JOSÉ WATANABE



Laredo, Trujillo-Perú 1945 - Lima, 2007


POEMA DEL INOCENTE




Bien voluntarioso es el sol 



en los arenales de Chicama. 


Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza

y anda tras la lagartija inútil

entre esos árboles ya muertos por la sollama.


De delicadezas, la del sol la más cruel

que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.


Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,

y esta otra:

de cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial

y ardió demasiado súbito y desmedido

como si fuera de pólvora.


No te culpes, quien iba a calcular tamaño estropicio!

Y acepta: el fuego ya estaba allí,

tenso y contenido bajo la corteza,

esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.


Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)

sin arrepentimientos

porque fuiste tú, pero tampoco.


Así

en todo.





EL GUARDIÁN DEL HIELO




Y coincidimos en el terral


el heladero con su carretilla averiada



y yo



que corría tras los pájaros huidos del fuego



de la zafra.
También coincidió el sol.


En esa situación cómo negarse a un favor llano:



el heladero me pidió cuidar su efímero hielo. 



Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...



El hielo empezó a derretirse



bajo mi sombra, tan desesperada



como inútil



Diluyéndose

dibujaba seres esbeltos y primordiales



que sólo un instante tenían firmeza



de cristal de cuarzo



y enseguida eran formas puras



como de montaña o planeta



que se devasta.



No se puede amar lo que tan rápido fuga.



Ama rápido, me dijo el sol.



Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,



a cumplir con la vida:



Yo soy el guardían del hielo.





De Cosas del cuerpo





No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada