YEHUDA AMIJAI



Würzburg-Alemania, 1924 – Jerusalén-Israel, 2000


ESTAS PALABRAS 

Estas palabras, como montón de plumas
al borde de Jerusalem, sobre el Valle de la Cruz.
Allá en mi niñez, se sentaban las mujeres
despescuezando pollos.
Estas palabras vuelan ahora sobre el mundo.
El resto son masacradas, comidas, digeridas
decaen y se olvidan.
El tiempo hermafrodita
que no es día ni noche
ha arrasado este valle
de verdes y bien cuidados jardines.
Los expertos en el amor solían venir aquí
para mostrar sus talentos
en el pasto seco de las noches de verano.

Así empezó.
Desde entonces –muchas palabras, muchos amores
muchas flores
se compraron para ser sostenidas
por tibias manos o decorar tumbas.

Así comenzó
y no se cómo va a terminar.
Pero aún así, allende el valle
el dolor y la distancia
debemos ir diciéndonos siempre
unos a otros: “cambiaremos”

EL PARQUECITO PLANTADO

El parquecito plantado en memoria del muchacho
caído en la guerra
comienza a parecerse
a él cuando tenía veintinueve años
Año tras año se parecen cada vez más
sus padres viejos vienen casi a diario
a sentarse en una banca
y mirarlo

Y cada la noche la memoria en el jardín
zumba como un motorcito:
En el día no le puedes oír.

JERUSALÉN ES UNA CUNA 

Jerusalén es un ciudad cuna que me mece
Cuando despierto extrañas cosas me suceden
a mitad del día, como a alguien
que baja las escaleras de la casa de su amor
por última vez, con ojos cerrados todavía.
Pero mis días me fuerzan a abrir los ojos y
recordar a los que me pasan: quizá
él me amará, quizá él ha puesto una bomba
en una linda envoltura, como un regalo de amor.
Veo todos los puntos débiles en esta casa de piedra,
la grieta por donde la electricidad entra
el agujero hecho para los grifos
la rajada para que penetren los alambres del teléfono
y las bocas de suspiros.

Soy un jerusalenita. Las albercas con sus voces
y sus ruidos no son parte de mi alma
El polvo es mi consciente, la piedra mi subconsciente
y todos mis recuerdos son patios cerrados
en la luna alta del verano.

EN UN SITIO ARQUEOLOGICO

En un sitio arqueológico
vi fragmentos de preciosos navíos, limpios
y bien carenados, aceitados y relucientes
Y junto a él vi un montón de polvo descartado
que no servía siquiera para cultivar
cardos ni espinas

Y pregunté: ¿Qué es éste polvo gris
que ha sido rempujado y esparcido
y torturado y arrojado luego?

Respondo en mi corazón: este polvo
es gente como nosotros, quien durante su vida
vivió separada de las piedras
de cobre, oro y mármol
y todas las cosas preciosas-
y siguen así en la muerte
Somos este montón de polvo, nuestros
cuerpos, nuestras almas, todas las palabras
en nuestra boca, toda la esperanza.

EN ESTE VALLE 

En este valle, formado por muchas aguas
en incontables años para que la brisa ligera
pueda atravesarlo hoy y refrescar mi frente,
Pienso en ti. De las colinas escucho
voces de hombres y máquinas, derrumbando y construyendo.

Y hay amores que no pueden
moverse de un lado a otro.
Deben morir en su lugar y su tiempo
como un mueble ruinoso
destruído junto a la casa que lo alberga.

Pero este valle es una esperanza
de comenzar de nuevo sin tener primero que morir
de amar sin olvidar el otro amor,
o ser como la brisa
que ahora lo atraviesa
sin pertenecerle.

DE LAMENTOS POR LOS CAÍDOS EN LA GUERRA
1.

El Señor Beringer, cuyo hijo
cayó en ese canal que fue
cavado por extraños
para que los barcos atravesaran el desierto
pasa frente a mí en la puerta de Jaffa:

Ha adelgazado muchísimo; ha perdido
el peso de su hijo.
Y por eso flota ligero
por entre las callejas
entremezclándose con mi corazón
como despojos

Y ASÍ TE ENCUENTRAS 

Y así te encuentras siempre
Entre el muy alabado paisaje
Y el que lo alaba y explica
A aquellos que lo rodean en un cautivado círculo

Ya no interfieres
Y palabras que no son para ti
Son divididos de nuevo por tu cuerpo,
Como viento, como agua peinada
Y cerrado de nuevo más allá de ti.

El dulce ateísmo aún florece
Aquí entre las rocas
Con un olor, desesperado y solitario, como
El florecer de la primera creencia en Dios.

Las laderas de las montañas cortadas con hierro
Estarán de nuevo amarillas y bronceadas en el verano
Y cubiertas con pasto en primavera
Como cualquier montaña en primavera

Como mi ladera, de la cual fuiste tajada
Hace ya algunos años.

ESTA ES LA CASA DE MI MADRE

Esta es la casa de mi madre. La planta
que comenzó a treparla en mi niñez
ha crecido desde entonces y cuelga de sus muros.
Pero yo fui arrancado ya hace tiempo.

Madre, me pariste en medio del dolor,
Y en medio del dolor vive tu hijo.
Su tristeza está peinada, acicalada,
su felicidad bien vestida.
Con su sueño se gana el pan
y con su pan, su sueño.
La precipitación promedio anual no lo toca
y los grados de temperatura pasan junto a él
como una sombra llorosa.

O madre mía, te presentaste ante mí
con un primer trago de bienvenida
y estas palabras: ¡L’haim, l’haim[2]
hijo mío!
No he olvidado nada, pero mi vida
se ha vuelto apacible y profunda
como un segundo estrago en la garganta,
no como el primero, con labios ruidosos
chupadores y felices.

Tus pasos en la escalera
Han quedado siempre en mí
Nunca se acercan y nunca se alejan
Como latidos

CARTA DE RECOMENDACIÓN

En las noches de verano duermo desnudo
en mi cama en Jerusalén
la cual queda al borde
de un hondo valle
sin despeñarse sobre él.

Durante el día doy caminatas
con los Diez Mandamientos en mis labios
como una vieja canción que uno se tararea a sí mismo.

O tócame, tócame tú, buena mujer
No es una cicatriz esto que sientes bajo mi camisa.
Es una carta de recomendación, plegada
de mi padre:
“Es un buen muchacho todavía y lleno de amor”.

Recuerdo a mi padre despertándome
para las oraciones tempranas. Lo hacía
acariciando mi frente, no jalándome las sábanas.

Desde entonces lo amo aún más
Y sólo por eso
dejad que le despierten 
con amor y delicadeza
en el Día de la Resurrección

COMO EL MURO INTERIOR DE UNA CASA

Me encuentro
De repente y demasiado pronto en mi vida
Como el muro interior de una casa
Que se ha convertido en muro exterior luego de guerras y devastaciones
Casi olvido ya
Lo que es estar dentro. Sin dolor,
Sin amor. Con lo Cerca y lo Lejos
a la misma distancia de mí
e iguales.

Nunca imaginé qué pasa con los colores
Su destino es el destino del hombre: el azul claro aún sueña
En la memoria del azul oscuro y de la noche. La palidez
Es el suspiro de una vigilia púrpura. Un viento acarrea
Un olor de lejanía
Y en sí no tiene olor alguno
Y las hojas de las hatzav[3] mueren
Mucho antes que sus flores blancas
Las cuales no saben nunca
Sobre el verdor de la primavera y el oscuro amor

Alzo mis ojos a las montañas. Ahora entiendo
Lo que significa alzar ojos, ¡qué pesada carga!
Pero esa dura nostalgia
¡Esa pena-de-nunca-volver-a estar-de-nuevo-dentro!

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