma de un misterioso
temblor pagano con su tabú.
Rito africano
que allá en Camasque
tiene el desastre
de las marinas conchas rosadas
del Yancunú.
Tun y tun y tun
van repìtiendo.
Y el mar contesta de tumbo a tumbo
la misma música de Tumbuctú
y entre la playa se ve lo negro
del rito orático del tun y tun…
Los cocos silban despavoridos
al ver la danza del Yancunú,
mientras contestan los hicacales
el ronco acento del tun… tun… tun…

UN PEDAZO DE TIERRA

Un pedazo de tierra,
es también paz y sombra y compañía.
Además de pedazo de tierra.
Es amor en la ausencia
y es la caricia grata
que da la compañera.
Además de pedazo de tierra.
Es el hijo que nace igual que las espigas
y los granos de trigo.
Es la novia, la madre y el amigo.
Además de pedazo de tierra.
Es casi el corazón latiendo a gritos
en la paz de los patios.
Es algo que jamás se nos separa,
algo que está en nosotros.
Además de pedazo de tierra.
Es canto que se pega a los labios
como un beso del viento.
Es el temblor del agua en el invierno
y el verano sediento.
Un pedazo de tierra es compañía
porque es sangre y espíritu
y nos hace vivir
con la diafanidad de la poesía.
Un pedazo de tierra
es sepulcro y es grata compañía…

LA MUJER VEGETAL

Mujer ¡eres distinta! En ti no es la aventura, 
ni la pasión absurda, ni la emoción fugaz...
El árbol de la vida se prende a tu cintura 
con un convencimiento de presencia frutal.

Enraizada en tus sueños juega la clorofila 
y ruedan las corolas en tu voz de cristal. 
En las ramas del tiempo deshojas tus pupilas 
y el otoño en tus manos empieza a amarillear. 

Parada sobre el surco de una espera latente 
tu ramazón de sueños presiente el vendaval. 
El mar de los deseos golpea suavemente 
con sus olas ilímites tu posición solar. 

Enraizada en la muerte —casi desvanecida— 
te sorprende el crepúsculo, muchacha singular. 
No es de tierra y paisajes tu soledad herida 
sino de una infinita tristeza vegetal. 

En la higuera silvestre, en la presencia ruda 
de la albahaca y acaso por la flor matinal, 
te amaré más que nunca tropical y desnuda 
y te urdiré en mis brazos con devoción juncal. 

Toda la selva humana tendrá un prestigio nuevo. 
Árboles carcomidos no te podrán rozar. 
Y estarás frente al hombre —divinizadamente— 
con sólo tu presencia de rosa vertical. 

AMOR DE MANSEDUMBRE

Señor, ¡qué mansedumbre la del amor pequeño!
El amor que se queda silencioso en la espera
sabiendo que no llega ni siquiera en el sueño.

Señor, ¡qué mansedumbre la del amor pequeño!

He visto el alma humana de rodillas, y pienso
que desgarrado el sueño nada importa la espera
porque si llega un día será un instante inmenso.

Y oirán por la vez última una voz conmovida
que ni ofende a la muerte ni suplica a la vida
sino que humilde, humilde, como un amor pequeño,
pide que le devuelvan la devoción del sueño.

Señor, ¡qué mansedumbre la del amor pequeño!


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