AGUSTÍN DE FOXÁ


Madrid, España, 1906- 1959


MAR DE LOS ABUELOS


Alferéz del navío, cuya vaca
es la ballena; y por reloj la brújula.
La palmera encendida en papagayos
y el negro azul; cañaveral de azúcar.
Marino del Caribe o Filipinas
que cruza suaves playas de criollas
con faldas rojas y pañuelos blancos.
Tu timón huele a clavo y a canela,
y en la noche del trópico, estrellada,
visitas ?un farol bajo las velas?
al marinero enfermo de escorbuto.
Trae el limón del Sur, trae la vainilla
y el arroz de Luzón y sus corales,
el opio de Shangai, con los marfiles
del elefante de Sierra Leona.
¿Lloras por el landó de la cubana,
cuando iba a oir la ópera a Santiago?
Tu negro piano lleno de sextantes
solloza un vals entre los planisferios.
Dame tu lente, que en el horizonte
distingue el surtidor del ballenato
y la bandera inglesa entre la niebla.
Habla con tu alfabeto de banderas
al mirador de la hija del negrero
cuyos rosales ilumina el faro.
Y pinta a la acuarela, a Oceanía
con una orla verde de delfines
y un indígena rojo sobre el mapa
con un ojo de cíclope en la frente.

POEMA DEL SILENCIO

Aún no peinaba estrellas la luz de la mañana
perdida por las selvas de niebla del ensueño.
Ignorante del pájaro era el aire sin dueño.
No vertía su clara sombra la voz humana.

Antes que el ruiseñor esparciese la vana
semilla de su trino en la noche y el sueño.
Planetas sin pareja, sin amor, sin empeño,
cuando no era rosario de sudor la semana.

No existían fronteras entre bienes y males,
ni la espuma ni la onda tentaban con sus sales
de aventura los labios de San Juan de la orilla.

Antes de la sirena, del pámpano y la rosa,
en el nombre del Padre que fizo toda cosa,
fueron en el principio el silencio y Castilla.

POR QUE NO UN FOXÁ

Y pensar que, después que yo me muera,
aún surgirán mañanas luminosas;
que, bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de aquella luz de plata
que inundaron mi vieja sementera
cuando aun cantaba Dios bajo mi frente.
Y pensar que no puedo, en mi egoísmo,
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo hacia el abismo,
y que la Luna brillará lo mismo
y que ya no la veré desde mi caja.

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