GUILLERMO MERCADO BARROSO


Arequipa-Perú, 1904-1983



CANCIÓN DE LA LLUVIA, AMOR

Con la lluvia crece tu amor en mi corazón

pausadamente

Con la luvia sube tu aliento desde el pecho

de las plantas

Con la lluvia el agua canta la canción de tu ternura

y sus gotas tiemblan repitiendo el dulce brillo

de tus ojos
Con la lluvia los bordes húmedos, verdes, 
respiran como tus labios y la tierra mojada tiene
el olor de tus senos
Con la lluvia el campo se ciñe a tu cintura pequeña,
se encogen las rosas juntas como tus hombros desnudos
y hasta las piedras llorosas deben soñar con tus manos.
Y yo siento con la lluvia que tus pies vienen y van
por mi alma; siento que la lluvia desborda el cántaro
de tu cuerpo y que tu alegría danza bajo sus tules
de agua.
Pero esta lluvia viene llorando, trayendo
a mi frente triste tus lágrimas y tus besos.
Esta lluvia viene del cielo que se agita entre tus brazos
regando sobre mi vida la música de tu mirada.

1952


EL PENDÓN DE LOS DESHEREDADOS

I

“No hay mal que por bien no venga” …
y la voz traposa, a remiendos de llanto,
se arrastra hasta doblar la cuesta
del pobre canto obrero;
toda la aldea tiembla en sus cántaros,
tiembla bajo el temple grave de la guitarra oscura,
tierna de miserias.
Y las caras comienzan a estirarse de esperanzas,
caras de barro humilde, caras de pueblo,
colgadas de los ojos al más tarde.
En el campo el trabajo a chorros
por los brazos del hombre empapa la tierra,
las lampas cantando amontonan FUTUROS.
No hay pan seguro pero los niños levantan
torres de júbilo, corriendo a gritos
montados en el viento.

II

Entre los valles maduros se oye en entrada
la torrentera ancha de las madres
cargadas de hijos.
El pobre “no hay mal que por bien no venga”,
mugriento, hecho jirones, va quedándose prendido
en los pechos averiados.
Las mañanas ebrias de pájaros y frondas
tremolan flecadas de sol en los árboles
deshojados.
No hay mal que por bien no venga …
hasta los cerros empuñan el adagio
hecho pedazos.

1933


MI CANTO AL TITICACA

Lago sagrado,
algo vieron los abuelos callados y taciturnos,
en la profundidad de tu sueño,
cuando dijeron y hablaron
que de tu vientre de espumas
salieron los fundadores
de un inmenso Imperio de Oro.
Algo vieron los abuelos en tus ojeras azules
cuando dijeron y hasta los cerros hablaron
que rubias vírgenes del Sol lloraban aprisionadas
en tu palacio de agua.
Viejo Lago, Padre nuestro,
barbado de áureas leyendas,
ahora las tardes cual novias
besan tus sienes heladas,
y prenden de música tu alma,
cuando hacen vibrar en las cumbres
los charangos lloradores
de tus crepúsculos.
Ahora, tu hondo silencio es la suma
de esos silencios que crecen
en los que aman, crean y piensan
sobre la tierra.
Y en tu espejo progidioso,
la Luna atraviada de nubes
se mira en él y se siente
una dama de aventuras,
mientras las chicas del pueblo
asomadas a tu ronda,
desde el cerco de sus senos,
sueltan a la paloma serrana
de su melancolía.
En tu orilla, los pechos desnudos
que entregan sus esperanzas
en las manos marineras de tus vientos,
desembarcan la carga de tus sueños
y beben tus horizontes.
Viejo Lago,
Abuelo de la tristeza indígena
que solloza a veces lejos
en un paraje de mi alma,
o se emborracha, baila y canta
en la poblada de mis palabras.

1976


ROMERÍA

Cuánto tiempo ya querrás
cambiar de posición padre mío, ya querrás
desperezarte, tomar el sol, salir al campo.
!Ya te deben doler los huesos mucho¡
Ahí adentro encerrado, cómo estarás
esperando a tu mujer, a tus hijos, que vayan a darte los buenos días
llorarás como un niño sofocado a media noche
para que lo levanten en brazos
cómo estarás ¡hasta preferirás morir, morir!
a quedarte en esta estúpida manera de estar metido, apretado en un cajón
Y ¡quién te ha de levantar! si para abrirte
no encontramos la llave en el llavero de nuestras lágrimas.


POEMA Y MENSAJE A MI PUEBLO

Arequipa, cuando mi ausencia.
yo me quedé mascando una rama de tu cielo,
donde innumerables tus estrellas
se cuentan por racimos.
Y con los ojos abrazados a tus crepúsculos
porque ellos
habrán de encenderse un día
hasta en mis cuencas vacías.

Mas, ahora que te vivo.
que imprimo mis huellas en tus calles
y en tus piedras,
que mi sombra ya es una alojada familiar
de tus muros solitarios,
ahora que entran tus mañanas
a torrentes de música en mis venas,
que veo alzarse el rostro de mi madre
en tus tardes que esperan y endulzan mi cansancio,
que abro y leo tus paisajes
y oigo claro la proclama de tus árboles.
Ahora que siento a tus aldeas una a una
subírseme al pecho
para llenar plenamente mi ancho abrazo,
que voy sembrando mis sueños en el surco mismo
donde siembras tu trigo y tus desvelos.

Ahora que te vivo,
que sólo alumbran el ámbito de mis hombros
tus rostros humildes como lámparas de hambre,
que mi respiración leal se extiende sobre la tierra
cargada del aliento de tus hijos olvidados.
Que el dolor que callan ellos
es la savia que sube a ser la sangre
de los poemas que escribo.
Que ya llevo escrita la mirada de tu pueblo
como una llaga oscura a lo largo de mis años.
y trenzada en mis nervios su anárquica angustia.
medular y creadora.
Que siempre me ha sido dada
la llama inapagable de los ojos de tus niños
para mirar hasta dentro de tu alma y tu destino.

Ahora que te vivo no te canto.
Ni canto tus paisajes. Ni canto tus volcanes.
Ahora estoy contigo. Y salgo de tu silencio
como una voz de tus piedras
o un bramido de tus vientos,
que con golpes de ala o de poema
abre y entra en tu corazón
para decirles a tus hijos como a hombres
de este siglo:
Que la libertad que tienen ellos
será un árbol arrancado
de cuyos frutos mañana
habrán de hartarse las bestias.
si no afirman sus raíces con manos inmaculadas
en la dignidad y en la tierra.
Que la libertad que gozan ellos
será comedia de esclavos,
si no la viven, la trabajan y elevan
en la jornada suprema de cada día,
si no la saben en el pan, en el amor y en la idea.
Si no derruyen las celdas
de esas conciencias de barro,
para que ella entre en la vida
como el oxígeno, como el sol y como el agua.
Que la libertad que cantan ellos
será un ídolo de calendario,
si no la aman en cada hombre
y no la sienten más suya en el anhelo sin tregua
del corazón profundo de la patria,
de ese corazón que conforman e impulsan de altas tensiones
los humildes de la patria.
Si no la acrecientan con las manos de la generosidad
sin estruendo. Y no la alimentan en las fuentes
del deber con sacrificio.

Libertad sin dignidad
el pan se vuelve limosna,
el trabajo servidumbre.
el orden temor callado,
la autoridad prepotencia,
la justicia un juego de varas
la juventud oro perdido,
la educación negocio con niños,
el amor contrato de sexos
y la amistad una agencia del egoísmo.

Que tus hijos no se olviden lo que digo.
Que desde el clavo que hundan
hasta el mandato que firmen
no se olviden que son hombres...
Que desde el suelo que barran
hasta la majestad que invistan,
no se olviden que son hombres...
Que desde el hambre que sufran
hasta la dicha que alcancen no se olviden que son hombres...

Entonces, oh pueblo mío, recio baluarte histórico,
así reverdecerás el penacho amarillento
de tu viejo civismo.
Y la libertad de los peruanos,
como una hermana mayor, vendrá a beber en tu corazón
sangre de juventud para nuevos heroísmos,
y a encontrar en tu pensamiento
la brújula sin vacilaciones
para travesías más duras
y para metas más lejanas.

Que el poema que les digo
lo fermenten en el corazón,
y el mensaje que les entrego
lo reciban todos los días.


EL CARPINTERO SILVA

El carpintero Silva ganaba una peseta al día
Haciendo cajones para una fábrica.

Era tan solo, tan solo en medio de sus hombros,
estaba tan distante de donde se está
un poco bien apenas...

Recuerdo su taller humilde, los golpes de su martillo honrado,
el trajín por los maderos de sus manos deformes,
ese agudo llorar cada momento de su viejo serrucho.

Y hasta su triste solitario silbado siempre al medio día.

El carpintero Silva envuelto en sus pobrezas
se acostaba junto al río,
bajo esas sombras familiares
su cuerpo hallaba lecho blando sobre la tierra dura.

Las aguas negras y heladas
amasaron su alma de desheredado,
ese frío del río acribilló hasta su sombra.

El carpintero Silva trabajó tanto que al fin
murió de hambre,
entonces el hospital y los hombres
lo sepultaron desnudo como una semilla,
él, que había hecho cajones
no tuvo ni una madera para su único lecho definitivo.

La tumba fue su único gran salario,
en las puertas de la fábrica ha quedado
el tufo de su miseria.
y en las aguas cargadas de piedras del río
la protesta entredientes
que fue toda su existencia.

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