RENÉ CHAR


L'Isle-sur-Sorgue, Vaucluse, 1907, París -Francia, 1988


LOS SOLES CANOROS

La desapariciones inexplicables 

Los accidentes imprevisibles 
Los infortunios quizá excesivos 
Las catástrofes de todo orden 
Los cataclismos que ahogan y carbonizan 
El suicidio considerado crimen 
Los degenerados intratables 
Los que se enrollan en la cabeza un delantal de herrero 
Los ingenuos de primera magnitud 
Los que colocan el féretro de su madre en el fondo de un pozo 
Los cerebros incultos 
Los sesos de cuero 
Los que ivernan en el hospital y conservan la embriaguez 
de las ropas desgarradas 
La malva de las prisiones 
La ortiga de las prisiones 
La higuera nodriza de ruinas 
Los silenciosos incurables 
Los que canalizan la espuma del mundo subterráneo 
Los enamorados en éxtasis 
Los poetas excavadores 
Los que asesinan a los huérfanos tocando el clarín 
Los magos de la espiga 
Imperan temperatura benigna alrededor de los 
sudorosos embalsamados del trabajo.

De "L’Action de la justice est éteinte"
Versión de Aldo Pellegrini

CONSUELO

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa
a dónde vaya en este roto tiempo. Ya no es mi amor: el
que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda: ¿quién en
verdad le amó?

Mi amor busca su semejanza en la promesa de las
miradas. El espacio que recorre es mi fidelidad. Dibuja
la esperanza y en seguida la desprecia. Prevalece sin
tomar parte en ello.

Vivo en el fondo de él como un resto de felicidad.
Sin saberlo él, mi soledad es su tesoro. Es el gran meridiano 
donde se inscribe su vuelo, mi libertad lo vacía.

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa
a dónde vaya en este roto tiempo. Ya no es mi
amor: el que quiera puede hablarle. Ya no se acuerda:
¿quién en verdad le amó y le ilumina de lejos para que
no caiga?

LA LIBERTAD

Vino por esta línea blanca que puede significar la salida del alba 
o la palmatoria del crepúsculo.

Pasó los arenales maquinales; pasó las cimas destripadas.

Fin de la renunciación de rostro cobarde, la santidad de la mentira, 
el alcohol del verdugo.

Su verbo no fue un ciego ariete sino la tela donde se inscribió mi aliento.

Detrás de la ausencia, con pasos que no la extraviaron, cisne sobre la 
herida, vino por esta línea blanca.

Versión de Jorge Riechmann

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