CARLOS FRANCISCO MONGE


San José de Costa Rica, 1951

FIGURAS DEL DESEO

En San José de Costa Rica hay lugares posibles, sombras amarillentas,
sitios que se asemejan al mar por su voluptuosa tormenta
y el asiduo partir y regresar
de la vida perpleja.
Nadie huye de los lobos;
ya no hay cristales rotos, ni abandonados cuerpos,
ni ventanillas a la melancolía.
Todos viven como ángeles
que amanecen, se cubren, se acicalan,
se saben secuestrados en medio del océano,
sin historias de amor, sin odios, sin pudores.
Hay un aroma a tiempo entre sus calles,
un ruido desafecto
que se prende de tu piel, como de arena;
hay palabras candentes, hay abrazos, hay cifras,
jardines con historias como petrificadas,
solitarios crepúsculos,
bandadas, colmenares.
Pero, ¿dónde está el tiempo?;
¿dónde la voz que clama?; ¿dónde los cuerpos
que, invisibles de pronto, reclaman su fulgor?
¿Quién azuza el horror,
cuando hay figuras bellas sin guaridas ni picas?
¿Quién rompe el naipe?; ¿quién se lanza
en un pequeño esquife a al mar, y la invoca?
Para reconocer un narcisista
Él se fija en las puntas de sus pies,
él se mira las uñas,
se ajusta el moño, el lazo (en fin: la pajarita)
y empieza su viaje cotidiano hacia el espejo.
Hay en sus manos
una solemnidad de estatua,
una sombra de alondra,
una suerte de aroma a terciopelo,
a minué o a ceniza.
Habla para que el mundo lo contemple;
arroja un pétalo a la suave corriente
y el río lo aplaude y lo retrata;
se engola de sí mismo
-demasiado perfecto para ser verdadero-
y mira a los tres puntos cardinales (el norte es él)
por sobre el hombro,
recogiendo su espada y su gabán.
Ha aprendido a entonar sus propios epinicios:
en mejicano cuando fue a la augusta
ciudad de los metales y los charros;
en catalán cuando hizo migas
con una marinera japonesa que pasaba tiempos e Gerona;
en alemán a veces, porque da postín,
y en castellano, en nica, en quechua, en rioplatense,
según el ritmo, el baile y la etiqueta.
Para reconocerlo
basta observar su estilo
de llevarse la mano a la corbata,
de acariciar las sienes amarillas,
de insuflar citas célebres;
pero más si se fija en las puntas de sus pies,
y se mira las uñas,
como si hiciera reverencias
a todos y por todos,
agradeciendo aplausos a la nada.


SIN NOMBRE
( In memoriam:A.O. )


A veces una ingrata sorpresa,
una puerta entreabierta que de golpe
se cierra en medio del silencio herido;
otras es un fantasma ciego,
una sombra insistente
que nos sigue y nos aleja y nos conmina.
Mas siempre es innombrable:
golpea, nos hace trizas las palabras,
finge viajes y encuentros,
nos toca, nos rodea;
dice que el tiempo es solo un manantial
refulgente a lo lejos,
que la noche no existe,
que no hay ruidos ni trampas ni prisiones.
Siempre la muda, la obstinada y sola,
la que no tiene nombre
ni palabra posible.


PARA QUE EL TIEMPO SE VAYA...


NI la más lenta música,
ni el paisaje más vano o fugitivo,
ni la justa bengala de la juventud
batiendo puertas.
Nada lo detendrá.
Es como un sueño de caballos en que desenfrenado
Arrebatado nos prende y atropella,
que nos huye y nos cerca.
Las figuras, los trastos,
la mano torpe del jugador,
¿dónde habrán de quedar sino entre las palabras,
conjuradas, oscuras,
habitadas apenas por los días felices?
Duendes y palitroques: eso son las palabras.
Y ni ellas mismas, que besan como moscas,
que aúllan sin pasión contra el silencio,
y murmuran y saben que morir a tiempo
es mejor que la nada.
No es la música lenta,
Ni la gracias que deja la belleza en las manos;
es el cobijo del miedo,
la amenaza velada que es espejo retiene
certero y nos traspasa.
No hay música ni juegos ni palabras,
sólo el duende del miedo, el palitroque
para que el tiempo se vaya.


LA CANCELADA

La cancelada,
juguemos al amor,
rebocemos el cuenco,
dame el temblor, tus prevenidas sombras,
el arte de la noche
que entre tus movimientos se despierta.
Ya no el silencio despiadado
de los días oscuros,
ya no el despeñadero de los actos injustos;
quiero el río de tus furias,
el ángel marinero que levanta
tu estatua y sus puertas,
el árbol que encontré, cuando galeote y náufrago,
en tus vertientes.
Anda, que los colores pasan como duendes,
como adelfas acaso,
y yo los quiero
para una esquina de tu bosque en llamas.
Soy la avutarda, el lince,
un fauno que perdido entres tus cauces subre,
alguna danza antigua,
una osamenta contra el tiempo, una fecha
casi desconocida; dímelo tú. No importa.
Pero ven a la fiesta, al vendaval,
y dejemos abierta la cancela, que la arena del miedo.
no pasará, no pasará. Juguemos.

Del libro: Enigmas de la imperfección
http://www.domingoatrasado.com/Poetasdelmundo/CostaRica/CarlosFranciscoMongue.htm

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