ADOLFO SÁNCHEZ VÁSQUEZ


Algeciras-España, 1915 - México, México D.F. 2011


SIEMPRE TU VOZ


Siempre tu voz
Como un río de esperanzas.
Fuerte su eco
Cuando el silencio acampa.
Mástil sonoro
Cuando las gargantas callan.
Faro de luz 
Cuando naufraga la alegría
En un mar de tristezas.

Sólo vientos que desgajan
Las ramas inocentes,
Que secan las flores
Y congelan el trigo.
Sólo puñados de arena
Que tapan los oídos.
Sólo el vidrio que acecha
La mano de un niño.
Sólo el muladar que espera enterrar
A la rosa más pura
Ante tu voz,
Clara, firme, encendida,
Permanecen impasibles,
Como estatuas de sal,
Mudas como piedras,
O escuchándola airados,
Sólo, sólo
Para maldecirla.

Esta voz que nos convoca

Oigo esta voz que nos convoca
Por hondos precipicios de gangrena
Mientras nadan los peces homicidas
Y la espuma se vuelve cómplice del crimen.

Sólo el viento que se bebe esa espuma,
Sólo aires que congelan los trigos,
Sólo estepas que calcinan las plantas,
Sólo nieblas que aniquilan los sueños,
Sólo tumbas que impacientes esperan
No escuchan esa voz
Que entre presagios de espanto
Insistente nos convoca.

El pulso ardiendo
(1935-1936; 1942)

NOSTALGIA

Como río que pierde sus riberas
mi corazón invades. Yo te siento
en cuanto se repliega el pensamiento
hacia sus más recónditas laderas.

Quema tu paso, queman tus hogueras
y la razón se queda sin sustento.
El alma la modela el sentimiento
y se exaltan las viejas primaveras.

¡Oh ciega fuente de melancolías
que se lleva tan sólo nuestro olvido
y nos deja tan sólo la tristeza!

¡Cómo mueres en mí todos los días
y en tu niebla recobra su sentido
la España a la que vuelvo la cabeza!

SENTENCIA

Si el árbol de la sangre se secara
y el corazón, ya seco y sin latido,
fuera polvo total, norte abolido
que nadie en este mundo recordara;

si el alma sin soporte se quedara
y la tierra, materia del olvido,
de muertos se cubriera y lo podrido
en un bosque de heridas germinara;

si el crimen no tuviera más oficio
que escarbar en la tierra desolada
para dejar al mundo su simiente,

la dulce brisa, el leve precipicio
tornaríanse, al fin, en cuchillada
o en abismo mortal para tu frente

AL HÉROE CAÍDO

Tu corazón caliente, derribado,
levanta un estandarte en la mañana
por la pendiente del dolor cruzado.
Contra el rumbo del aire, se devana
gran madeja de muerte en tu cintura
enredada de sangre en tu ventana.
Entre nieblas de pólvora, va oscura
la mano que te lleva hacia estaciones
que clavarán la muerte en tu espesura.
¡Camaradas, de esbeltos corazones,
vedle, muerto, caído, prisionero,
del ataque de mudos tiburones!
¡Vedle, pronto, vosotros, marinero,
aviador, tanguista, combatiente,
navegando sin vida, sin remero!
¡Qué se aparten las manos de su frente,
que en pañuelos de sangre, no vencida,
van bordando un gemido transparente!
De pie, junto a su mano descendida,
firmes estamos, el fusil al brazo,
muro ardiente sobre la pena erguida.

YO SÉ ESPERAR

Si para hallar la paz en esta guerra
he de enterrarlo todo en el olvido,
y arrancarme de cuajo mi sentido
y extirpar la raíz a que se aferra;
si para ver la luz de aquella tierra
y recobrar de pronto lo perdido,
he de olvidar el odio y lo sufrido
y cambiar la verdad por lo que yerra,
prefiero que el recuerdo me alimente,
conservar el sentido con paciencia
y no dar lo que busco por hallado,
que el pasado no pasa enteramente
y el que olvida su paso, su presencia,
desterrado no está, sino enterrado.

AL DOLOR DEL DESTIERRO CONDENADOS

Al dolor del destierro condenados
—la raíz en la tierra que perdimos—
con el dolor humano nos medimos,
que no hay mejor medida, desterrados.
Los metales por años trabajados,
las espigas que puras recogimos,
el amor y hasta el odio que sentimos,
los medimos de nuevo, desbordados.
Medimos el dolor que precipita
al olvido la sangre innecesaria
y que afirma la vida en su cimiento.
Por él nuestra verdad se delimita
contra toda carroña originaria
y el destierro se torna fundamento.

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