HERMANN GORTER

Wormerveer, Holanda 1864-Bruselas, 1927

VINO A PARARSE EN UNA NEGRA NOCHE...

Vino a pararse en una negra noche;
negras nubes viajeras,
maleza negra que se pliega
al peso de los aéreos crespones.

Pálido el rostro bajo el pelo negro,
las manos retorciéndose y la boca:
un alarido preso en rictus fiero;
le sube negra soga
del corazón hecho un infierno
que de pronto la ahoga.

Llegó ella con el viento, las nubes y los árboles;
pero la rodearon los negros nubarrones del desastre.

A orillas de las negras, vastas aguas
se quedó parada.
Y en ese punto, al árbol centenario
le llegó ya el presagio.
Y al viento y a las nubes les dio un pasmo:
si lo hubiesen sabido
no la habrían guiado
hasta aquí, no, no, jamás la habrían traído;
y todos se han quedado inmobles:
los brumosos rebaños,
y el viento, y el follaje de los bosques,
y las oscuras ondas del gran charco;
y los padres, y los antepasados,
se pusieron de pie en las quietas nubes
rigurosamente ensotanados
desde el cuello a los pies;
y los hijos que habría querido dar a luz
vinieron a rodearla
arrimados a un árbol —que habría sido cruz—
pequeños y sin habla;
y aquello de que había gozado
toda su vida,
vino cerniéndose desde lo alto
con claror lívida,
como un pájaro o flor de gran envergadura:
la campana sonora, la gloria de su voz
con la que vino al mundo, suspendida
en la altura, sonando vastamente, se quedó.
Y ninguno de los niños y ancianos,
ni siquiera la voz que iba cantando
por encima del bosque en plena noche,
podía haber pensado que esa dote
había sido la única creatura
de su existencia
que seguía implorando como oveja
su compañía.
Su voz había sido la llar única
para sus manos
cuando volvía del país humano
fría y asustadísima,
la voz que ahora sonaba a los balidos
de un cordero perdido
había sido en vida
—vida de sueño— su fresca bebida.

Pero ella se arrojó
y a su remolque
le siguieron los niños y los sones.
Y todo se embarcó
y se sostuvo un tiempo; el agua negra
despedía el destello de sus gemas,
quebróse el corazón, y en el naufragio
se hundió, lo último, su mano de topacio.

Incluido en Antología de la poesía neerlandesa moderna 
(Ediciones Saturno, Barcelona, 1971, selecc. y trad. de Francisco Carrasquer).

ESTÁS TAN QUIETITA, QUIETA...

Estás tan quietita, quieta
con tus manitos, quisiera
decirte una cosa dulce,
pero nada se me ocurre.

Tus hombros son un primor,
te rodea un resplandor
cálido, cálido - un silente
calor evocás en mi mente.

Son tan azules tus ojos
como agua clara - es mi antojo
por un momento ser vos,
pero no hay caso, soy yo.

Y de verdad no sé qué era
lo que iba a decirte - algo era.


(Título original: Gij staat zoo heel, heel stil; extraído de Verzen [Versos], 1890)
© Traducción española: Diego J. Puls (para Diario de Poesía, Buenos Aires)

TE QUIERO MUCHO SABES...

Te quiero mucho sabes,
eres muy dulce, muy tierna,
tus ojos como linternas,
te quiero mucho, ya ves.

Quiero tu nariz, tu boca y tu pelo,
tus ojos y tu cuello envuelto
en suaves telas, tu oreja
que tu pelo apreciar no deja.

Sabes me gustaría ser
vos, pero no puede ser;
la luz te circunda, se es
nada más que lo que se es.

¡Ay, sí, sí!, que te quiero,
te quiero, cuánto te quiero,
quisiera decirte todo esto
pero decirlo no puedo.

(Título original: Zie je ik hou van je; extraído de Verzen [Versos], 1890)
© Traducción española: Diego J. Puls (para Diario de Poesía, Buenos Aires)
http://fernando-sabido-sanchez.blogspot.com/search/label/HOLANDA

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