ATILLA JÓZSEF


Ferencváros-Budapest (Hungría), 1905-1937


FUGACES RECUERDOS(*)


Fugaces recuerdos, ¿en dónde desaparecisteis? 

Mi corazón, pesaroso, quiere echarse a llorar. 

Ya no puedo vivir sin vosotros. 

Lo que mis manos tocan no toca ya mis manos. 

¿Acaso no soy digno de jugar otro poco? 
¡Frágiles mariposas, venid, volad aquí! 
Fugaces recuerdos, soldaditos de plomo 
que tanto anhelé otrora 
y cuyas bayonetas supe enderezar 
¡Turcos, bóers, venid, rodeadme aquí! 
¡Oh, cañoncitos, formad las baterías! 
Tan pesaroso está mi corazón... ¡Ay, defendedme!

(*)Esta poesía fue escrita tres días antes del suicidio del poeta bajo las ruedas de un tren.

CORAZÓN PURO

No tengo padre ni madre, 
no tengo beso ni amante. 
Vivo sin Dios y sin patria, 
y sin cuna y sin mortaja.
Van tres días que no como 
nada, ni mucho ni poco. 
Pongo en venta mis veinte años, 
la potencia de mi estado.
Si nadie los compra luego, 
que el diablo arree con ellos. 
Corazón puro: robar — 
¿por qué no?— y hasta matar.
Me capturan y me cuelgan 
y en tierra santa me entierran. 
Y una hierba en que viaja la muerte 
sobre mi corazón crece y crece.

(1925.)

SIN LLAMAR

Si te quiero, en mi casa sin llamar 
puedes entrar. 
Pero fíjate muy bien: 
te acostaré en bolsas de paja — susurrante paja 
que suspira en el polvo.
En un vaso he de traerte el agua fresca, 
limpiaré tus zapatos antes de que hayas partido — 
acá nadie ha de estorbarnos, 
de modo que tranquilamente puedes inclinarte y 
remendar la ropa. 
El silencio es un silencio enorme. Pero yo te hablo. 
Si estás cansado, siéntate en mi silla, la única que tengo. 
Si hace calor, quítate corbata y cuello. 
Si tienes hambre, acepta como plato un papel blanco; 
pero si hallamos algo más, 
entonces déjame que también yo coma. También yo, 
también yo tengo hambre.
Si te quiero, en mi casa sin llamar 
puedes entrar. 
Pero fíjate muy bien: 
me dolería que después huyeses.

TRABAJADORES

Se agitan los imperios capitalistas. Muévense. 
Les rechinan los dientes desmembrando al planeta. 
Devoran la suave Asia, el África erizada. 
Y como a nidos echan abajo nuestros pueblos. 
El mar, un productor voraz, sólo es saliva. 
Eructa la amarilla boca del capital 
en los agazapados países. Pegajosas 
nubes de fetidez caen sobre nosotros.
Y en la zona violenta de la ciudad, en donde 
muele el molar, en donde planea el aire férreo 
de las minas, en donde patalea la máquina, 
chasquea la polea, clama el listón y zumba 
la cadena y chillidos trasformadores chupan 
los pezones metálicos del dínamo, acá, 
acá sobrevivimos. Y nuestra suerte está 
poblada de mujeres, niños y agitadores.
¡Acá vivimos! Red convulsa nuestros nervios, 
en ella se debate el huidizo pasado. 
El jornal —precio de la fuerza del trabajo— 
maúlla en el bolsillo. Y así vamos a casa. 
Una hoja de diario sobre la mesa, y pan. 
Y en la hoja: que todos, que todos somos libres. 
Perseguimos las chinches con el goce y la lámpara. 
Nos creemos gran cosa con un cuarto de vino.
Camarada y soplón cruzan por el silencio. 
Un borracho tropieza. Un joven va al prostíbulo. 
La noche, boca abajo, deja caer sus pechos 
con sarpullido, como una camisa sucia, 
bajo el humo. Dormimos roncando, destrozados, 
espalda contra espalda —pilas de leños huecos—, 
y el moho en la pared semiderruida marca 
las húmedas fronteras de nuestra triste patria.
Pero —¡mis camaradas!— éstos son los peones 
que en la lucha de clases se vistieron de acero. 
Y nosotros con ellos, cual chimeneas: ¡ved! 
Nos ocultamos, como perseguidos, por ellos. 
¡Así está preparándose el mundo, a la cadena 
de la historia montado, donde la clase obrera 
clavará sobre todas las fábricas oscuras 
la estrella, sí, la estrella, roja estrella del Hombre!

(1931.)

BALADA

Hornea el pan en débil luz de gas, 
pon a cocer ladrillos colorados, 
desuéllese tu mano por la azada, 
ponte de espaldas y haz el encofrado, 
puedes venderte: ondeen tus polleras, 
puedes ir a estibar en el mercado: 
ten un oficio o hazte un destajista — 
las ganancias a los capitalistas.
Anda a enjuagar la seda con bencina, 
las cebollas cosecha acuclillado, 
degüella cabras que por ti berrean, 
que el pantalón te salga bien cortado, 
si te echan, ¿qué tienes por ganar?, 
¡vamos!, prosigue si es que has terminado: 
¿mendigas?, ¿robas?, ¡Que la ley te asista! 
las ganancias a los capitalistas.
Compone poesías suspirantes, 
escabecha jamón de Praga ahumado, 
saca carbón, extrae hierbas santas, 
el secreto contable ten guardado,
ponte una gorra con galón de oro, 
vive en París o en Szatymaz nublado: 
cuando tu paga esté por fin bien lista 
las ganancias a los capitalistas.
Detente, Attila: qué aburrido estás. 
Sabes que tú no vives de caviar. 
Ya trabajes, ya seas un huelguista — 
las ganancias a los capitalistas.

(1933.)

SÓLO ÉL LEA

Sólo lea mis poemas 
quien cierto como el profeta 
bogando en la nada viene 
y me conoce y me quiere,
porque apareció en mis sueños 
tallado en hombre el silencio 
y en su corazón discurren 
el tigre y la mansedumbre.

(1937.)

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