ALFREDO CARDONA PEÑA

San José de Costa Rica, 1917-Ciudad de México (México) 

TESTIMONIO


A Arturo Echeverría Loría

Un niño triste,
humillado y querido,
golpeado por los rayos de soledad,
fui yo, en mi pequeña catedral de recuerdos.
Una madre doliente,
con los pulmones como una ciudad bombardeada,
me tuvo para abrazarse al amor,
para morir después,
como una trágica y dulce camelia.
Mi padre fue el Eloin saludable,
el transmisor de las viñas de la creación,
y acaso por él se detuviera mi muerte
cuando me visitó con su traje de novia.
Crecí con la sencillez de las aguas,
fui pobre y encantado como los pajaritos
y estudié para golfo de río
aunque no llegué a doctorarme
sino cuando el crepúsculo
me mostró su tesoro de formas.
Llegué por diversos caminos a la vida,
hundiendo los sentidos en su amargo cuadrante,
y estoy hecho para acariciar mis fantasmas,
y para morir dejando algunas cicatrices en el tiempo,
lejos de mi montaña.

TEMAS DEL ALBA


A Salomón de la Selva


I

¡El alba! Es mi hora.
Ella es la madre infinita;
el regreso del árbol; la lengua del mar,
candorosa y antigua.

¡El alba! ¿Pero qué ocurre entonces
sobre el hundido párpado del mundo?
¿Qué asombro? ¿Qué musical inundación?

Hiende los aires un festejo alado,
en los aros del buey tiembla el rocío,
y universo, mujer y bestezuela se tienden
a bendecir su origen. No hay bandera
de amor más contemplada.

IV

Es luego el mar. El alba es como un ángel.
Se insinúa a los lejos, riza el viento,
toca el abismo y los monstruos sollozan.
Es luego el mar. El alba es como un barco.
Sale del fondo, no hace ruido, lleva cargamentos
de almas hacia el día.
Y como el Espíritu es el alba del mar
sobre la haz de las aguas,
moviendo y hechizando
las antiguas moradas de los hombres.

CONFESIONES


II

Porque los días están llenos de ansiedad,
rencores, acontecimientos imprevistos;
porque recuerdo la guerra con sus héroes,
porque no he muerto por el pueblo
y leo su muerte diaria en los periódicos;
porque las madres, en la oscuridad,
oyen llorar el frío más pequeño;
porque han sucedido tantas cosas
en las que no he participado,
tantos sacrificios y glorias,
tantas muertes y resurrecciones,
tantas canciones verdaderamente hermosas
de jóvenes guerreros que jamás regresaron;
porque voy al cine y me emociono asombrosamente;
porque la puesta de sol, el año nuevo,
las cartas que recibimos con trineos y campanas,
las despedidas en las estaciones,
todos los desastres afectivos,
todas las lunas que no terminan de morir
me hieren un poco más,
me incomodan nerviosamente;
porque a veces me entrego a labores absurdas,
a mañanas perdidas a cambio de monedas,
y me siento humillado
como el hombre sin brazos que mira que lo miran;
porque me veo escribir haciendo largas pausas,
porque mi voz es como la lluvia,
que no sabe adónde cae ni quién la esperará;
porque hay tantos ruidos que casi no se oye
y la infancia ha escapado como el cervato herido;
porque vivo en la ciudad recordando los mares,
aquella alegría imperial de los árboles,
el campo nutricio y saludable;
porque soy tranquilo, lleno de sueño
y me gustaría trabajar en las fábricas;
porque amo las fuerzas de la tierra y el sexo;
porque flores oscuras y embriagadoras
rondan la noche y traen los deseos;
porque las hermosas y tranquilas flores
(las llevadoras de perdón, las obreras de vida)
tienden a mí sus brazos suplicantes.
Por todo eso y por más que no recuerdo
siento que soy poeta y sufro
en la canción que canto todavía.


A UNA DAMA MUY BELLA VESTIDA DE LUTO

Su luto era la alfombra de una llama,
un nardo entre la noche su sonrisa.
Oh mágica visión, oh Mona Lisa
hecha de luz y doncellez en rama.

La vi como quien ángeles exclama,
como quien suelta alondras a la brisa;
bella, gentil, recóndita y sumisa,
tenía algo de luna y de retama.

La admiración, rindiéndole homenaje,
sin que la oyera murmuraba un rezo.
Y destacaban, en aquel paisaje

o antiguo medallón tácito al beso,
su blanca tez, lo negro de su traje,
y amor, amor entre los ojos preso

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