VALENTIN IREMONGER


Dublín-Irlanda, 1918 - 1991


ESTA HORA SU VIGILIA

Elizabeth, gélidamente tendida,
un día de primavera, nos sorprendió 
con su rígida dignidad y la serenidad
de sus manos que sujetaban una cruz negra.
Con el libro y la vela y un platillo de agua bendita
nos recibió en el cuarto con la persiana baja.
Sus ojos estaban singularmente cerrados y nos arrodillamos tímidamente 
advirtiendo el mechón de su cabello sobre la almohada blanca.
Esa noche nos encontramos junto al muro derrumbado
en el campo detrás de la casa donde yo vivía
y hablamos sobre eso, pero no pudimos hallar la razón
por la que nos dejó a nosotros, a los que tanto había querido.
Muerte, sí, entendíamos: algo relacionado
con la edad y la decadencia, cuerpos decrépitos; pero aquí había 
uno vigoroso, distante y recatado, 
que no respondía a nuestros furtivos suspiros.
A la mañana siguiente, al oír al sacerdote decir su nombre,
me escapé, ya convencido,
y lloré con mis siete años contra el muro de piedra de la iglesia. 
Durante dieciocho años no pronuncié su nombre
hasta este día otoñal cuando, con un ventarrón,
un vástago cayó del otro lado de mi ventana, con sus ramas 
manchando con rebeldía el verde del césped. De pronto, recordé 
a Elizabeth, gélidamente tendida.

CLARA VISIÓN DE VERANO

Cargado de hojas el jardín se espesa otra vez.
El sol y los árboles las admiran, perezosamente.
Coles y claveles, en hileras y canteros, gotean cansadamente
y allá lejos las colinas, como perros sedientos, agazapados, 
claman por agua.
Amor, quién murmura que todo está en orden
en esta tarde de verano, cuando nada se mueve, 
ni siquiera las moscas, extrañamente,
mientras descansamos en el césped, aquí debajo del peral, 
observando indolentes inclinarse a las hojas, a las sombras 
sin duda alargarse.
Pero no siempre será verano -no para nosotros; vendrán malos tiempos 
en los que tú y yo veremos con envida viejas fotografías,
recordando cómo estábamos, ahí al sol, mirando como dioses, 
mientras los días de nuestras vidas, como un fruto, maduraban 
y se pudrían, y cómo, junto al lago,
su superficie calma, un atardecer de agosto, caminando, reíamos 
mientras el amor deslizaba sus brazos entre los nuestros 
y alegremente seguíamos la senda que nos mostraba por el lecho 
del valle de la vida.
Habrá entonces mucho que recordar, cuando los días, 
como húmedas hojas del verano tardío,
no crujan bajo nuestros pasos ningún otro verano espere
al cabo de un nuevo año con delicadas ropas para vestirnos 
a nosotros cuya sutil belleza hace tiempo habrá languidecido;
y el brillante verdor de la Naturaleza remendará 
nuestros corazones con angustia cada día en que agosto atraviese 
las ramas con luz del sol, cuando las hojas reciban
voluptuosamente las caricias del viento del sur 
año tras año agonizante.
Y sin embargo la declinación de cada nueva estación, 
la deserción de cada día, quiebra sólo nuestra esperanza 
y no nuestro valor, sano y salvo en el profundo refugio 
de nuestra conciencia; los arbustos y los altos árboles florecen 
y caen inconscientemente derrotados en tanto el hombre, 
maduro por completo, cuyo orgullo lamentan los ángeles,
observa al amor apagándose algún lánguido atardecer, 
sin nadie alrededor, que llega el invierno y no queda combustible, 
las luces no funcionan, el alquiler no se ha renovado, 
y que el verano es unas sílabas apenas recordadas.

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