ANGEL CRESPO


Ciudad Real (La Mancha)-España, 1926-Barcelona, 1995


UNA VENTANA ABIERTA


Te amo. 

Y la noche junta sus plumas y sus garras. 
Los animales, junto al filo 
de su terror, se encuentran 
y suben a mi estancia 
temblores de pestañas y de pieles 
a decirme que te amo. 

Te amo. Y las piedras 
lava el agua del río, 
las redondea, las ensalza 
en sus curvas más puras, 
las deja a la medida de la mano. 
Cantos de los pulidos 
cuantos hasta mí vienen, 
a través de la noche, 
de los árboles, 
las avenidas y escaleras, 
a decirme que te amo. 

Te amo. Y los caminantes 
se miran con recelo, 
se espían. Tienen frío 
y sed y, por fin, se hablan. 
Y su conversación 
llega desde los campos 
helados (junto a un fuego 
de rastrojo y ramillas), 
llega pasando cerca 
de iglesias y prostíbulos, 
de las tristezas del enfermo 
y la mujer que calla,
 a decirme que te amo. 

Te amo. Llueve el mar. 
El marinero no cree en Dios 
y está rezando. Cuerdas 
enrolladas, barriles 
de lubricantes (ya pasó, 
como se entiende el lubricán), 
expanden un olor que no sé confundir, 
y la oración, mojada, 
llega hasta mí, quebrándose, 
a decirme que te amo. 

 Te amo. Desde la altura 
el mundo es un papel 
ilegible. Lo mira el piloto. 
Se siente 
Abandonado, de repente, y mudo. 
empuña un mando, gime 
al recordar que nunca amó 
y, desde el ruido del motor, me llegan 
palabras ilegibles, mecánicas, estriadas, 
a decirme que te amo. 

 Te amo. Y entre mis dedos 
algo que ellos no tocan se hace carne, 
algo llevo a mis labios que no llevo, 
algo sin voz me habla, 
algo incapaz de amar 
me dice que te amo. 

UNA CANCIÓN AMARGA


 Un día, si me llaman 
los míos, puede ser 
que me quede en el campo o en las ruinas 
de una ciudad, inmóvil , 
pues soy joven aún. 

Tú lo sabrás. Recuerda 
entonces que es hermoso 
no temer a la muerte. 
Yo te lo digo ahora, cuando vamos 
sobre las calles, como globos 
felices, como abejas 
emocionadas, como humo 
que no se pierde. 

Un día 
podrán decirte que no tuve 
ocasión de batirme por los míos 
y, sin embargo, me quedé 
inmóvil junto a un árbol 
o al borde de un camino. 

 Te lo dirán. Recuerda 
que no debes odiar 
sino, pensando 
en las excursiones nocturnas, 
en el café bebido 
con emoción, haciéndose 
sólido en la garganta, 
no temer a la muerte. 

 Y recuerda que ahora 
que estamos vivos; tropezamos 
en inexistentes raíces 
y contemplamos el paisaje 
viéndonos a nosotros nada más, 
todo está lejos – compañeros, 
enemigos u muerte-, 
y tú y yo somos el paisaje 
en que un disparo es imposible. 

 MONTES DE ARAGÓN 

 Aquí solo podriamos
 vivir tú y yo (de amor) 
y las cornejas 
(de su imprudente cebo) 
y el hombre con la boca cerrada 
y mordiendo las mieses. 

 Y (supongo) me podría 
quedar ciego mirando 
tanta piedra. 
Y me podría convertir 
en un pasto de estos matojos 
(semideshecho, igual 
que el suelo sermoviente) 

 Tú y yo sobre los lomos 
de este oculto animal, 
vamos ardiendo (cabalgamos 
tiempo y tierra), crecemos. 
Llega el otoño. Llueve 
y allá lejos va el río. 
(ahogando va sus peces)

Antología de Poesía Amorosa Contemporánea
Recopilación de Carmen Conde
Editorial Bruguera, Barcelona, 1969

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