MARCELINE DESBORDES-VALMORE


Douai-Francia, 1786 – París, 1859



RENUNCIAMIENTO

Perdonadme, Señor, mi semblante afligido; 

bajo la feliz frente colocasteis las lágrimas: 

de tus dones, Señor, es el que no he perdido. 


Don menos codiciado, quizá sea el mejor. 
Yo ya no he de morir en vínculos de encanto; 
os los devuelvo todos, ¡ay, adorado Autor 
para mí sólo tengo la sal que deja el llanto! 

A los niños las flores, a la mujer la sal; 
para que limpiéis mi vida he de entregaros, 
cuando esta sal, Señor, lave mi alma, lustral, 
volvedme el corazón, para siempre adoraros. 

Toda extrañeza mía del mundo de ha extinguido 
y se despidió el alma dispuesta a volar 
para alcanzar el fruto, al misterio cogido, 
que la púdica Muerte sólo ha de cosechar. 

Señor, con otras madres sé tierno mientras tanto, 
por la tuya y por lástima de esta pena que ves... 
Bautízales los hijos con nuestro amargo llanto 
y levanta a los míos caídos a tus pies. 

LOS SOLLOZOS

¡El infierno está aquí! El otro no me asusta. 
Empero, el purgatorio mi corazón disgusta. 

De él me han hablado mucho y su nombre funesto 
en mi corazón débil ha encontrado su puesto. 

Cuando la ola de días va agostando mi flor, 
el purgatorio veo al perder el color. 

¡Si es cierto lo que dicen, es preciso ir allí, 
Dios de toda existencia, para llegar a ti! 

Allí habrá que bajar, sin más luna ni luz 
que el peso del temor y del amor la cruz. 

Para oír cómo gimen las almas condenadas 
sin poderles decir “¡Estáis ya perdonadas!” 

¡Dolor de los dolores; no poder agotar 
los sollozos que intentan por doquiera brotar! 

De noche tropezar en celdas intranquilas 
que ningún alba tiñe con sus claras pupilas. 

Ni poder decir al Señor incomprendido: 
“¡Ay, Salvador de mi alma!, ¿es que aún no has venido?” 

Me escondo; tengo miedo de tener miedo y frío, 
como el ave caída teme por su albedrío. 

A un recuerdo mis brazos vuelvo a abrir tristemente, 
y mi alma más cercana el purgatorio siente. 

Sueño que estoy en él, tras la muerte llevada, 
como una esclava indócil, al fin de la jornada, 

cubriendo con las manos el semblante abatido, 
pisando el corazón, por tierra malherido. 

Allí voy; precediéndome, mi llegada proclamo 
y no oso desear nada de lo que amo. 

Y este corazón mío no tendrá más dulzura 
que los lejanos ecos de su antigua ventura. 

Cielos, ¿adónde iré 
sin pies para huir? 
¿Adónde llamaré 
sin llave para abrir? 

Mientras el fallo eterno rechace mi plegaria 
no arderá ante mis ojos ninguna luminaria. 

No he de ver más escenas mundanas y horrorosas 
que abatan mis humildes miradas dolorosas. 

¡No gozaré del sol! ¿Por qué?... La luz querida 
para el mal en la tierra, empero, está encendida. 

Ve el culpable que a la horca su delito conduce 
el saludo del orbe que se divierte y luce. 

¡En los aires no hay pájaros! ¡No hay fuego en el hogar! 
¡Y ni un Ave María reza el aura al pasar! 

Para el junco del lago no hay un soplo viviente 
ni aire para que exista un átomo viviente. 

Ni el zumo de las frutas que ofrecen su frescura 
al ingrato, tendré en mi sed y calentura. 

Del corazón ausente que me hará padecer 
acumularé el llanto que no puedo verter. 

Cielos, ¿adónde iré 
sin pies para huir? 
¿Adónde llamaré 
sin llave para abrir? 

¡No más recuerdos de esos que me embargan de llanto 
tan vivos, que viviera yo siempre de su encanto! 

¡No más familia dulce, sentada en el umbral 
que bendice cantando el sueño patriarcal! 

¡Ni más voz adorada, cuya gracia invencible 
hasta la Nada absurda tornaría sensible! 

No más libros divinos desde el cielo exfoliados, 
conciertos para el alma por la vista escuchados. 

Y no osando morir tampoco oso vivir 
ni buscar en la muerte quién me ha de redimir. 

¿Por qué hay sobre las cunas, padres, la flor de un hijo 
si al árbol y al arbusto siempre el cielo maldijo? 

Cielos, ¿adónde iré 
sin pies para huir? 
¿Adónde llamaré 
sin llave para abrir? 

¡Bajo la cruz se inclina el alma prosternada, 
del dolor de nacer con morir castigada! 

Mas no tengo en la muerte si me siento expirar 
ni una lejana voz que aconseje esperar. 

¡Si en el cielo apagado alguna estrella pálida 
esta melancolía besara con luz cálida! 

¡Si bajo las sombrías bóvedas del horror 
viera cómo me ven dos ojos con amor! 

¡Ay, sería mi madre, intrépida y bendita, 
que bajaría a ver a su hija precita! 

¡Sí; mi madre podría al Dios justo ablandar 
y ella me sacaría del horrible lugar! 

De la esperanza joven alzara el fuerte viento 
al fruto derribado por tanto sufrimiento. 

Sentiría sus brazos, dulces, fuertes y hermosos, 
arrastrarme, abrazada con ímpetus briosos. 

El aire auxiliaría a mis alas nacientes 
como a las golondrinas libres e independientes. 

Huiría para siempre, pues mi madre al partir 
viva me llevaría hacia lo porvenir. 

Mas antes de pasar las mortales fronteras 
otras almas quisiéramos tener por compañeras. 

Y en aquel campo fúnebre en que dejaba flores 
y el aroma que exhalan los llantos de dolores 

caeríamos, solícitas, entusiastas y ardientes, 
gritando “¡Acompañadnos!” a las almas dolientes. 

“¿Venís hacia el estío en que ha de retoñar 
el amor en que no hay que morir ni llorar? 

¡Con Dios y sus palomas venid en santos vuelos! 
¡Dejad vuestros sudarios; no hay tumbas en los cielos! 

¡El sepulcro está roto por la eterna pasión! 
¡Mi madre nos concibe en la eterna mansión!” 

UNA CARTA DE MUJER

Te escribo, aunque ya sé que ninguna mujer 
debe escribir; 
lo hago, para que lejos en mi alma puedas leer 
cómo al partir. 

No he de trazar un signo que en ti mejor grabado 
no exista ya. 
De quien se ama, el vocablo cien veces pronunciado
nuevo será. 

La dicha sea contigo; yo solo he de esperar, 
y aunque distante, 
yo me diento ir a ti para ver y escuchar 
tu paso errante. 

¡Jamás la golondrina al cruzar el sendero 
pueda atraparte! 
Será mi fiel cariño que pasará ligero 
para rozarte... 

Tú te vas, como todo se va... Su éxodo emprenden 
la luz, la flor; 
el estío te sigue; las tormentas sorprenden 
mi triste amor. 

De esperanza y zozobra suspira mientras tanto 
el que no ve... 
Repartámoslo bien: a mi me queda el llanto, 
a ti la fe. 

Yo no quiero que sufras, que está muy arraigado 
mi amor por ti. 
Quien desea dolores para el ser adorado 
guarda odio para si. 

EL AMOR 

Preguntáis si el amor hace feliz; 
lo promete, creedle, aún por un día. 
¡Ah! por un día de vida amorosa... ¿quién no moriría? 
La vida está en el amor... 
Sin él, tu corazón es un hogar sin llama; 
él todo lo quema, dulce veneno. 
He dicho en verdad como destroza un alma: 
¡Preguntad pues si da la felicidad...! 
Cuando se lo ha conocido, su ausencia es espantosa; 
cuando vuelve, se tiembla noche y día... 
A veces, en fin, la muerte está en el amor y sin embargo... 
¡SÍ, EL AMOR HACE FELIZ! 

LAS ROSAS DE SAADI

Esta mañana vi rosas, quise traerlas;
Pero tantas quería traer entre mi falda,
Que entre todos sus nudos no pude contenerlas.

Mas sus nudos se han roto y las rosas cayeron
Al mar azul, llevadas por el soplo delviento
¡Y por ese camino que no torna, se fueron!

Y todo el mar estaba rojo, como incendiado
Mis ropas aún estaban perfumadas de rosas
Y sobre mí respira su recuerdo aromado.




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