ABRAHAM (AVROM) SUTZKEVER


Smorgón-Bielorrusia, 1913-Tel Aviv-Israel, 2010

Y SERÁ EL FINAL DE LOS DÍAS

Y será al final de los días;
sucederá entonces: el hijo del hombre
no llevará más hasta su boca hambrienta
ni pan ni carne vacuna, ni higo ni miel;
probará apenas una palabra o dos
y quedará saciado.

HIMNO A LAS ROCAS

Trepo a vuestras alturas, rocas marmóreas,
y aunque fuese ciego, con la noche en los ojos, hermanos
les juro, no detendría mis pasos,
porque traigo en equilibrio, siempre conmigo, libertad y amor,
y ninguno pesa más que el otro al borde de los abismos.
Amo vuestro coraje, que mira hacia las resonantes esferas;
amo vuestro aire frío y fuerte,
que lleva en sí vuestro espíritu.
Amo el miedo,
el miedo de trepar sobre vosotras,
miedo de verme a solas, cara a cara,
con el filo de vuestros precipicios.
Antes aún de haberlas rozado con mis labios,
antes aún de haber aspirado vuestro aliento
había soñado con ustedes. Y mientras alrededor de mí
la maldad y la pequeñez humana levantaban polvo,
ustedes brotaban luminosas ante mí, en las sombras del ojo,
descubriendo algo más elevado en la desolada confusión.
Ahora son ustedes rocosa verdad y orgulloso símbolo,
y yo oigo golpear vuestro corazón bajo pieles marmóreas.
¿Qué persigo aquí? Me avergüenza decirles, gigantes,
que persigo el mismo fin que maduró antaño en ustedes,
aún antes de que se alzaran de entre las bajezas terrenas
y penetraran las nubes con vuestras testas.
No me apuñalen, marmóreos dioses, con vuestras miradas,
no me arrojen a las llamas, luminosos monstruos, por mis ambiciones,
no se burlen de mí por la pétrea plegaria que les dirijo.
Sólo pretendo, como ustedes, desplegar las manos entre las nubes
y lavar mi cabeza terrena con fuego cósmico.

DESCALZO

Nos descalzamos
en medio de la ardiente ciudad,
y de veras parecíamos recién nacidos
a merced del desparpajo.
Si con idéntica rapidez fuese posible
descalzar también por un instante
de sus pesadas botas a los pensamientos,
qué fácil sería salvar mil millas
de un salto descalzo
y caer en la propia infancia.

LLANTO DE PIEDRAS

Las piedras de mi vieja ciudad
lloran de noche como niños:
—¿Por qué nos has dejado solas?
¡Oh, avergüénzate por tu desdén!
Una piedra está tan sola como una piedra,
¿por qué nos has dejado solas?
¿Acaso es culpa nuestra
que se haya deshecho tu casa en el polvo?
No tenemos pies ni tenemos alas.
¿Por qué nos has dejado solas?
Una piedra está tan sola como una piedra.
No tenemos pies ni alas.

MILAGRO
(para Dov Sadán)

Algo así puede darse, a pesar de todo,

digan que es milagro o romanticismo acaso:
un joven silencio golpea en la ventana
y en la habitación la noche es cuadrada.
Si esto es un milagro, también es prodigiosa
la realidad a ambos lados de la ventana.
Lo sé, mi realidad supera a los milagros,
lo sé, mi sueño tiene arraigo:
nítidamente vi en sueños
un verdadero árbol cargado de guindas
al alcance de la mano y lejos…
Está claro que el árbol tiene arraigo.
Y por si fuera poco y no alcanzara
al despertar ahora, de mañana,
devoro con lengua y dientes guindas
entre el rojo-guinda de los parques.
Y para convencerme
de que sueño y realidad viven de acuerdo
en la realidad hamaco
ramas brotadas del sueño.

IMPROVISACION

No acumules avariento tus horas;
que el tiempo no se haga más el payaso.
Tiéndelas por sobre todos los abismos
y atrapa en una red al ocaso.

Que se echen a nadar los mares
y salten precipicio abajo
con tal de burlar a la muerte.
No te arrodilles en su teatro.

Arráncale la máscara
y échale rápidamente tus horas encima.
Los ancianos mueren en plena juventud
y los abuelos son sólo niños disfrazados.

LA PRIMERA NOCHE EN EL GHETTO

“La primera noche en el ghetto es la primera noche en el sepulcro,
después uno se acostumbra”, así consuela mi vecino
a los verdes cuerpos entumecidos sobre el suelo.

¿Podrán naufragar barcos en tierra?
Yo siento que bajo mis pies naufragan barcos y sólo el velamen
se arrastra por encima, deshilachado y pisoteado
en forma de verdes cuerpos duros tendidos sobre el suelo.

Llega hasta el cuello.
Sobre mi cabeza pende una larga canaleta
atada con hilos estivales a una ruina.
Nadie habita los cuartos. Sólo aullantes ladrillos
arrancados, con trozos de carne, de sus muros.

En otros tiempos una lluvia solía desgranar su música en la canaleta
leve, blanda, bendiciendo. Madres solían colocar baldes debajo
recogiendo la dulce leche de las nubes
para lavar el pelo de sus hijas y que las trenzas brillen.
Ahora las madres ya no están; tampoco las hijas ni la lluvia,
sólo ladrillos en una ruina; sólo ladrillos aullantes
arrancados con trozos de carne de los muros.

Es de noche. Un negro veneno gotea. Yo soy un rescoldo
traicionado por la última chispa y hondamente apagado.
Sólo la ruina es mi hermana. Y el húmedo viento,
que cayó sin aliento sobre mi boca, con suave piedad
acompaña mi alma, que se separa del trapo de la osamenta
como se separa la mariposa del gusano. Y la canaleta
cuelga todavía sobre mi cabeza en el espacio
y fluye por ella el negro veneno, gota a gota.

Y de pronto, cada gota se hace un ojo. Estoy completamente
empapado de ojos luminosos. Una red de luz recogiendo luz.
Y encima de mí, la canaleta atada a la ruina con hilos de araña,
un telescopio. Penetro a nado por su tubo y las miradas
se unen luminosas. Allí están, como ayer,
las familiares estrellas vivientes de mi ciudad.
Y entre ellas, también aquella estrella tras-sabática
a la que labios de madre elevaban una bendición: Feliz semana.

Y comienzo a sentirme mejor.
No existe quien pueda enturbiarlo, destruirlo,
y yo debo vivir, porque vive la buena estrella de mi madre.

MI SALVADORA
(Ghetto de Vilna, 1943)

Dime qué te une a mí, luminosa abuela,

para esconder a un extraño en tu casa
y traerme, tan familiar y dulcemente, leche,
una piel de oveja para calentar mis pies,
pan tibio, sueño humano, y una sonrisa
como el canto de las arrugas de tu piel.

El viento tejía tiendas de nieve
y yo erraba como el viento entre ellas.
A mis espaldas me perseguía un mundo,
un mundo alzado contra el mundo,
mientras a solas por campos nevados
me calentaba con fulgores lobunos la osamenta.

Otrora hubo madre y hubo cuna;
hoy el hogar se hunde bajo nubes de guerra.
Me conjuré: Que sea lo que Dios quiera.
Intentaré entrar en la séptima choza
en busca de una palabra consoladora.

Golpeo y comienza a rechinar la puerta.

Me recibiste con el halo de una vela
como si mi visita no fuera inesperada.
En un destello instantáneo se descubrió para ti
mi rostro y con él mi voluntad.
No te asustaron mi barba congelada
ni mi puñal al cinto, aguzado para matar.

Me excavaste bajo el umbral una cueva;
trajiste una lámpara de aceite, y cobijas
con blandura de cabellos maternales;
aire e infancia que no tienen hora ni lugar,
y una hoja de papel como un brote de guinda
para que mi canto pudiese brotar.

Y cuando comencé a escupir sangre en el refugio
me cargaste en brazos hasta tu casa,
me acostaste en tu cama, y de noche
llamaste a un médico para que me curara.
Y entre el ardor desmesurado de la fiebre
te vi de rodillas, con un crucifijo, al lado de la cama.

Después tu compasión se me hizo una cadena;
la nieve no cubría las sombras del ghetto.
En sueños me martirizaban pequeñas criaturas:
“Trocaste nuestras lágrimas por pan y descanso”.
Y cierta noche de frío y luna,
camino del ghetto me eché de nuevo al campo.

Pero tú me perdonaste la huida
y me traías pan incluso lejos de tu casa.
Hasta que un día llegaste trayendo
lo que por tanto tiempo había esperado;
el sagrado alimento que cura y sacia:
¡entre la miga de pan, una granada!

Y cuando la granada apuntó al enemigo
resplandeció ante mí tu bondad silenciosa.
Veía cómo me cargabas desde la cueva en brazos
por escaleras y puertas hacia un sol que quema...
¡Y de pronto tu mano se tiende sobre la mía,
y la granada se arranca de nuestras manos y vuela!

MI MADRE
(Ghetto de Vilna, octubre de 1942)
VI

Busco las queridas cuatro paredes
entre las que tú respirabas;
bajo mis pies dan vértigo los escalones
como si fuera un pozo hirviente.

Tomo el picaporte y empujo
la puerta hacia tu vida…
Me parece: un pájaro llora
en la jaula de los dedos.

Entro en la habitación
donde se cubre de sombras tu sueño.
Apenas alienta todavía
la luz que encendiste.

Sobre la mesa el vaso de té
que no alcanzaste a beber.
Aún se mueven tus dedos
sobre los bordes plateados.

En la lamparilla agonizante
la lengüita de luz pide piedad.
Y para que no deje de arder
agrego a la lámpara mi sangre…


VII

En lugar tuyo encuentro tu camisón rasgado;
lo tomo y lo aprieto contra mi corazón avergonzado.
Los agujeros del camisón se hacen mis días
y su puntilla se vuelve la sierra que corta mi corazón.

Rasgo mis ropas y como si penetrara en mí mismo
penetro en tu abierto, desnudo camisón.
No es ya más una camisa, es tu piel luminosa,
es tu fría muerte. Lo que quedó de tu muerte.

LO ETERNO

Dijiste: “Dichosa renunciaría
a todos los años
que me están destinados
con tal de volver a vivir
contigo aquella noche
en la que fuimos
como música incomprendida”.


Y yo, como si agonizara el corazón
entre mis dientes, guardé silencio
y sólo vi: nosotros dos,
tendidos entre pólvora en un campo minado.

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