CLEMENTE ALTHAUS


Lima-Perú, 1835 - París, 1881



A UN TIRANO

Tú que marcas con sangre tu camino,

beato tigre, loco sanguinario,

Nerón cristiano, místico asesino,

que envuelves el puñal con el rosario:

tú que, el pan recibiendo que convierte
en el cuerpo de Dios el sacerdote,
a dar horrible dilatada muerte
sales, armado del sonante azote:
tú que, después del celestial sustento
que la muerte te da, si a otros la vida,
comes del hombre el corazón sangriento,
siendo la humana sangre tu bebida:
de América del Sur nuevo Luis Once,
mas de su ingenio y su prudencia ajeno,
que un pedazo de mármol o de bronce
tienes por corazón dentro del seno:
tú que eclipsas las famas espantosas
de los monstruos más fieras y crüeles,
tu a quien envidia el execrable Rosas
los infames satánicos laureles:
¿Cuándo será que de tu horrendo yugo
respiren nuestros míseros hermanos,
y mueras bajo el hacha del verdugo,
para eterno escarmiento de tiranos?
Que, aunque anhelara de uno al otro polo
ver abolida tan justa pena,
yo la dejara para ti tan sólo,
porque tú no eres hombre sino hiena.
Mas no: más vale que el atroz convite
que te envidiaran las más crudas fieras,
tu famélico vientre al fin ahíte,
y por humana sangre ahogado mueras.

(1865)


EL DESAHUCIADO

Alaban del universo
todos la armonía suma
y su orden maravilloso
y su inefable hermosura,
Mas tal orden y belleza
no sólo a poner en duda,
sino hasta a negar se atreve
mi desvergonzada Musa.
Dadme un Mapa que la tierra,
Patria del hombre, dibuja:
ved que de ella el océano
tres cuartas partes ocupa:
los continentes son islas;
que el mar inmenso circunda,
cuando debieran los mares
ser, cuando mucho, lagunas.
Si el mundo es mansión del hombre,
¿ha sido medida justa
que casi todo agua sea
para la escamosa turba?
Patria del hombre a la tierra
llaman sin razón ninguna,
y patria de los pescados
se puede llamar con mucha.
Nadie de alabar se cansa
la hermosa luz de la luna:
yo confieso que es hermosa
y que mis penas endulza;
mas mi Musa cabalmente
en eso mismo se funda
para quejarse de que haya
mil y mil noches oscuras;
y si en el mar cada tarde
halla el sol su sepultura,
todas las noches debiera
arder la antorcha nocturna;
o, en vez de una luna sola,
debiera haber dos o muchas
cual las que a Saturno o Júpiter
magníficamente alumbran:
aunque lo mejor sería
que el sol no se hundiera nunca
y que hubiera un día eterno
sin tarde ni noche oscura.
Si bien en esta materia
habrá quien diga y arguya,
que para que el dulce Sueño
en el reposo nos hunda,
es útil, es necesario
que el universo se cubra
con las espesas tinieblas
de la noche taciturna:
pero ¿dormir era fuerza?
mi curiosidad pregunta;
¿qué necesidad había
de aquella muerte nocturna?
¿Es tan grande la distancia
que hay de la cuna a la tumba,
que así en pasajera muerte
media vida se nos huya?
Es blanda la primavera:
pues ¿por qué eterna no dura?
Y el verano y el invierno
sin cesar con ella turnan,
en alternativa inicua
condenándonos su furia
a que el calor nos derrita
y a que el frío nos entuma.
Aún al Otoño pudiera
admitirle por sus frutas
y por los ricos racimos
de la dulcísima uva,
con cuya caliente sangre,
ya dorada y ya purpúrea,
se consuelan los pesares
y alivian las desventuras.
Pero al invierno y verano
hallar no puedo disculpa,
ni compensación discurro
a su venida importuna.
Y ¿qué disculpa hallar pueden
zancudos, moscas y pulgas,
y mil molestos insectos
que en el aire y tierra abundan,
que nuestro pellejo horadan
y que nuestra sangre chupan,
que asordan nuestros oídos
y nuestra paciencia apuran?
¿Para qué son las montañas
y las áridas llanuras
e inhabitables desiertos
que tanta extensión ocupan?
Anchas páginas en blanco
del gran libro de Natura,
donde parece que nada
escribir supo su pluma...

(1866)

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